Ni Romeos ni Cupidos: Amar para vivir

Categoría: Santiago de Cuba
Escrito por MAYTE GARCÍA TINTORÉ
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amor44Mientras hacía postales para regalar en su escuela por el Día de los Enamorados, mi pequeña Jeny preguntó: Mamá qué es el amor…

Parecía simple la respuesta, pero explicarle a mi niña de nueve años un sentimiento inexplicable, resultó complicado. Entonces, le convidé a cerrar los ojos para juntas imaginar al amor, y comencé a hilvanar palabras, ideas y sensaciones que hoy quiero compartirles.

Dicen los poetas que es la fuerza que mueve la tierra; es quizás el más universal de los sentimientos, capaz de unir océanos, saltar montañas, volar detrás de un sueño. Todos le cantan al amor, lo describen en versos, poemas, novelas; al amor se le baila y se le danza; por amor se muere y por amor se vive.

Es en verdad lo más común, pero lo más difícil. Se ama a la familia no importa las millas por delante ni defectos o virtudes; sublime es el amor por los hijos, que te hacen ser guerrera, cada vez que sientes que se acaban las fuerzas; gigante es el amor por mamá y papá, aunque no puedas compensar sus horas de desvelo. El amor está en todas partes, aquí en la tierra, pero también mirando al universo y evocando a quienes protegen y acompañan desde la eternidad.

Cuánto se ama a las mascotas, el cantío del gallo o el ladrar del perro que custodia cada pisada;  las plantas del patio, las flores del jardín o aquel viejo balance que en casa todos saben que es de uno; he amado tanto a la muñeca que envejeció mientras crecía, la foto en la pared -que muchos han querido quitar- y hasta esa caja de zapatos devenida en baúl que atesora tu vida en recuerdos.

Se ama cada detalle que alimenta el cuerpo y el alma; por eso  es imposible no amar a Santiago, su gente, sus congas, sus parques y sus calles; cómo vivir sin recorrer Enramadas, sin respirar el aroma a café, sin escuchar el bullicio de una ciudad mágica que enamora y atrapa.

Pero el amor se agiganta cuando te hablan de Cuba, bien lo saben centenares de cubanos que por el mundo, añoran tener un rayito de sol, desandar por el barrio, echar una partida de dominó en la esquina, o brindar con un trago de ron…

A los héroes también los incluyo entre los grandes amores, no conocí a Martí ni al Che, pero sé que les amo; igual que mis pequeños adoran a Fidel y jamás le tuvieron cerca, bastó contar de sus hazañas, de la grandeza de su amor por la humanidad  y en especial por los niños, para que ellos le amen.

Idolatro a mis vecinos, esos que no necesitan de aviso para extender la mano, secar una lágrima, o compartir lo poco y lo mucho. Se adora a los amigos de ayer y de hoy como si fuéramos una gran familia,  porque en ese cofre secreto que es el corazón hay lugar para todo y para todos.

Más no por último es menos importante el amor de pareja, ese que como abeja al panal te mantiene unido al elegido, o tal vez al ser  flechado, pero no por Cupido, sino por esa sublime sensación que experimentas cuando se está delante del amor.

Una compañera de labores -con 37 años de matrimonio- comentaba que si su esposo no dormía en casa por cuestiones de trabajo, apenas podía conciliar el sueño, era como si le faltara la mitad. Afortunada mi colega que encontró la llave de la felicidad y ha sabido, a pesar de marejadas y tornados, mantener el fuego del amor por tantos años.

Esa dicha no siempre nos acompaña a todos, más lo importante es no rendirse nunca mientras alguien acelere los latidos, haga temblar el cuerpo y desnudar el alma. Siempre habrá miel para curar heridas.

Una amiga me pidió que escribiera en nombre del amor que se lleva en silencio, de ese que merece más de un 14 de febrero, pues para él no hay fechas ni días festivos; amor que cabalga sin hacer ruidos, sin molestar, sin destruir, sin lastimar; que no tiene mañana ni futuro que solo existe en el momento justo, pero que es igual de apasionado y ardiente.

El amor es el más complejo algoritmo matemático, porque uno + uno no siempre es dos; por momentos es triángulo perfecto, o tal vez imperfecto, pues oculta sus caras; es como lo describiera Roberto Carlos en una canción, cóncavo y convexo.

Pero también es frágil, un rompecorazones que hace como la sombra: la sientes, la ves, te acompaña y luego desaparece; entonces empiezan las culpas, los absurdos pretextos, los intentos fallidos. Amargo pero dulce; así es el desamor.

No hay recetas para amar y ser amado, no hay fórmulas de amor;  solo entregarse sin medidas, sin condiciones, sin manuales; dichoso quien lo reciba y proteja; infeliz, quien le voltee la cara o le lastime.

No se trata de Romeos ni Cupidos, difícil es encontrar esa media naranja; no todas las Julietas de hoy estarían dispuestas a morir por su amado, y no siempre la flecha del Dios del Amor da en el blanco perfecto; a veces, basta solo una mirada para sentir que es una persona y no otra la elegida, aunque en esa elección se nos vaya la vida.

En términos de amor no valen los consejos,  pero si este que nos regala Danny Rivera en su canción le vale, no deje de amar para vivir, porque: “Amar o Morir, el amor es el alma de todo

Amar o Morir, hay de aquel que en la vida está solo, sin que nadie respire con él, Amar o Morir,  no existe otro modo”.

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