Las madres hay que admirarlas aunque solo sea por existir, sin duda. Habría que imaginar nuestro mundo sin ellas. No es menos cierto que muchas veces creemos prescindir de sus cuidados y atenciones pero siempre volvemos a necesitarlas.
Es la nostalgia más hermosa que pueda sentirse. Con los años nos volvemos más ajenos a sus deseos de estar siempre al lado de los hijos y en ocasiones no somos conscientes del daño que les hacemos al separarnos de ella; muchas veces nos damos cuenta demasiado tarde.
Una buena madre no es la que cumple nuestros caprichos, es la que nos despoja de ellos; escucha, educa, disciplina aunque no sea de la forma más ortodoxa posible, pero siempre está pendiente y lista para levantarnos al tropezar o celebrar cada logro de nuestra vida.
No existen malas madres. El simple hecho de habernos dado la vida es motivo de eterno agradecimiento. Llorar junto a ellas, por muy tristes o dañados que estemos, reconforta al instante pues siempre saben qué decir. Su experiencia es vasta y transmisible, inmunidad que requiere cada ser humano.
Madres como leonas, escuchamos decir. Y es que cada una defiende a sus hijos ante cualquier adversidad.
Hace unos meses escuché una anécdota que conmovió a medio mundo. Esta contaba cómo en un pueblo de ciénagas y manglares un pequeño niño esquivó por momentos la mirada de su madre y salió al patio trasero de la casa a jugar completamente solo. Sus infantiles hazañas lo acercaron a la orilla del lago que rodeaba la casa y sin darse cuenta fue abatido por un cocodrilo que pensaba alimentarse de él. La madre, al escuchar los gritos del hijo, no dudó en enfrentarse al animal y mientras el reptil lo halaba hacia el agua ella lo hacía con todas sus fuerzas hacia el otro lado. Al final, la madre logró desprenderlo de las fauces del animal, aunque las piernecitas del niño quedaron destrozadas.
Semanas después unos periodistas que acudieron al hospital para reportar sobre las condiciones de salud del niño le preguntaron al mismo si las cicatrices de sus piernas le dolían y si podían fotografiarlas a lo que él respondió que prefería que fotografiaran las de sus brazos que, aunque dolían menos fueron hechas por las uñas de su madre al tratar de liberarlo de la boca del cocodrilo. Pero a él no le importaba pues esas marcas eran la señal de amor más grande que pudiera existir.
Cuidar a quien nos dio la vida no es labor para los últimos años. Cada hijo es el complemento de su felicidad y subsistencia por tanto hay que preservar ese tesoro que la vida nos da y que no es eterno, al menos en materia, porque en sentimiento y espíritu lo son siempre.