El español Enrique Rovira se dedica a estudiar los acontecimientos de 1898, referidos a la guerra hispano-cubano-norteamericana, y como es lógico dentro de este universo, la batalla naval registrada en las inmediaciones de la bahía de Santiago de Cuba entre las flotas norteña e ibérica.
Desde que llegó a la orilla de la Ensenada de Juan González, a 20 kilómetros de la ciudad santiaguera en la costa sur oriental, Rovira se mueve inquieto: la mar sumamente encrespada, hace peligrar el programa de los submarinistas que han ido hasta ese punto del litoral cubano a rendir homenaje a los marinos hispanos caídos. Y para hacerlo han escogido un pecio memorable: el crucero acorazado Almirante Oquendo.
“Vine para bucear y rendir tributo a quienes murieron el 3 de julio del 98 del siglo XIX y mire que el mar parece que me lo quiere impedir.”
Pero dos horas más tarde era menos intenso el oleaje y los submarinistas, que esperaban con sus trajes puestos, se echaron al agua y nadaron lentamente por la superficie, llevando sobre una enorme cámara neumática las dos ofrendas confeccionadas con flores y hojas de café; se sumergieron y cumplieron. Después Rovira habló entusiasmado:
“Nunca pensé tener un momento tan emocionante como este: haber puesto dos coronas de flores, precisamente en el barco que a mí más me conmueve, que más me emociona: el ‘Almirante Oquendo’, el navío comandado por el capitán Juan Bautista Lazaga y Garay quien murió en la acción es para mí algo indescriptible.”
En la Sociedad Astilleros del Nervión, Sestao, España fue botada al agua la embarcación, el 3 de octubre de 1891; su tripulación la integraban 497 hombres.
Este crucero acorazado tenía una eslora de 110,9 metros; manga, 19,9 metros; puntal, 11.58 metros, y un calado de 6,6 metros. Desplazaba 6 890 t a una velocidad máxima de 20,25 nudos.
Las cubiertas del “Oquendo” eran de acero y madera, con un cinturón blindado de más de 300 mm. Como artillería de grueso calibre tenía 2 cañones Hontoria de 280 mm en torres de barbeta a proa y popa. Precisamente, uno de esos cañones es el que emerge de las aguas y se hace visible en la Ensenada de Juan González. Además, tenía 10 cañones de tiro rápido, dos cañones de mediano calibre, ocho ametralladoras, dos cañones desplazables (para operaciones en tierra) y ocho tubos lanzatorpedos de 365 mm.
La historia recoge que el 3 de julio de 1898, la nave fue el cuarto barco en salir de la protección que ofrecía la bahía de Santiago de Cuba. Casi inmediatamente fue blanco de las andanadas de artillería rápida del acorazado USS Iowa; recibió 43 impactos de los cañones de 57 mm del buque norteamericano, que mataron a casi todos los marineros ubicados en las cubiertas superiores; también, el “Oquendo” recibió varios impactos de artillería pesada; las calderas explotaron y ya inerme la nave, Lazaga y Garay, herido mortalmente, ordenó inundar los pañoles y el navío se fue a pique en el entorno donde hoy reposa en el fondo marino.
Según algunos documentos, en la acción murieron alrededor de 80 marinos españoles. Es el pecio que ofrece la mejor visión desde la orilla o desde el mar, por eso se escogió para el homenaje a los caídos hace 120 años.
“Imagínese, para mí ha sido el momento más emocionante poderle poner a Lazaga y a sus compañeros coronas en su barco. Yo nunca pensé en mi vida de investigador de la historia, llegar a tener una oportunidad de tanta significación como esta.
“Pusimos físicamente las ofrendas; las hemos atado al pecio. Y hemos reza’o en silencio cada uno. Hemos tenido un minuto de silencio y de oración no solo por Lazaga sino por todos los fallecidos aquel día.”
Pero Rovira no vino a Santiago de Cuba solo para bucear y tributar respeto a sus coterráneos. Él presentó una ponencia en el Simposub, sobre una misión reservada, secreta del jefe del Estado Mayor del Ejército en Cuba: el Teniente General Pando.
“Es muy curioso: él no estuvo en Cuba durante la guerra. Aquel que debía dirigir el ejército español para acudir sobre Santiago de Cuba no estuvo aquí cuando la guerra.
“Antes de que los norteamericanos desembarcaran Pando ya había cogido un barco y se había desplazado a los Estados Unidos, no sé... probablemente con la intención de negociar.
“Pero llama la atención que quien va a negociar es justamente aquel que debía dirigir los ejércitos.
“Todo indica que había una trama un tanto difícil, que se ha oculta’o, se ha tapa’o y se debe saber cuál es porque hay algunos indicios... por algunos sitios asoman la cabeza ciertos acontecimientos oscuros en ese episodio triste.”
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José Jiménez Santander.
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