Su nombre completo es Eloína Norka Lamarque Hernández, pero todos la conocen simplemente como Norka. Es una mujer que ha vivido de forma altruista, siempre para los demás, y se ha sentido feliz de hacerlo.
Su papel de hermana mayor la hizo ser la más realista, centrada y organizada de la familia, y sobre sus hombros recaía muchas veces gran parte de la responsabilidad en la casa y el cuidado de sus tres hermanos.
Quizás por eso decidió inclinarse hacia un oficio que implicaba también la vigilancia y la preocupación por los otros: la enfermería.
“Desde muy niña me gustaba esa carrera, jugaba a las enfermeras, me encantaba el uniforme, todo lo relacionado con la enfermería me llamaba mucho la atención. Lo único que me pasaba por la mente para estudiar era esa profesión.
“Tuve la oportunidad a lo largo de toda la carrera, de trabajar en varios lugares: en el antiguo Centro Médico Quirúrgico Municipal, que era un hospital de emergencia; también en la antigua Casa de Socorro que quedaba en Trocha, donde era auxiliar de enfermera, hasta que logré posteriormente entrar en la escuela de enfermería.
“Después formé parte del colectivo del Hospital Provincial Saturnino Lora, del Hospital Militar Dr. Joaquín Castillo Duany, en el “Ambrosio Grillo”, finalicé en el policlínico Frank País”, comentó.
Entre sus experiencias de vida, Norka cuenta que formó parte de los 182 cooperantes médico – asistenciales que cumplieron misión internacionalista en Iraq, cuando los sorprendió la Guerra del Golfo Pérsico en los años 90 y 91. Allí, desarrolló sus labores como enfermera y jefa de brigada, firme junto a sus compañeras y con la disposición de permanecer en sus trincheras de trabajo a cualquier precio.
Al respecto explica: “Aquello fue malísimo, las enfermeras eran muy jovencitas y nunca imaginamos lo que podía suceder allí en aquella guerra. De modo que asumí en mi turno a esas muchachas, cuidé de ellas y como jefa de brigada me movía con ellas para donde fuera.
“Trabajamos primero en Bagdad y luego pasamos a Ramadi, a prestar servicio en uno de sus hospitales, y ahí estuvimos hasta curar al último enfermo o herido.
“Sentir y vivir la guerra, en carne propia, aquel desastre, el sonido de las bombas, fue horrible. Recuerdo que durante varias madrugadas nos pasaban para otro hospital, con el fin de poder resguardarnos un poco, y una vez, cuando llegamos a ese otro centro asistencial nos dijeron que teníamos que retirarnos para darle el lugar a los iraquíes.
“Les respondí que no podíamos irnos, que era de madrugada, que no teníamos a dónde ir nosotras que estábamos allí cumpliendo una misión. Nos pusimos fuertes y nos quedamos ahí hasta el amanecer, luego nos llevaron para la casa donde nos quedábamos, en una ambulancia, sabiendo que por la tarde volvía el bombardeo aéreo y teníamos que, nuevamente recoger e irnos para aquel hospital a pasar el desastre sin nadie, nosotras solas cuidándonos y cuidando a los pacientes.
“Otra de las cosas que nos costó mucho trabajo fue lograr imponernos en un país tan machista donde los hombres no respetaban a las mujeres. Si por casualidad teníamos que coger la calle o salir para cualquier cosa, trataban de agredirnos, de ofendernos, y nosotras, por supuesto tratábamos de defendernos.
“Muchos de ellos nos preguntaban que si en Cuba habíamos aprendido a ser boxeadoras y les contestábamos que sí, porque ninguna nos dejábamos amedrentar, salíamos con un palo en la mano y no permitíamos ninguna agresión ni ofensa.
“Y al cubano que tocaran, cuando nos enteráramos en la brigada, nosotras salíamos a apoyar a esos cubanos dondequiera que estuvieran”.
Esta enfermera apasionada, se jubiló a los 38 años de trabajo, pues su madre enfermó y era ella quien debía cuidarla hasta el inevitable fallecimiento. Luego, no se incorporó más, “si no, todavía estuviera trabajando”, afirma porque añora sus años de enfermera; cada vez que ve un uniforme blanco, impecable, le da mucha nostalgia.
Se dedicó entonces a ser ama de casa, a atender como nadie a su familia, por lo que hoy se siente realizada. Es la matriarca, la jefa, la cabeza del hogar, y con el apoyo de su esposo Arnoldo ha formado un linaje de hombres y mujeres de bien.
“Tengo dos hijos uno de ellos médico, la otra profesora y máster en Ciencias Pedagógicas; además soy abuela de tres hermosas muchachas, una médico también, que ha seguido mis pasos y se encuentra de misión en Bolivia, otra estudia también la carrera de medicina en la universidad, y la mayor, con la que convivo, es periodista. Estoy encantada con mi familia, y me gusta mantener siempre el orden, la disciplina y el respeto”, agregó.
Norka, sin dudas la mejor abuela del mundo, es una mujer firme en sus decisiones, muy estricta en la crianza de sus descendientes, y a la que le gusta que las cosas se hagan siempre bien, de ser posible a su manera. Además de esta hermosa familia, tiene otras nietas y nietos en el barrio, e infinidad de pacientes, aún retirada, que la prefieren por su destreza y experiencia.