Sabías qué
Las salsas indiscutiblemente hacen más agradable el sabor de las comidas y hay muchos tipos de estas; en Cuba son muy pocas las cocineras o cocineros que dejarían al margen al tomate. Pero hay un aliño, el criollo, que está para resolver cualquier necesidad y mire: no lleva tomate. Solo ponga a mano una taza de jugo de naranja agria, una cucharada de ajo machacado, una cebolla pequeña, tres ajíes cachucha, un ají picante -si no es de su agrado no lo incluya en la receta-, media taza de agua y dos cucharadas de sal.
Dice “Para tu deleite”, que disuelva la sal con el agua y el jugo de la naranja, incorpore los condimentos que previamente Ud. ha cortado muy finos. Entonces una todos los componentes. Si tiene batidora, bien; si no, únalos todos. El preparado puede conservarlo en el refrigerador. Si quiere use un recipiente de cristal herméticamente cerrado y el producto puede durarle un año fuera de la nevera. Y así tiene su aliño criollo para mil inventos en la cocina.

No es tan usual como los guayos o ralladeras metálicas, que suenan muy bien en el ritmo que logran algunos grupos musicales. Pero la Quijada de equinos difuntos, también se oye y es normal encontrarlas formando parte del instrumental de los conjuntos en zonas campesinas, preferentemente.

Quizás dicha pieza anatómica no sea elegante porque Ud. se imagina de traje y corbata sobre un escenario, blandiendo un maxilar inferior de caballo, mulo o burro con todos sus dientes.
Los infelices equinos son los suministradores. Aquí no entran ni los bovinos ni caprinos. Y es que una Quijada de los cuadrúpedos mencionados, al sacudirla, frotarla o percutirla suena bien porque los dientes que están un tanto separados del hueso del maxilar provocan ese sonido peculiar. Y así hay quien piensa que no hay caballo, burro o mulo musical.

Sabías qué según contaba el cubano Fernando Ortiz en su “Glosario de afronegrismos” (1924), el término quimbambas, quimbámbara o quimbámbula procede de la región Kimbambala en la República Democrática del Congo. Aun así resulta curiosa la coincidencia de que también en el centro de Cuba (provincia Las Tunas) exista un pueblo denominado Quimbambas.

En nuestro archipiélago, en el mismísimo siglo XXI, hay personas que tiran por la borda la riqueza del idioma, al usarlo chabacanamente con lo que lo deterioran cada día más.
Es usual escuchar cómo algunas personas en vez de defender el buen empleo de la lengua materna la maltratan con vocablos soeces, groseros, burdos, inadecuados... que reflejan una pobreza no solo de lenguaje sino de espíritu.
Sabemos de esfuerzos que la escuela cubana realiza por elevar el nivel de instrucción y educación de los niños y jóvenes, y los cuantiosos recursos que dedica el Estado.
No es solo responsabilidad de la academia lograr que las nuevas generaciones cultiven bien el idioma. También, ese empeño debe nacer en el propio hogar por lo que es un compromiso ineludible de la familia, inculcar en los más bisoños la defensa de la pureza del español.
En esta batalla, la prensa desempeña una labor trascendente por su carácter de medio de comunicación masiva y su misión de informar, educar, persuadir, que es decisiva en la formación de un pueblo más culto. Ya lo advertía José Martí, que ser culto es una garantía para ser libre.

La céntrica y concurridísima Plaza de Marte, en Santiago de Cuba, en los tiempos de la Colonia, era un espacio donde se ejercitaban los soldados del ejército español y los aún más detestables voluntarios.
Marte, Dios romano de la guerra, era el mejor nombre para un sitio frecuentado por soldados con sus armas listas para la contienda. Pero allí mismo, los patriotas cubanos sentados en sus bancos, conspiraban contra el colonialismo. Después de la derrota hispana, en el primer año de la República, se levantó esa torre de 20 metros de alto, que vemos coronada por el gorro frigio de la Libertad y custodiada por cuatro gruesos cañones, dedicada a homenajear al Ejército Libertador.
Desde entonces se llama Plaza de la Libertad, y a los monumentos originales se sumaron otros a Camilo Cienfuegos y a Montes de Oca. Pero los santiagueros a fuerza de tradición le siguen llamando al lugar Plaza de Marte, aunque el escenario es desde mucho sitio para refrescar, enamorar, conversar, escuchar buena música “en vivo” o grabada, y para que los fiñes se den banquete en todo tipo de vehículos de tracción humana o caprina.






