En tiempos en que muchos jóvenes ponderan la vulgaridad, no solo la que -lamentablemente- muestran en sus palabras y acciones, sino la que consumen en letras de canciones, videos de riñas callejeras y otros audiovisuales de mala factura; pareciera que los buenos modales y la mesura en las maneras son cosa del pasado.
Hay quienes afirman que “ya no se usa” lo que antaño fue expresión de la decencia.
Ahora algunos chicos sienten que tienen “asuntos más urgentes”, como comprar el móvil y la ropa de moda (siempre con el logo de alguna marca famosa). Cuando esas son las metas, las normas de conducta -que no se ven- pasan a un plano inferior; pues se valora más el tener que el ser, como si cada persona valiese por lo que posee y no por sus cualidades.
Cada vez es más frecuente que algunos tengan como paradigma a personas con un creciente poder adquisitivo, que no son precisamente un modelo de buena educación. Incluso el cine, la televisión y otros medios transmiten mensajes en los cuáles -bajo el tamiz de transgredir convencionalismos- se ponderan actitudes muy alejadas de los cánones de una adecuada conducta.
Es una paradoja terrible que en un país en el que los habitantes tienen altos niveles de escolarización y cientos de miles de personas han cursado estudios universitarios, se haga notar lo que muchos califican como “pérdida de valores y de la educación formal”. Sin embargo, para nadie es un secreto que aprender a comportarse adecuadamente, vivir en armonía y considerar a los demás, son lecciones que se enseñan primero en el hogar y se consolidan durante toda la existencia.
Pero el asunto es que la instrucción per se no garantiza la formación ética de las personas: los modales, la solidaridad y el respeto, por ejemplo, se cultivan desde la más temprana edad; y la mejor escuela es la familia.
Las buenas costumbres son necesarias para vivir en sociedad, para ganarse el respeto de los demás y para disfrutar los beneficios de una convivencia pacífica; sin recibir críticas ni rechazo por la forma de comportarse en cualquier ámbito.
Frases como "no hables con la boca llena", "pide permiso antes de interrumpir una conversación y espera ser atendido”, "siéntate correctamente", "pide las cosas por favor", "da las gracias", "saluda al llegar”... y otras muchas son vitales para conducirse en la vida. Cuando los adultos soslayan los principios básicos del buen comportamiento, eso aprenden los hijos y así se transmiten, como una enfermedad, patrones de conducta negativos, que suelen generar conflictos. El efecto acumulativo de esas dificultades aumenta el estrés y afecta el bienestar, la salud, las relaciones interpersonales y la paz mental.
Un dato interesante es que existen estudios que relacionan los problemas éticos con el bajo rendimiento laboral. Se ha demostrado que la vulgaridad, el maltrato y la falta de cortesía en el trabajo afectan la productividad.
Vivir implica intercambiar, ceder, persuadir, convencer a los demás de actuar en beneficio nuestro o de lo que nos interese, y en esa negociación constante que es la vida en sociedad, tiene mayor éxito quien sepa cómo tratar a los que le rodean. Es entonces cuando los buenos modales se convierten en una herramienta para abrirnos paso, y resultan útiles cuando se establecen nuevas relaciones.
Hay que saber hablar y escuchar; comportarse en la mesa, en lugares públicos y en todas las situaciones… hay que aprender a evitar y solucionar conflictos.
Acciones tan simples como sostener la puerta para que pase otra persona, ceder el asiento o el paso a quien lo necesite más, contestar el saludo, hablar en voz baja para no molestar a otros, no decir obscenidades y dirigirse a los demás cortésmente, crean un ambiente favorable no solo para quien asume este comportamiento, sino para todo el que esté cerca.
Ahora están muy a la moda canciones y artistas que celebran la vulgaridad. Enseñe a sus hijos a ser espectadores críticos y a discernir entre lo valioso y lo mediocre.
Tener buenos modales no solo hace la vida más agradable sino que contribuye al logro de las metas y proyectos personales; ayuda a saber qué hacer en casi todas las circunstancias y favorece el desempeño escolar, laboral, las relaciones con los amigos y familiares, los maestros, colegas y directivos.
El comportamiento digno y ético, más que una opción, es una necesidad.