La ominosa ley que prohibía a los futbolistas hincar una rodilla en tierra para escuchar el himno nacional, y que tanto ha insultado a los deportistas negros, fue derogada tras la consulta realizada por la Federación de Fútbol (US Soccer), de Estados Unidos.
Cae así un baldón que intentó, durante años, amordazar las ansias de igualdad reclamada por los jugadores, quienes enfrentaron injustas críticas –incluidas las de Donald Trump– y amonestaciones por exigir sus derechos.
Las actuales manifestaciones contra el racismo y la brutalidad policial han colocado esta batalla por los derechos humanos en el centro de la acción del movimiento deportivo estadounidense, apoyada también por atletas blancos.
La us Soccer empleó, para explicar su decisión, un guion similar al que le echó manos Sarah Hirshland, directora general del Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos, quien reconoció que nunca habían escuchado los reclamos de los atletas negros.
«Ha quedado claro que esta regla estaba equivocada y que menoscababa el importante mensaje del “Black Lives Matter” (las vidas negras importan). No hemos hecho lo suficiente para escuchar, especialmente a nuestros jugadores, para comprender y reconocer las experiencias muy reales y significativas de la comunidad negra y otras minoritarias en nuestro país», escribió la us Soccer en su carta.
La ley existía desde 2017, cuando la capitana y tetracampeona mundial de fútbol, Megan Rapinoe, hincó su rodilla en tierra en gesto de protesta y solidaridad con Colin Kaepernik, hombre del fútbol americano que desde 2014 quedó fuera de la nfl, denostado por Donald Trump, quien lo consideró pionero de esas protestas.
Muchos esperan por una
reparación inmediata del daño hecho a Kaepernik. Sin embargo, además de borrar esa cuenta de odio, desatada desde la prepotencia del inquilino de la Casa Blanca, esta victoria del fútbol será parcial si el resto de las federaciones deportivas de Estados Unidos no van a una reflexión sincera que derribe las barreras raciales.
LA RESPUESTA DE GWEN BERRY
«Dejen de jugar conmigo… están tratando de matar mi carrera», aseguró Gwen Berry, martillista negra de 31 años de edad, campeona panamericana de Lima-2019, a quien el Comité Olímpico de Estados Unidos amonestó por levantar su brazo en señal de protesta durante la premiación de ese evento.
Ahora, a la sazón de la solidaridad despertada en su país ante el asesinato de George Floyd, Berry catalogó de hipócrita el comunicado condenatorio del racismo dado a conocer por Sarah Hirshland, y le exigió una carta reconociendo el error cometido con ella.
La medallista dorada continental afirmó que nunca se arrepentirá de lo que hizo en Lima-2019, lo cual no tenía planeado, «simplemente sentí algo que se me venía encima, me sentía diferente, era indescriptible». Dijo haber experimentado mucho dolor al ver cómo un policía blanco asesinó en 2014 a Michael Brown, de 18 años, en Missouri, un joven que asistió con ella a la escuela y con quien compartió diversas vivencias.
A su hijo adolescente, Gwen Berry considera que debe «contarle la verdadera historia de Estados Unidos. Nada cambiará hasta que no cambie el sistema. Y siento que en mi vida veré el cambio total. Todo el sistema tiene que ser destruido y reconstruido».
La razón ha dado un paso a favor de desterrar el baldón de la segregación racial. Es preciso seguir adelante, como profesa la campeona.