Santiago de Cuba, jun 5.- Unir a dos generaciones distantes en edad, pero muy cercanas por convivir en la misma localidad, para alcanzar un mayor bienestar social es el objetivo principal del proyecto comunitario “Rompiendo barreras con las sonrisas de mis abuelos”, que crece cada día.
Desde el Alto del Cujabo, tomando como centro a la comunidad Ramal Minero y hasta el poblado de El Cristo tiene lugar esta propuesta que nació por iniciativa de Juana Ramos, una maestra jubilada, quien guía hoy a unas 20 personas de avanzada edad, agrupadas en el Círculo de Abuelos Vilma Espín.
“Tenía gran preocupación por nuestros viejitos, muchos se dedicaban solo a las tareas del hogar o a realizar mandados, limitando su potencial como seres humanos, portadores además de una gran experiencia. Comenzamos a reunirnos y a planificar actividades acordes a las necesidades y preferencias del grupo, conversatorios, paseos a museos, fiestas colectivas, consejería, fundamos una biblioteca comunitaria.
“Luego establecimos alianzas con la Asociación de Pedagogos, la Casa de la Cultura Fernando Boytell, el Círculo de Abuelos La Rosa Blanca y el proyecto del INDER “Rompiendo barreras”, dedicado a la protección del medio ambiente. Nació entonces una inquietud: qué podemos hacer por nuestros jóvenes desvinculados socialmente, a los que veíamos perdiendo el tiempo.”, agrega la líder.
Junto a la psicopedagoga de la escuela Evelio Rodríguez, Aymara Maceida, el Partido y los factores del área, los abuelos empezaron a trabajar con los bisoños. Mediante charlas educativas para que se integraran al estudio o la vida laboral, lograron que hoy tres muchachos estudien en la universidad, dos en la Facultad de Ciencias Médicas y otro una ingeniería, más la inserción de varios que laboran en el sector azucarero, Aguas de El Cristo y uno trabaja por cuenta propia.
“Nosotros, los pinos viejos, ayudamos a esos pinos nuevos a ser mejores, nos corresponde guiarlos para que no cometan errores ni desperdicien su juventud. Constantemente intercambiamos con las escuelas de Paradero y Pueblo Mocho siguiendo la máxima de convertirlas en el centro cultural más importante de la comunidad. Llevamos juegos tradicionales, trabajos voluntarios, forramos libros”, comenta Juana emocionada.
Jeiler Abril Tamayo tiene 21 años y fue uno de los muchachos beneficiados con el proyecto, sobre el cual expresa: “Nos ha servido para entrar en el camino correcto y organizarnos en la vida, ahora mismo estudio Ingeniería Mecánica, estoy en tercer año de la carrera. No hay palabras para describir lo que siento.”
Como él, otra joven halló su propia voz en la iniciativa comunitaria. Yania Marzal Calaza, con 30 veranos, es ingeniera agropecuaria, Ejerció un tiempo, pero después dejó de trabajar. Hace dos años cuando tuvo a su hijo, Frank Ricardo, se inspiró en el arte como sostén económico y una vía para liberar sus sentimientos.
“Siempre me ha gustado la artesanía y un día pensé cómo quedaría un cuadro con naturaleza a relieve, empecé a buscar cocos y residuos de plantas secas. He realizado hasta el momento 29 piezas diferentes, todas se basan en la naturaleza. Las cosas que ya no sirven y están deshechas o tiradas, trato de llevarlas al cuadro, hago figuras abstractas, floreros.
“Las he presentado en la comunidad, Barajagua y en la Feria Agropecuaria. Quisiera que el proyecto se siguiera, se pueden hacer muchísimas cosas más, asociar nuevas personas y fomentar la atracción por la naturaleza y el medio ambiente.”
El compromiso, el sentido de pertenencia y la inquietud por impulsar el desarrollo de su comunidad, hacen del proyecto “Rompiendo barreras con las sonrisas de mis abuelos” un baluarte y ejemplo a seguir. Para lograr cambios favorables solo es necesario dar lo mejor de sí.