Me vistió de ilusiones, de un mundo lleno de luces, edificios inalcanzables hasta para la imaginación. Sopló mi juventud, mi inexperiencia, o mi ingenuidad con dulces palabras, eternas promesas, escenarios de riqueza ilimitada, alabanzas y culto individual, personificación etérea de todos los sueños, las ambiciones y los planes.
Porté mis mejores galas para la ocasión, caminé sobre lo que consideraba un gran banco de arena, un excelente futuro, una brillante recepción y puerta al cielo. Ellos por otra parte, así lo disfrazaron, entre palabras elegantes, idiomas seductores, especulaciones sin límite ni tiempo o espacio. La hora de ganar era esa, porque hicieron que así pareciese, hasta en el más ínfimo detalle.
El local, el traslado, el recibimiento. Los escasos minutos en ese mundo me parecieron despampanantes, porque a fin de cuentas cuando la cuenta es insegura si algo sale bien o más que eso, la percepción siempre camina con que somos los únicos “afortunados”.
Entonces empecé a notar que algo no iba bien. Se desviaron, me hicieron saber que era para acortar el camino. Y el que no conoce, es como quien no ve nada. Luego, lo que pasó hasta mi rescate es un sin nombre. Me hicieron entrar por un pasillo oscuro, aún sin sometimiento. Cuando supe lo que ocurría, porque me lo dijeron los rostros de otras personas amordazadas y silenciadas con un retazo de tela, supe que era el fin.
Me colocaron en la misma posición, en igual condición denigrante. Tuve que asear mi cuerpo, desnudarlo frente a muchos vigilantes, le puse ropa descubierta a mis zonas erógenas, y allí me hicieron perderlo todo: mi resistencia, mi hambre, mi sueño, el pulso con violencia; renuncié al pudor, la decencia, el orgullo de mi tierra, solo vivía porque la decisión de morir pertenecía a unos dueños que me habían comprado, quienes me vendían a otros hombres, golpeaban y aplicaban toda clase de sustancia, quienes me veían como su mercancía...
Algunos sobrevivimos a estos pasajes, de otros solo quedaron las historias que nos contaron, las de sus familias y seres queridos, hijos, madres, abuelos que esperaban por ellos en sus hogares y no tenían ni idea de lo que ocurría con ellos.
La luz del sol la aprecié por vez primera, más allá de la noche fría, una fecha que no logro pronunciar. Fue difícil de cadáver inerte volver a ser humano, pero lo conseguí finalmente. Fui, vi, y perdí, ahora tengo la oportunidad de nunca más regresar allá.
El Día Mundial contra la Trata de Personas convida a todos a pensar, escuchar, detenernos a ver más allá de nuestro pensamiento, y desterrar la oportunidad de que alguien más nos haga víctimas de este mal.