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Santiago en tiempo de sismos

Categoría: Ciencia
Escrito por Viviana Muñiz Zúñiga (Universidad de Oriente)
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sismo Santiago 2 enero 2015 300x250Suena casi como una alarma de combate. Hay que pararse rápido, ponerse los zapatos, tomar el abrigo si hace frío, una gorra por si luego habrá sol, el celular, la bolsita con “todo” y salir. Salir sin correr, sin gritar, con el corazón en la boca y los nervios de punta.

Pretender que el cuerpo no está a reventar de adrenalina y sueño, porque todavía no amanece. Afuera están todos los vecinos. Los perros ladran descontrolados, y mis gatos han decidido correr de un lado a otro.

La tierra se ha estremecido y aun el rugido retumba en mis oídos. La primera vez que sentí ese sonido pensé que era el de un camión que circulaba por una carretera cercana. Luego, el silencio. Luego, el movimiento, y lo demás.

Cuando era niña mi mamá me levantaba también a mitad de la madrugada, y salíamos al jardín, que luego del paso del huracán Sandy se volvió aun más inseguro por la colocación casi improvisada del tendido eléctrico. Sin embargo, aquello era una fiesta, como lo fue luego cuando en la escuela primaria nos sacaban a la cancha, un lugar despejado y grande para que jugáramos mientras esperaban las réplicas. En el preuniversitario no recuerdo ninguno, pero cuando estudiaba en la carrera, y luego del terremoto de Chile, hubo varios. Recuerdo haber estado comiendo, bañándome, durmiendo, viendo televisión, y justo en el instante adecuado, sucedía, una y otra vez.

Creo que de todas formas los que hemos nacido en esta ciudad, que aún conserva todo su esplendor y hermosura tras ciclones y movimientos telúricos,  nos hemos acostumbrado a vivir  día a día con ese fantasma. Y como eso se ha vuelto parte de la cultura del santiaguero, he podido ver en estos días que detrás del susto, las malas noches y la tensión, nos queda espacio para pensar en otras tantas cosas, y nos queda tiempo para amar, querer, trabajar.

Recientemente, sentada en la corresponsalía de la Agencia Cubana de Noticias, redactando una información, embebida de tantas historias pintorescas que ya se publican en las redes sociales, simplemente me volvió a sorprender. La computadora y la silla se movieron, sentí estremecerse el suelo bajo mis pies, y después de tanto hablar de sismos, aun me preguntaba si realmente estaba aconteciendo uno. No sé si en ese preciso instante pensé en algún espíritu, porque de otra forma no hubiese podido experimentar esa sensación. Todo quedó en calma. De repente en la calle apareció un bullicio casi escalofriante. Quince minutos después, en la casa de la trova seguía la música, los vendedores continuaban su pregón, y las colas siguieron su rumbo.

Por alguna razón vino a mi mente la imagen del primer día, fatídico, inolvidable: llegando de La Habana, donde hacía un frío al cual los santiagueros no estamos acostumbrados, desembarcando cansada luego de un viaje de casi 14 horas. Mi mamá me recuerda que debo preparar mi bolsita: papel sanitario, medicinas –demasiadas para una joven de 25 años-, una manta, una muda de ropa, un pomito con agua, dos caramelos, pasta dental y cepillo. “No pongas nada más, que luego pesa mucho y no te puedes trasladar con facilidad” –me aconseja alguien.

Todas las noches coloco mi bolsa encima de la mesa del comedor, el punto de encuentro en la casa para situaciones excepcionales. Cada día extraigo y coloco algo. Supongo que en el “momento de la verdad” quizás solo agarre lo primero que tenga a mano: el celular, el abrigo, la gorra, el agua. Y salga, una vez más, afuera, a donde están los vecinos. No he pasado el servicio militar, pero como muchos –nacidos o no- en esta bellísima urbe, estoy acostumbrada a dejarlo todo ahí, y salir a la calle. Y también, como muchos, aprendí a no abandonar, a no renunciar a vivir en una provincia única, donde aun cuando tiembla, pasan huracanes y hay sequía, en la casa de la trova siguen sonando las guitarras.

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