Despierta bien temprano. Se alista para andar con la bendición de su esposa, portando la sonrisa que solo produce el sentirse padre, abuelo, compañero de vida. Recorre una y otra vez las mismas calles que hace treinta años, en las que ha ganado el aprecio de quienes demandan los servicios del oficio, sutilmente olvidado, pero sumamente requerido.
Qué importan los años si la dedicación se mantiene; y es que, Wilberto Quintana Heredia lleva más de tres décadas volteando la cabeza cada vez que alguien llama: ¡Cartero!, porque esa es su misión, la que defiende con honestidad y sacrificio. Durante todo este tiempo ha demostrado que, a pesar de las limitaciones y esos tragos amargos que cada cierto tiempo nos sirve la vida, ofrece un aliciente para aquellas personas que optan por un servicio postal más tradicional.
Muchos podrán pensar que el trabajo de Wilfredo no es nada del otro mundo. ¿Qué significa ser cartero en tiempos en los que la información, abultada en plataformas digitales, está casi extinta en los formatos clásicos? Pues, la verdad, significa mucho, y en su caso más de setecientas personas pueden corroborarlo. Creo que muchos lo considerarían toda una personalidad en el reparo Sueño.
En ocasiones se siente parte de esas familias a las que les lleva el periódico, la chequera, o ayuda a cobrar las facturas de la electricidad y el teléfono, pues se acuerda siempre de su abuela cuando le decía “Has el bien y no mires a quien”, y se anima con un simple Gracias cada vez que un cliente queda satisfecho. Un cafecito, un vaso con agua fría, y hasta una charla, suelen ser su recompensa; y así lo transmite a los nuevos, a los que enseña a respetar y convida a la cortesía.
Quizás no sea mucho los que les cuento sobre Wilfredo, pero suficiente para que conozcan la realidad de un auténtico gestor de servicios, cartero, y amigo, que imagino sea parecida a la de tantos otros que hay en Cuba. Ahora me acuerdo que mi cartero, Valentín, cada vez que viene a casa cuenta anécdotas que empiezan o terminan con una gran comelata, y como lo conozco bien, no dudo que alguna habrá sido en la casa de un vecino; creo que la próxima crónica irá sobre él.