La conocí hace unos 25 años y la verdad de aquella época recuerdo pocas cosas pero no olvido que siempre decía que yo le recordaba a una de sus nietas.
Es así como tú, igualitica que tú... y yo reía mucho, y siempre le contestaba con las mismas palabras: ayy Edit...
En aquel entonces mi hermana menor era muy pequeñita y ella decía con tristeza que difícilmente viera a la galleguita cumplir sus 15 primaveras... lo cierto es que la niña pasó los 15, llegaron los 20, y como le decimos jocosamente, seguro conocerá a los hijos de la más pequeña de casa.
Siempre le ha gustado cambiar los muebles de lugar, siempre dinámica, en busca de qué hacer, nos divertíamos muchísimo porque cuando pensabas que estaba acostada descansando había 'virado la casa al revés' o ya regresaba del mercado arrastrando su bolso con rueditas.
Edit Ramírez Chávez ya pasó los 80 y este 13 de octubre, como ella misma dice, cumplió casi 90. Son 89, con más achaques, más dolores, más limitaciones pero aún independiente y lúcida. Y sobre todo disfrutando de las atenciones de sus pequeños convertidos hoy en hombres y mujeres, recibiendo lo que ella dio un día a plenitud: amor, cariño y protección.
“Yo no puedo comer dulces por la diabetes, pero me encantan, por eso de vez en vez me lo como a escondidas” me comentó con picardía.
Viste que flaca estoy, si fuera por Zaimar, no comiera nada, me quiere cuidar tanto que me va a matar de hambre... y ríe bajito porque sabe que lo que ha dicho es una broma pero que a la nieta -hija con la que vive- no le gustará lo que dice, pues se desvive por cuidarla.
Durante toda su vida se dedicó a coser. Cosía mucho y de esa manera ayudaba a su esposo a mantener a la familia que juntos habían creado. Tuvieron dos hijos, una hembra y un varón, siete nietos de los cuales cinco vivieron con ella en algún momento, y cuatro bisnietos.
Procedente de una familia humilde, honesta y trabajadora.
“Cuando era pequeña viví con una tía y la ayudaba a limpiar la casa. El piso era de madera, y yo le daba cepillo y lo dejaba limpiecito. Desde niña trabajé mucho, pero siempre supe ganarme honradamente el plato de comida y así eduqué a mis hijos y a mis nietos, que por suerte pudieron estudiar y superarse. Estos son otros tiempos”, afirma.
Ahora a sus casi nueve décadas de vida, disfruta mirando novelas, recordando el pasado, los buenos y malos momentos, habla de su esposo fallecido, observa la bella foto de ambos que tiene en su cuarto.
Es feliz cuando recibe visitas, disfruta regar sus plantas, alimentar a su pequeño amigo el chipojo que pasea por el balcón de su apartamento, así como a los pajaritos que acuden en espera de las migajitas y arrocitos que ella les guarda.
El horario del noticiero es sagrado, pues según ella hay que estar actualizado; el periódico lo espera cada día y no hay una página que no lea; se interesa por los avances de la tecnología, por la navegación en internet, por los avances de ETECSA.
Así transcurren sus días, sin olvidar de vez en vez ensartar una aguja y darle al pedal de la máquina de coser; moviendo un mueble y otro para que la casa se vea más bonita. Porque sus arrugas llegaron por ley de la vida pero ella prefiere sacarle sonrisas.
“¿Morirme?, no, yo no quiero morirme aún. Tengo muchas cosas que ver todavía.