Inolvidable Paula

Categoría: Santiago de Cuba
Escrito por INDIRA FERRER ALONSO
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pauilaNo se puede escribir de esa mujer y despojarse de la fascinación que provoca cuando, al conversar con ella, se descubre a una privilegiada del tiempo que no se sentó a ver pasar la historia, sino que fue partícipe y por eso la cuenta. Se llama Paula Cupull Reyes pero para todo el mundo ella es Maita, la señora de 101 años de la calle Guardado en San Pedrito.

Quien la ve con la estatura de una niña, el pelo blanco y la piel surcada por un siglo, no imagina cuánta precisión tienen sus recuerdos. Habla despacio pero su voz es firme, y pone tal atención a la plática que a su gastada audición escapan muy pocas palabras. Es sencilla, diáfana, y aunque el respeto obliga a tratarla de usted, con esa dulzura que solo tienen las abuelas, insiste en que no gusta de formalismos.

 A su casa me llevó el interés por conocer los detalles de su contribución en la fundación del periódico Sierra Maestra, en 1957; cuando por iniciativa de Frank País circularon clandestinamente algunas ediciones de un impreso con noticias de la lucha en la Sierra y de las acciones del Movimiento 26 de Julio. Sin embargo, en la madeja de  sus memorias encontré más razones para consagrarle estas líneas.

“Yo repartía programas –dijo- esa fue mi misión para el periódico Sierra Maestra.”

Confieso que la respuesta me dejó pasmada; quizás porque esperaba más. Pero Maita no busca protagonismo en sus anécdotas: “eso fue lo que hice; llevar dentro de una revista de modas las informaciones que venían de la Sierra y distribuirlas donde me ordenaba el Movimiento.

“Entonces ignoraba el contenido de esos documentos porque había mucho silencio. No nos atrevíamos a preguntar ni conocíamos a los compañeros que debían recibir el paquete. Lo importante era cumplir cada trabajo y eludir la persecución de la policía.”

Para entender el mérito de Paula, basta imaginar cuánto arriesgaba cada vez que salía de su casa la madre de tres adolescentes cuando -en una ciudad que se rebelaba contra el gobierno- la paranoia y el miedo de la soldadesca batistiana se traducía en torturas atroces y asesinatos.

“Yo siempre andaba con mi revista de modas y como simulaba ser modista llevaba conmigo hilos, tijeras, agujas y esa clase de cosas.”

Maita tuvo otras misiones como mensajera: “hasta el día anterior al triunfo de la Revolución estuve llevando paquetes a la Sierra junto a Mérida García, una compañera a la que Frank llamaba cariñosamente la “̕̕bruja” porque hacía las reuniones en el cuarto de espiritismo de su casa y todos acudíamos allí con el pretexto de hacernos algún “trabajo”.

“Recuerdo que un día llegaron unos guardias y ella los mandó a pasar al cuarto de los santos. Yo estaba un poco asustada porque allí podía haber recursos de los que subíamos a la Sierra; pero después de conversar con ella se fueron tranquilamente. Ni imaginaban que debajo del altar estaban escondidas las armas.”

Mientras Maita colaboraba con la causa revolucionaria, su hijo Juan de 17 años se enrolaba en arriesgadas misiones del Movimiento.

“Los dos sabíamos en lo que estábamos –asegura Maita- pero no hablábamos nada al respecto. Él no sabía de mis tareas ni yo de las suyas; pero como madre me preocupaba y muchas veces lo iba a buscar al sitio donde se reunía con otros compañeros de la clandestinidad.”

A ella le tocó vivir con el miedo de que detuvieran a su hijo, que se había puesto a trabajar en una panadería como vendedor ambulante para trasladar armas de una casa a otra en el bolso de pan, y participaba en acciones armadas aquí en la ciudad.

“Me lo iban a matar. Poco después de que asesinaran allí a esos tres muchachos (se refiere a Josué País, Salvador Pascual y Floro Vistel, ultimados el 30 de junio de 1957, cerca del barrio de Maita), Piquinchiqui, un policía nacido y criado aquí en el vecindario, se vanagloriaba en la bodega de las torturas que hacía. Cuando vio pasar a mi hijo con el bolso de pan dijo: “ese chiquitico que va ahí cae en estos días”. Yo estaba allí y lo escuché. Por eso le dije a Juan que tenía que irse para la Sierra.”

Tiempo después, el joven se unió a la columna del Comandante del Ejército Rebelde Juan Almeida Bosque en el III Frente Oriental.

Paula continuó trabajando para el Movimiento 26 de Julio hasta el 1 de enero de 1959. En  agosto de 1960 organizó la delegación de la FMC en San Pedrito, reconocida por Vilma Espín como la primera de Santiago de Cuba.

Su activismo en la Federación le ha ganado el cariño de cuantos la conocen. El pasado 23 de agosto llegué a su casa y la encontré rodeada de federadas que montaban en el portal una exposición de artesanía útil para el hogar, creada en la comunidad.

Entusiasmada como una niña de 101 años, me comentó: “Todos los años yo montaba esta exposición con artesanías hechas por mí; ahora ellas me piden el portal para mostrar las suyas y no me puedo negar porque esto también es hacer Revolución.”

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