Durante una presentación informal me dijeron que Rolando Perera Ochoa sumaba 50 años trabajando en la apicultura y me pregunté, ¿cuántos años tendrá este hombre? pues a mi percepción no aparentaba tantos como para contar medio siglo en menesteres profesionales, sin embargo, al adentrarnos en la conversación me percaté de que cuando se trabaja con amor, el cuerpo lo agradece.
“Yo empecé como apicultor en el municipio de Palma Soriano, donde estuve laborando hasta que en el año 1980 vine para la empresa provincial que radicaba entonces en San Vicente hasta el 1993, año en el que me fui para el municipio de Guamá como jefe de área y allá la primera Secretaria del Partido en esos años Marilú Saborí me invitó a quedarme ¡y mira me quedé hasta ahora! que me jubilé en marzo de este año por un pequeño accidente que tuve.”
Todo parecía muy plano por la forma en que Rolando utilizaba sus palabras, sin embargo su rostro tomó otro matiz cuando le tocó hablar de las abejas:
“Las abejas son mi vida -espetó- trabajé mucho, con dedicación y con amor a la apicultura, tanto fue así que le entregué casi toda mi vida, imagínate 50 años con ellas. ¿Cuántas miles de picadas de abejas habré recibido? No obstante me dediqué porque eso es lo que me gusta.”
A oficios como este, en el que se pueden recibir fuertes picadas de abejas, y quien lo ha sentido en carne propia sabe de qué se trata, lo más común es que se llegue por tradición familiar, por eso sorprende que en la familia de Rolando Perera Ochoa, él sea el único apicultor.
Escudriñando entre las palabras de este hombre de cera y miel intenté descubrir alguna técnica o secreto para el manejo de las abejas que garantizara el éxito de la colmena, sin embargo el método que me reveló adquiere carácter universal:
“Mira mi amigo, yo te voy a decir una cosa, la mejor técnica que hay es el amor, el deseo con el que usted hace las cosas, si usted ama quiere hacerlo todo bien, si no ama lo hace como quiera, el amor es lo que permite que uno tenga un buen resultado, no solo en la apicultura, sino en todo”.
Para mí fue suficiente, me pude explicar por qué mi interlocutor, un apicultor que ostenta la medalla Marcos Martí que entrega el Sindicato Agropecuario a trabajadores con 20 o 25 años en el sector, no aparentaba haber trabajado tanto, es porque aplicó la mejor técnica: el Amor.