Hace solo cuatro jornadas que ya no está nosotros Gilberto Aguilera Caballero, o Papito como cariñosamente lo llamaban músicos, familiares y amigos en esta ciudad, en la que él se ganó el respecto y la admiración del pueblo lo mismo como saxofonista, que como integrante de la orquesta del sabor Chepín-Chovén, que como vecino, o simplemente por el ser humano de alma tan hermosa que él fue.
Más que cualquier otro detalle, el texto que sigue de la autoría de Manolito, un amigo y admirador de la obra profesional y social de Papito, refleja no el quehacer de su vida entera que fue tan amplísimo, pero al menos es un acercamiento bien real a este, hecho con la varita mágica de los buenos sentimientos. Por eso lo reproducimos junto con esta nota:
UNA LEYENDA DEL CHEPÍNSON
(Escrito por MANUEL GÓMEZ MORALES)
Cierto día, después del “Sandy”, buscó una postura y la plantó en el cantero desprovisto frente a mi casa. Temprano en la mañana la regaba, temprano en el atardecer repetía el ritual.
Casi a medianoche, casi al inicio de un día cubanísimo y universal como el 8 de septiembre falleció. ¿Falleció?, prefiero escribir murió, una diferencia tonal más cercana a los sentidos de la vida; fallecer entraña demasiado tecnicismo si se considera el concepto de Mario Benedetti. Murió Gilberto Aguilera Caballero, es decir, “Papito”.
Dos claves iniciales lo marcaron hasta las últimas consecuencias: ser oriundo de San Luis (25 de noviembre de 1946) y proceder de “Los Aguilera”. Hacedor y vendedor de frituras, ganaba durante su niñez de vez en vez algún aporte a favor de su casa; vendría el tiempo de inflar pulmones, saber administrar el aire y emboquillar, beber papel pautado y perfeccionar la técnica hasta el más allá. Desde entonces era la encarnación del saxofón. Creció con las presentaciones y giras de la otrora Banda del Ejército Oriental donde amó el montaje de temas clásicos de la cubanía y de autores impostergables como Juanito Márquez.
Muy bien lo conocieron en las estribaciones y el entorno de La Caoba, Casa de Tabla, La Loma de la Sierra, La Fama… Saxo en mano y con piquete improvisado alegró familias y comunidades. Alegría culta, popular y original de la serranía. ¡Y qué decir cuando integró la formación de “Luisín y su combo” o “Inspiración”!, por sólo citar una muestra de incursiones referenciales, de las cuales son testigos nocturnos la diversidad de clubes santiagueros. Sin embargo, momento cumbre fue su ingreso a una nueva y definitiva casa: La Orquesta Chepín Choven, “La Orquesta del Sabor”.
Desde su humildad compartió con los grandes de esta agrupación, sus fundadores. Aquel saxo comenzó a destilar piezas referenciales y aclamadas hasta nuestros tiempos: “Bodas de Oro”, “El platanal de Bartolo”, “Vamo a tumbar los cocos”, “Reina Isabel”, toda una constelación en el panorama musical de nuestra identidad. Papito por naturaleza propia se convirtió en apasionado defensor de líderes como Electo Rosell y Bernardo Chovén, de aquellos músicos precursores y de los que vinieron luego con las nuevas generaciones.
Auténtico paladín de la cultura popular y tradicional, fue amigo de las orquestas, conjuntos, solistas paradigmáticos y clubes danzoneros, con los que convergió en múltiples escenarios de la nación: carnavales, especialmente en las “Calles de los Recuerdos”, semanas y jornadas de la cultura, galas, conciertos y giras, incluidas las realizadas a Francia e Italia. Papito no sólo fue saxo en carne propia, vivió para la Orquesta Chepín Chovén, fue su salvador en momentos de trance y ruptura; su historiador, su escudo, su lanza. Este archivo caminante de conocimientos nunca tuvo secretos, abrió su piel al sol. No se sospecha aún la infinidad de músicos a los que Papito aconsejó, adiestró, formó y hoy día muestran una trayectoria rutilante. Tal ha sido su aporte a la cultura cubana.
Pero, esta vocación la extendió fuera del quehacer cultural. Papito fue un trabajador social (quiero decir, de los genuinos que apenas existen). Conflictos y problemas del vecindario eran suyos, no sólo los tomaba para sí, sino que dio soluciones personales increíbles. Pueden dar fe las barriadas de Los Olmos, Los Hoyos, Sueño. Pobres aquellos que no desearon escucharlo, asumir sus consejos; pobres aquellos que alguna vez pudieron hasta lastimarlo con palabras, ojalá dispongan del tiempo posible para enmendarse a sí mismos.
La Orquesta Chepín Chovén es. Papito está entre ellos, “paseando” sus “Bodas de Oro”: un hombre que no le bastó su vida, tomó la de otros para irrigarlas, un ser contribuyente de tan magistral libro escrito por Lorenzo Jardines sobre la agrupación, de la creación del Festival de Música Popular “Chepín Chovén” y de la nominación en la última edición de “Cuba Disco” de su orquesta de la cual fue subdirector. Papito es.
Y después del ciclón “Sandy” el árbol creció en el cantero, frente a mi casa. Ahora, mi hija temprano en la mañana lo riega, temprano en el atardecer repite el ritual. Desde mi mesa de trabajo me llegan los acordes de “Bodas de Oro” y pienso que Gilberto Aguilera Caballero, (quiero decir) Papito, ha “emboquillado” la raíz de este árbol de todos.