“Era una época terrible. Horrores hubo desde el primer momento, pero ese año 57…, no tuvo nombre la cantidad de muchachos jóvenes que aparecían muertos a diario por distintos lugares. Los mayores vivían en una zozobra cuidando a la juventud”.
Con estas palabras que no necesitan explicaciones, describió Miriam Pascual Salcedo el contexto social en el que asesinaron a su hermano Salvador, el 30 de junio de 1957, cuando apenas tenía 23 años. Hijos de una familia con tradición de lucha revolucionaria, estos muchachos eran incapaces de mirar con tranquilidad impávida el espectáculo nefasto y de injusticia que imperaba en su Patria bajo el régimen del dictador Fulgencio Batista; por lo que, muy pronto se insertaron en las actividades clandestinas.
“Antes de morir mi hermano mi familia era de las que decía que cuando llegara el momento todo el mundo tenía que coger una ametralladora y salir a luchar. Pero cuando perdimos a Salvador, nos querían llevar debajo de las faldas. Sin embargo, a pesar del miedo que poseía la familia, nuestros sentimientos eran de aversión y odio, y por primera vez empezamos a hacer cosas sin que ellos lo supieran.
“Desde el machadato mi familia se había mezclado con las cuestiones de la Revolución; por ejemplo, un sobrino de mi abuela, santiaguero también, se llevó 13 mil pesos de lo que hoy día es el Correo Central, bajó Enramadas y allí en la calle Reloj había una máquina de Antonio Guiteras esperando el dinero para el asunto del alzamiento de La Gallinita. Siempre fuimos muy revolucionarios, pero después que mataron a Salvador todo el mundo se aterrorizó”.
Así lo cuenta la hermana del mártir, que aunque no está reconocida oficialmente como combatiente, es innegable su participación en las labores del clandestinaje en el Santiago de Cuba de los años 50. “Todos estábamos enrolados: éramos jóvenes y empezamos buscando medicina, comprando o vendiendo bonos… cualquier cosa para ayudar al movimiento. Tuve que hacer hamacas cantidad y a veces nos tocaba trasladar los uniformes: nos amarrábamos un cordón en la cintura y las patas del uniforme verde olivo quedaban como colgadas hacia adelante por debajo de la falda que era larga y muy ancha, así podíamos esconderlos bien. Pero pasé mis sustos.
“Hubo una vez que subía la calle Félix Pena, a dos cuadras de mi casa, y pasó por mi lado una máquina del ejército. Yo iba subiendo con aquellos uniformes en la saya; de pronto el auto disminuye su velocidad, va despacito, y un guardia saca la cabeza y me dice algo. Yo me quise morir.
“Seguí como si nada. Menos mal que no me dio ni por apretar el paso ni por detenerme, pero me estaba muriendo. Después me percaté de que aquel hombre me había dicho un piropo y siguió su curso… Así vivíamos la juventud en aquella época”.
Estas y otras anécdotas se mantienen vivas en el recuerdo de Miriam que hizo alusión también a la hospitalidad que ha caracterizado al pueblo santiaguero en todas las etapas, contribuyendo a cuidar y esconder a los jóvenes revolucionarios en peligro, facilitando que escaparan de los chivatos y enemigos que los perseguían, por sus techos y viviendas.
Fue imposible no hablar sobre aquel fatídico 30 de junio, en el que cayera asesinado su hermano, Salvador Pascual, en la conocida intersección de la calle Crombet con el Paseo Martí. Sobre ese día Miriam comentó conmocionada:
“Fue un domingo. Aquel bandido Rolando Masferrer preparaba un mitin para demostrar que en Santiago de Cuba había paz, que todo estaba en calma. Ya Fidel había venido a finales de 1956 en el Yate Granma y el pueblo conocía que había hombres en la Sierra Maestra; pero la tiranía quería opacar eso, cuando la verdad es que por aquel entonces Santiago era un verdadero hervidero revolucionario.
“Por la parte del Movimiento 26 de Julio hubo muchos preparativos, por ejemplo: el hermano de Frank País, Josué, tenía que poner un petardo debajo de la que sería la tribuna, que luego no funcionó. Varias cosas dejaron de funcionar, pero se tenía todo preparado para que el pueblo estuviera claro de que eso que se decía en el mitin no era verdad, que estábamos en pie de lucha”.
Esta bomba que no explotó era la señal para los grupos de acción; no obstante, uno de estos salió y causó dos muertos y un herido a los sicarios de Batista. “Conscientes de todo en lo que estaba mi hermano, estuvimos ese día muy pendiente de él. Mi mamá y todo el mundo le pedimos que no se moviera de la casa, que no fuera a ver a la novia; y él se quedó sentado en el parque de La Placita, en el banco que estaba frente por frente a la puerta. Nosotros, en la sala esperando que se acabara el mitin y a cada ratico sacábamos la cabeza, lo veíamos y entrábamos; pero llegó el momento en que nos asomamos y había desaparecido.
“Como a las 5:50 de la tarde más o menos, se empieza a comentar que había sucedido algo en el mitin del Parque Céspedes… Según dicen, Floro Bistel, Josué País y Salvador, no entendieron lo que había sucedido y fueron a alquilar una máquina, el hombre para salvar su responsabilidad los denunció y dijo que ellos venían en esta dirección (hacia Martí). O sea, que cuando los muchachos llegan, ya aquí en “La Línea” los estaban esperando. Hay cosas que no salen, que se frustran…”, y continuó su testimonio:
“Consideramos que mi hermano se había escapado para ir a casa de su novia, pero estábamos muy intranquilas en la casa. Sobre las seis de la tarde, nos encontrábamos conversando y sin ton ni son, a mi madre le da una ahogadera, un dolor en el corazón, y se formó la corredera… todavía nadie sabía nada. Por eso yo siempre he pensado que como Salvador adoraba a mi mamá, su último pensamiento fue para ella. “Bueno, pasó aquello. Eran las siete y no sabíamos nada, no teníamos teléfono para hacer una llamada, nos parábamos en la puerta queriendo buscarlo, con la vista… En eso viene una tía que no vivía en la casa y me pregunta por mi hermano; le explico y me dice: “se comenta que allí en Martí cayó un rubito de La Placita”. ¡Ahí sí que nos desesperamos!... porque rubito, de La Placita… sólo podía ser Salvador.
“Bajamos entonces a tratar de identificar el cuerpo en el cementerio. Ese domingo a las nueve de la noche nosotras estábamos atravesando la ciudad de Santiago a pie, porque ninguna máquina nos quería llevar, y en el momento que entrábamos a Santa Ifigenia salía mi otro hermano, Manolo, que sí es combatiente, me apretó la mano y sus únicas palabras fueron: “voy a buscar ropa”.
“No hizo falta más, ¿ropa para qué?, nos dimos cuenta de que era él a quien habían matado. Efectivamente lo encontramos ahí, en el suelo del lugar donde antes se hacía la necropsia, y Floro Bistel Somodevilla estaba en la meseta. Entonces con mi papá y mi tío de Camagüey que se unió a nosotros, elevamos a Salvador a la mesa.
“Allí yo le registré las balas, tenía una en la cara, otra en el corazón que suponemos que esa fue la mortal… el pantalón azul marino lo tenía un poco hundido, y cuando se lo levanté salió un borbotón de sangre”.
El dolor aún se percibe en los ojos de Miriam, tanto por su hermano como por Josué, Floro y otros que dieron su vida por esta nación; pero, como dijo el Apóstol: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, y las nuevas generaciones de cubanos estamos aquí para defender lo que ellos contribuyeron a crear.