Con esta estremecedora orden, Mariana Grajales Cuello se erigiría en símbolo de la madre heroica, y colocaba a Marcos —el menor de sus hijos— en los anales de nuestras guerras de independencia.
Según consta en su partida de bautismo, Marcos Maceo Grajales, nació el 24 de septiembre de 1860 en la finca La Delicia, Majaguabo, San Luis. Se formó en un hogar distinguido por la unidad familiar, el amor, el respeto, la responsabilidad y la disciplina consecuente en la actitud mantenida hasta el final de su vida, lo que sin dudas constituyó la base sobre la cual devino insigne patriota. Marcos tuvo una educación privilegiada, junto a las enseñanzas de sus padres recibió la de sus hermanos mayores, patrón cultural aún frecuente entre las familias numerosas. La estabilidad en que transcurría su infancia fue interrumpida por la guerra. Recién había cumplido ocho años cuando fue llevado a la manigua, donde estuvo bajo el cuidado de la madre y demás mujeres que en los campamentos mambises trabajaban para garantizar la existencia de las tropas.
A partir de entonces la vida de Marcos estaría matizada por los rigores propios de la guerra, los que para él por su condición de infante debieron ser más difíciles. Como tantos niños y niñas que vivieron en los campos de la guerra, Marcos debió ayudar en las tareas de la Revolución. Es indudable que realizó labores propias de su edad y sexo para asegurar la vida cotidiana del campamento; también debió colaborar brindando algún apoyo a los heridos; servir como mensajero y espía, trasladando frases escondidas en su memoria o algún escrito oculto en los rincones de su ropa o de su cuerpo. En estas actividades esperó la adolescencia, momento en que ingresa como soldado a las huestes emancipadoras. Aunque nada se ha precisado sobre su incorporación al Ejército Libertador, los grados de teniente con que terminó la guerra en 1878, apuntan a su participación relevante en acciones combativas.
Marcos no estuvo presente en Baraguá, pero como todos los suyos apoyó la protesta liderada por Antonio. Luego de ver truncada las posibilidades de continuar la guerra, el joven junto a otros familiares, marchó al exilio en el que afrontó mayores dificultades de las que había resistido en los campos insurrectos de Cuba. Marcos se radica en Jamaica, donde al decir de José L. Franco, allí organiza su vida civil, junto a sus hermanos Antonio, Tomás, y los cuñados Manuel y Magín. Entonces cultiva la tierra para solventar las necesidades urgentes de la numerosa prole y poco a poco se convierte en el máximo responsable de la familia. A su nombre se alquila la casa número 34 calle de la Iglesia. Contrae matrimonio con Manuela Vázquez Núñez con quien tuvo cinco hijos, uno de ellos murió en Jamaica, este debió ser Marcos Maceo Vázquez, pues no existen indicios de su regreso a Cuba.
La humilde casa a cargo de Marcos se convierte en el alma de la emigración cubana; allí permanece Mariana. Marcos tuvo la oportunidad de compartir ideales y acción con esclarecidos patriotas, entre ellos José Martí, quien excelente escudriñador de la naturaleza humana, sintetizó en una brevísima frase la grandeza que advirtió en el menor de los Maceo Grajales: “He tenido a Marcos cerca. Siento que he sembrado aquí mucho hoy.”
Durante el exilio fue significativa la estrecha relación que Marcos sostiene con Antonio, las diversas relaciones que sustenta con personalidades de la política, y las acciones revolucionarias que realizan en un amplio periplo por diferentes países del Caribe y Centroamérica, cuya finalidad era la aglutinación de fuerzas patrióticas que tributaran, primero, a la guerra chiquita; y a la preparación del proyecto libertador de 1895, después.
No hay dudas de que Marcos fue el hijo que mayor tiempo vivió junto a Mariana. A él correspondió cerrarle los ojos e inhumar sus sagrados restos el 28 de noviembre de 1893, en la tierra extraña. En Jamaica, Marcos apoyaba a los emigrados; fue un enlace importante entre los patriotas de aquí y los que como él se mantuvieron firmes en sus puestos en el extranjero hasta después de iniciada la guerra. A su cargo estuvo recibir y atender a Elena González
Núñez, la esposa de José Maceo Grajales, quien por su avanzado estado de gravidez, fue obligada a abandonar la expedición del Adirondack en la escala que hace en Kingston. Desde el nacimiento de José de la Concepción Maceo González, Marcos cuidó a su sobrino; así se convertiría en el primer padre que el niño conoció.
El 16 de junio de 1899 regresó a Santiago de Cuba, enfermo y sumido en la pobreza, le acompañaban su esposa y sus hijos Antonio, Julio, Guzmán y Caridad. La suerte de Marcos en la Cuba neorepublicana no mejoró. El deterioro de su salud, como consecuencia de un cáncer estomacal le produjo la muerte el 19 de abril de 1902.
A pesar de sus méritos Marcos Maceo Grajales, resulta un desconocido, su vida se encuentra en el anonimato y los méritos que se le conocen no han tenido la repercusión sociocultural que merecen. Nada quedó de su linaje, su esposa, moría poco menos de un año después, el 10 de abril de 1903 y sus hijos también enfermos, sucumbirían sin dejar descendencia.
Mucho le debe la historiografía a los Maceo Grajales, particularmente al menor y sin dudas, el más sufrido de la casta heroica. La conciencia que tenemos de su existencia y actividad, es razón obligada para escudriñar su rastro en el pasado y exaltar sus huellas en el presente, pues como escribiera María Julia de Lara: “Desde el fundador de la épica estirpe, Marcos, hasta el menor de los hijos, Marcos también, ofrendaron su vida, dedicaron sus desvelos, superaron sus esfuerzos por la libertad de Cuba”.