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Santiago de Cuba y la traza secular de sus carnavales

Categoría: Aniversario 500
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carnaval infantil santiago de cubaPoco antes de comenzar, los carnavales de esta ciudad se anuncian como un digno jolgorio en los 500 años de la villa y una oportunidad de revitalización de un legado espiritual afincado en siglos de tradiciones y arraigo popular.

De acuerdo con ese linaje, se espera la declaración de los festejos como Patrimonio Cultural de la nación y se aprestan acciones para rescatar verbenas y áreas que durante décadas han sido vórtice de esas jornadas de esparcimiento.

Señal inequívoca de esa voluntad es el retorno de los desfiles de paseos, carrozas y comparsas, ante el público y un jurado especializado, a la avenida de La Alameda, ese sitio tan entrañable para los santiagueros a la vera de su bahía, con el mar Caribe como cómplice y espectador.

Una vez más, serán protagonistas grupos portadores de la cultura popular tradicional que suman más de una centuria y entre los cuales sobresalen algunos emblemáticos como las Congas de Los Hoyos y Guayabito y las comparsas Carabalí Olugo e Izuama, junto a otros de más reciente formación.

Un total de 58 áreas, de ellas 18 bailables, funcionarán durante las fiestas, que serán precedidas, como ya es costumbre, por los carnavales infantil y acuático, durante los cuales se expondrán la continuidad de esas manifestaciones artísticas entre los más jóvenes y la presencia del mar en la vida citadina.

Del 20 al 27 de julio, la ciudad responderá de nuevo al llamado vibrante de los tambores y la corneta china, para otro reencuentro con su pasado y la obstinada alegoría de preservar ese tesoro en los tiempos por venir.

DESDE ÁFRICA NO, DESDE LA CULTA EUROPA 

Para indagar en las raíces de este jubileo, una muy competente mirada es la del investigador Rafael Duharte Jiménez, especialista de la Oficina de la Historiadora de la urbe, quien afirma que ese hecho festivo ha sido secularmente, y lo sigue siendo, con otras características y matices, un escenario de confrontación cultural entre España y África.

En la primera mitad del siglo XIX, precisa, cuando en la ciudad florecía la economía de plantación y era ya un emporio cafetalero con el empuje de los franceses que vinieron huyendo de Santo Domingo,"inundada" ella y sus alrededores por esclavos africanos, comenzó la "africanización" de la cultura local, a predominar lo africano y a configurar la personalidad cultural y buena parte de la idiosincrasia del santiaguero que aún hoy podemos comprobar.

Apunta el estudioso que ese momento del carnaval es la primera gran victoria de la cultura africana sobre la española en territorio de Santiago de Cuba: a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX se inició la declinación de aquel carnaval blanco que había prevalecido en etapas anteriores, venido de la península.

Porque, contra lo que piensa la inmensa mayoría, los carnavales no vinieron en los barcos negreros, sino en las carabelas de Colón, enfatiza Duharte, quien precisa que estos son una fiesta europea muy antigua, que llegó junto a otras instituciones traídas por los españoles a la región.

Ese primer carnaval, blanco, del siglo XVII, es el de los mamarrachos, cuando preponderaba aquí la economía de hacienda, y todo, la música, el baile, estaban marcados por lo hispano, remarca. Considera el investigador que la segunda victoria en esa suerte de confrontación cultural se dio a principios del siglo XX con el arribo a Santiago de Cuba de sistemas mágico-religiosos como la santería, la regla conga y otros, que vienen de Occidente y van a dominar buena parte de la cultura popular en los barrios.

Se hace dominante la percusión africana y ese tambor comienza a prevalecer en los carnavales, desplazando todo tipo de música y ritmo hispanos, puntualiza. La conga pasa a ser relevante en las fiestas, que se van identificando como "de negros".

Desde el punto de vista historiográfico, agrega Duharte, hay dos descripciones que permiten comparar ambos momentos: una de 1800, que se le atribuye a Manuel María Pérez, en la que se ilustra aquella festividad de blancos, típica de haciendas ganaderas, con una limitada participación de negros, en la periferia.

De acuerdo con esa crónica, reinaban los elementos rurales que se apreciaban hasta en los nombres de las carrozas y se permitían animales de las propiedades.

Alude el historiador a que un poco después, en un capítulo dedicado al carnaval por el inglés Walter Goodman, quien vivió cerca de un lustro en la ciudad, se refleja ese que se va imponiendo con el sello de África.

La otra arista en el devenir del jubileo está en su expresión como enfrentamiento al poder y del conflicto racial en la ciudad, muchas veces enmascarado este último en aquel, resalta el investigador. El primer cuestionamiento está en las crónicas de Emilio Bacardí, en una referencia de 1795, referida a una prohibición del Rey sobre los mamarrachos por los perjuicios morales y físicos que producían.

En el siglo XX, precisa, hay una cantidad enorme de manifestaciones de esa represión y el propio Bacardí, una personalidad excelsa que encabeza la transición de la colonia a la república, vetó el carnaval en su período de gobierno como primer alcalde, porque también él, como muchos de la élite, estaba convencido de que era un rezago de barbarie.

Para muestra, escoge Duharte un botón en el Diario de Cuba, uno de los más importantes de la urbe, el 19 de junio de 1919: "El grado de cultura alcanzado obliga a renunciar de una vez y para siempre de las viejas y malas costumbres que han aprovechado la libertad de esos días los que no titubean en ofender la moral pública con cantos brutales y contorsiones deshonestas, todo acompañado de música salvaje, impropia de sonar en vida civilizada." 

Hubo intentos de encontrar alternativas, enfatiza, ante un hecho cultural cada vez más significativo, y una de las más interesantes es la de la creación de un carnaval de invierno por la burguesía santiaguera, ubicada ya en el reparto Vista Alegre, tomando distancia del centro urbano y de sus cuarterías, donde los bembés de Santa Bárbara y San Lázaro le hacían insoportable el fin de año.

Así lo describía uno de los grandes pintores de la ciudad, Antonio Ferrer Cabello: "...mediante plataformas de madera, la platea era convertida en pista de baile donde se libraban batallas de confetis y serpentinas que eran disfrutadas por la gente pudiente desde sus palcos, que adornados para la ocasión competían por el primer lugar. De allí partían las caravanas de autos engalanados que tocaban sus bocinas y alborotaban el centro de la ciudad, dando vueltas alrededor del parque Céspedes..." 

Recuerda el estudioso que en esa descripción acerca de la fiesta, concebida exclusivamente por y para los poderosos, se fija al céntrico hotel Venus como punto final de la lujosa celebración.

Los historiadores sitúan en el siglo XVII el comienzo del jolgorio, en una trayectoria con las trazas del devenir económico y social de la Isla. En pleno siglo XXI, continúa llenando de alegría a los santiagueros y a otros cubanos y visitantes desde los más diversos confines del mundo.

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