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La sonrisa que no se olvida
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Esta ciudad le abrió sus calles, sus puertas y sus corazones. No quedaron brazos sin saludarlo al pasar. ¿Cuántos gritos eufóricos sacó del pecho, cuántas lágrimas de emoción?
Así queremos recordar a Chávez, con su sonrisa inmensa, como el unificador de los pueblos de América, como el amigo incondicional de los cubanos.
Como aquel que se atrevía a cantar o a recitar poemas en sus discursos, como el presidente enamorado de ser padre e hijo, como el amante del béisbol.
Como el que dejó en Gabriel García Márquez la impresión de un poderoso cuerpo de cemento armado, la cordialidad inmediata y la gracia criolla de un venezolano puro.
El Chávez que continuó su obra hasta después de su muerte. Un Hugo irrepetible que revolucionó no solo a Venezuela sino a Latinoamérica; que supo hacer muchos amigos y dejó la estela de su presencia en cada escenario.
Lo recordamos como el que llamó diablo con olor a azufre a un presidente norteamericano, pero capaz de darle la mano si fuera preciso.
“Extraño ‘dictador’ este Hugo Chávez -así lo comentó Galeano, desmintiendo la imagen que querían dar los medios de prensa,- este temible demonio, acaba de dar una tremenda inyección de vitaminas a la democracia, que en América Latina, y no sólo en América Latina, anda enclenque y precisada de energía.”
Así esta ciudad quiere recordarlo, con su abrazo cálido y la jarana ocurrente. Con su mano presta a estrecharte sin honores ni remilgos. Como un soldado dispuesto a entregarse a los pueblos latinoamericanos, especialmente al suyo.

