Santiago de Cuba, / ISSN 1681-9969

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Desde Varadero hasta Baconao sobre delfines

El animal más inteligente después del hombre

 

FOTO L1

En 1961, muchachos de todo el Archipiélago cubano estaban reunidos en Varadero, Matanzas, en la entonces recién inaugurada Escuela de Mar Andrés González Lines. Algo los caracterizaba a todos: eran hijos o familiares de pescadores cubanos, el sector junto a los campesinos más empobrecido y desatendido del país.

A lo largo de una estrecha franja de terreno en la península de Hicacos, hasta el hotel Oasis, el reparto Kawama mostraba lujosas residencias, hasta hacía poco de ricachones, convertidas en albergues de cientos y cientos de becarios de la “González Lines”, quienes recibían clases culturales y habilidades marineras. 

Muchas de las aulas tenían grandes ventanales que daban hacia la playa y a través del cristal, los “pichones” de marineros se admiraban por la mañana ante el grupo de delfines que a gran velocidad y con enormes saltos “viajaban” paralelamente a la costa, hacia el oeste, por el azulverde intenso del litoral matancero.

Como para llegar a la arena solo había que saltar el muro posterior de la casa, finalizadas las clases por las tardes, los alumnos   iban a bañarse en la playa más famosa de Cuba. Entonces volvían los delfines pero en rumbo opuesto. Los estudiantes más ocurrentes aseguraban que aquellos “torpedos vivientes” habían ido a ver a sus amigos y luego regresaban a sus casas.

De vuelta en Santiago de Cuba, los becados hablaban con entusiasmo de los delfines y de sus saltos casi perfectos que dejaban ver la piel brillante y centelleante por los rayos del sol. Pescadores de larga experiencia, los familiares de los muchachos les llenaban la cabeza de imágenes:

“Esas son toninas y son buenas porque si ven a alguien en el mar lo van empujando hacia la orilla para salvarlo.”

“Son cuentos de la gente; las toninas llevan a la persona hasta la orilla, la dejan allí para que se descomponga y luego vuelven para comérsela.”

El tema delfín resurgió con más fuerza por estos lares, con la película El Hombre Anfibio, en el que el protagonista, a quien le habían injertado branquias para salvarle la vida, podía respirar un tiempo determinado debajo del agua. Tenía un fiel amigo ¿quién?

Lindin, un delfín.

Desde entonces ya se manejaba con frecuencia, que las habilidades de esta especie marina excedían los cálculos más conservadores pues eran capaces hasta de resolver problemas.

Así, algunos estudios aseguran que luego del hombre, los animales más inteligentes en su orden son el delfín, el chimpancé, y el elefante.

Esta especie marina que respira como los seres humanos, habita en casi todos los mares e incluso en ríos pero evita el Ártico y la Antártica, y a pesar de vivir en mar abierto suele acercarse a la orilla.

Como no tiene nariz, los delfines respiran por un hueco encima de la cabeza y las toninas, como también se llaman a estos mamíferos acuáticos, se alimentan de langostinos, sardinas, calamares, algas, y otros peces.

El delfín común puede alcanzar los 4 metros pero los que están hoy en el Acuario de Baconao están entre los 2,10 metros y 2,48 metros. La especie mular como los que están en el delfinario, puede vivir de 45 a 60 años. Luego de alrededor de 12 meses de gestación, mamá delfín pare una sola cría que amamanta con una leche tan rica en grasas, que el “bebé”  en dos semanas duplica el peso inicial.

Este animal es vivíparo como todos los mamíferos, y el “pequeño” al venir al mundo puede pesar de 10 o 15 kilos; ya adulto, de 150 a 300 kilos.

Jorge DelfinLas maniobras en las que toman parte los delfines en el espectáculo del Acuario de Baconao, sencillamente dejan pensativo a más de uno de los asistentes y quizás todo parta del hecho de que el cuarto lóbulo en el cerebro de los delfines alberga todos los sentidos y por ejemplo, en el ser humano, los sentidos están divididos. En fin son capaces de hacer cosas… que están en correspondencia con un hecho: el delfín nariz de botella,  como los que están en Baconao, tiene una masa cerebral al nacer de un 42,5% de la masa cerebral de un ser humano adulto; este último al nacer tiene solo un 25% de los adultos.

La rapidez de este animal de los mares asombra y es que los delfines pueden alcanzar una velocidad de 45 km\h que es como si un ser humano corriera 700 metros en un minuto. Con tal impulso es lógico que intimiden a los tiburones y sean capaces de levantar en vilo a un hombre y lanzarlo por los aires, como hacen en el espectáculo.   

El sistema de comunicación de esta especie marina igualmente es complejísimo, pues usan un lenguaje de sonidos, gestos y hasta un ruido que parece un silbido. Está argumentado hasta la saciedad que los delfines tienen un lenguaje propio, muy desarrollado en el plano de la ecolocalización, al extremo que la Marina de los Estados Unidos lleva años estudiando ese sistema para tratar de clonarlo. Cada movimiento de su cola, de su cabeza; cada chasquido…  evidentemente los ayuda a comprenderse, a ubicarse,  a comer, a evitar ser comido.  

Y cuando se creó el delfinario en el Acuario Baconao, ya el tema delfín comenzó a ser aún más familiar entre los santiagueros. Gracias al personal especializado de allí y la búsqueda en la red  de redes pudo concluirse  que “ellos” no empujan a nadie hacia la orilla y mucho menos lo dejan en la playa para luego “despachárselo”.

El Dr. Jorge Peña Mariño, médico veterinario e integrante del equipo del Acuario y de su delfinario, explicó:

“Esas son creencias populares. Nada de eso es cierto; tampoco es verdad que ellos embistan a las orcas. Al contrario: las orcas se alimentan con ellos. Pero a los tiburones sí lo golpean con fuerza.

“Los delfines tienen una mandíbula poderosa y con la velocidad que desarrollan el golpe le hace mucho daño a los escualos. Por eso los tiburones los respetan.”

En el Acuario Baconao  --uno de los dos de Cuba--, el delfinario que tiene similares en el país, acoge a nueve delfines.

“Aquí hay mular del Atlántico, el tursiops Truncatus, que es el delfín común o nariz de botella o tonina.”

Con tantos espectáculos, ejercicios y entrenamientos diarios, estos animales deben agotarse. Entonces ¿cómo descansan, cómo duermen? El Dr. Peña dijo:

“En el acto del sueño, de dormir, los delfines hacen lo siguiente: uno de los hemisferios cerebrales lo mantienen en vigilia, para controlar la respiración y cuidarse de depredadores; el otro hemisferio descansa.

“Con el hemisferio que está en vigilia ellos deciden cuándo respirar. Incluso, a veces duermen en la superficie y parecen troncos flotando; o en ocasiones bajan unos metros, duermen ahí y luego suben a respirar.

“La literatura asegura también, que aprovechan la estela de la ola que dejan los buques en su travesía y se ‘acuestan’ allí a dormir.”

Relata el “médico de los delfines” en el Acuario santiaguero, que se han hecho capturas en la bahía de Guantánamo, en el Golfo de Guacanayabo, Golfo de Ana María, al sur de la provincia de Granma, Las Tunas, Camagüey, Ciego de Ávila.

Una vez capturado el animal con las redes y llevado a la embarcación, se siguen varios pasos del protocolo de selección: el primero: ningún animal con cría ni gestante ni viejo ni enfermo ni con laceraciones importantes ni  muy grande; el segundo son los análisis de sangre, exudados… Al mismo tiempo, el cuidado en la manipulación se cumple rigurosamente: sobre colchones de espuma, crema en toda la piel, hidratación constante, protección total ante el sol y el viento.

Sigue luego el período de adaptación que se desarrolla en un “corral” en el mar (varas clavadas en el lecho marino, para sostener la malla perle o la red) implantado cerca de la zona de captura y también con requisitos: unos tres metros de profundidad, aguas cristalinas y con calidad sanitaria, sitio lo más amplio posible para evitar el hacinamiento y libre de fuertes corrientes marinas…

En el “corral” está el delfín de 15 a 20 días; allí se adapta, recibe pescados varias veces al día y transcurrido ese lapso, luego de verificar comportamiento adecuado y disponer de los resultados satisfactorios del laboratorio, entonces se procede al traslado hacia el delfinario, una operación que por carretera no debe tardar más de cuatro horas.

“La respiración del delfín es pulmonar, o sea que en ese aspecto no hay problema al mantenerlo fuera del agua. Lo que sí hay que protegerle mucho es la piel; hay que hidratarlo constantemente.

“Si son traslados cortos se utilizan dos o tres colchones de espuma  para que ellos amortigüen bien y no haya roce, golpes. Se le cubre completamente la piel al animal con lanolina, vaselina… se le pone una frazada o felpa y encima de esto se pone hielo, o sea la humedad pasa pero no lo quema. Cada quince minutos se mueve de posición: a la izquierda, a la derecha, al centro…

“Es importante trasladarlo o bien temprano en la mañana o luego de las cuatro de la tarde para evitar las altas temperaturas y por ningún motivo puede dejarse el animal expuesto al Sol ni a las corrientes de aire. Si fuera el traslado con aire acondicionado o en un carro-termo con bastante hielo que mantenga la temperatura en 24 grados, sería lo ideal. La velocidad del vehículo no debe exceder los 80 kilómetros ni coger curvas bruscamente para evitar que se muevan. Por carretera no debe ser más de cuatro horas.

“Todo tiene que estar preparado a la hora de sacar al animal del mar, tanto en la captura como desde el ‘corral’, para enseguida hacerle las acciones descritas, y que transcurra el menor tiempo posible. Durante todo el traslado se le va rociando agua fría con un aspersor.

“Y cuando ya estamos a punto de llegar al Acuario se le aplica masajes en el cuerpo, en las aletas para contrarrestar cualquier entumecimiento. Al colocarlo en el agua, dos buzos le controlan la natación y lo vigilan por si necesita ayuda ofrecérsela.

“Sí, todos los delfines del Acuario tienen nombre… ellos no comprenden pero así nosotros los identificamos. A cada uno se le lleva una historia clínica, un control, y los entrenadores los conocen.”

El delfín más antiguo en el Acuario de Baconao es Unca, que lleva   allí 25 años; los más jóvenes, que tienen entre 4 y 10 años de edad, o sea Tico, Rafa, Leo, Chichi… llevan cerca de un año. Ellos tienen los dientes más afilados y son muy dinámicos… porque son como niños traviesos.

El Dr. Peña sigue una rutina inviolable: tan pronto llega al delfinario, lo primero que hace es ir a ver los animales, revisarlos, inspeccionarlos clínicamente; ver cómo responden pues cualquier cambio de conducta puede sugerir algún problema. Y cada tres meses se les hace una investigación de química sanguínea no solo para ver cómo está el animal sino, además, para conocer cómo marchan sus parámetros.

“Claro, llegamos a encariñarnos con cada animal… Imagínese, tantos años trabajando con ellos que ya son parte de nuestra familia, por eso lo cuidamos tanto.”  

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