A los 10 u 11 años, por la mente de cualquier niño transitan las cosas más increíbles, fabulosas, maravillosas… Así, que yo me veía con una barba copiosa en la Sierra Maestra, y con una ametralladora Thompson en las manos, acabando literalmente con un batallón de casquitos de Batista; también me vi con una guitarra y una enorme onda de pelo que me caía en la frente, al estilo de Elvis Presley; igualmente, en mi imaginación era un gran científico con 100 probetas delante, todas humeantes…
De allá hasta acá, son pocos los recuerdos que vuelven, salvo en ocasiones como esta que nos ocupa, y claro: la guitarra, que sí se hizo realidad. No obstante, algunas memorias han perdurado y debo confesar que una de esas tiene relación con la fauna americana, pues desde que oí por primera vez “El pájaro chogüí”, las imágenes más fantásticas que puede concebir un niño se adueñaron de mi pensamiento.
Época un tanto difícil era aquella en que en todo el barrio solo había una casa con televisor y tan numeroso el grupo de niñas y niños que nos agrupábamos para tratar de ver aquel “cine” pequeño por el espacio estrecho de la puerta entreabierta… Los más pequeños siempre nos quedábamos afuera, cuando Nenuca con ese instinto maternal que la caracterizaba, dejaba entrar a varios de nosotros hasta llenar la sala.
Yo no lo vi pero me imagino que en algún momento habrá salido por la TV el cantante venezolano Héctor Cabrera de visita en Cuba en 1960, quien “arrasaba” por la radio entre otros temas con La Novia y precisamente con El pájaro chogüí.
Por la magia de la radio, yo “veía en mi mente” al indiecito desobediente, subiéndose a las matas como hacíamos nosotros en el descomunal mamoncillo del patio de la casa; lo veía correr por las ramas y caerse, morirse y volver a vivir en forma de pájaro.
Como nunca se fueron de mi mente esas imágenes, muchísimos años después escribí un guion… o lo que pienso yo que es un guion, para ver si algún realizador de la TV puede llevarlo a animados, con las inmensas posibilidades que ofrecen hoy las nuevas tecnologías.
La fijación infantil con aquella ave suramericana me llevó luego a leer y leer y supe que la polka paraguaya “El pájaro chogüí” es de la autoría del argentino Guillermo Edmundo Breer o mejor: el Indio Pitagua, quien se inspiró en una leyenda guaraní; el número inicialmente fue concebido para arpa pero luego muchos intérpretes la incorporaron a sus repertorios y por ejemplo, antes de Héctor Cabrera lo cantó en Venezuela Néstor Zavarce y más acá en el tiempo, lo hizo el mismísimo Julio Iglesias. Mas en mi criterio en nada autorizado ni el mundialmente famoso Iglesias ni otro supera a Cabrera por la dulzura que le imprime a su voz y el uso sobresaliente del arpa.
En fin, el modo de cantar, su hermoso plumaje, y algunas de sus costumbres han convertido al chogüí en toda una celebridad alada en un área bien extensa de Suramérica: tampoco, ninguna otra especie voladora lo supera en eso de comerse las naranjas, que no desprende de las ramas pero cuando termina ahí está el fruto intacto… por fuera; por dentro, está vacío. Por eso le dicen también “naranjero”.
Este pájaro, que mide unos 15 centímetros, habita en matorrales, bosques, y hasta lo hace en zonas urbanas pero casi nunca está en el suelo; es un genuino arquitecto a la hora de “fabricar” sus nidos, donde la hembra pone de tres a cinco huevos; el macho tiene tonalidades relucientes: cabeza y cuello azul celeste; pico y dorso negro; la base del pico, alrededor del ojo, la rabadilla, el pecho y el abdomen anaranjado brillante; las alas y la cola negros y celestes azuladas. En las hembras el color es opaco; cuerpo pardo grisáceo, garganta y rabadilla amarillas oliva.
Habita el chogüí en zonas localizadas en Paraguay, Uruguay, Argentina, Bolivia y Brasil, aunque para ubicarlo con más exactitud, los estudiosos de la fauna sudamericana afirman que es del área guaraní, es decir zonas de Sucre, Potosí y otras, en Bolivia; todo Paraguay, el sur de Brasil, especialmente Sao Paulo y Brasilia; más de la mitad de la República Oriental del Uruguay; una zona, también extensísima, de Argentina, casi la tercera parte del país.
Estos sitios guaraníes sobresalen por ser extensas selvas con ríos impetuosos, cascadas y saltos de agua, clima tropical, y también ciudades importantes en el entorno geográfico guaraní, como Sao Paulo, Asunción, Posadas, Encarnación en el Paraná; Foz de Iguazú, puerto Iguazú, Ciudad del Este…
En sitios con naturaleza tan hermosa nacieron igualmente, leyendas tan bellas, mucho más si conocemos que por allí radican pueblos nativos sudamericanos que hablan guaraní y otros dialectos. Por tantos detalles reunidos en una sola historia es que quizás nunca he olvidado “mis imágenes infantiles del indiecito devenido pájaro cantor chogüí.
Y como un homenaje muy íntimo a la canción y a la memoria de Héctor Cabrera, a quien su estancia en Cuba en 1960 catapultó a la fama y a la popularidad en todo el Continente –prestigio que lo acompañó hasta su deceso el 8 de junio de 2003 en Caracas— aquí le dejó con la letra de El Pájaro Chogüí. El arpa, el resto de los instrumentos musicales y el sentimiento póngalos Ud. con su pensamiento.
El pájaro chogüí
Cuenta la leyenda que en un árbol
se encontraba encaramado un indiecito guaraní,
que sobresaltado por un grito de su madre
perdió apoyo, y cayendo se murió.
Y que entre los brazos maternales
por extraño sortilegio en chogüí se convirtió.
Chogüí, chogüí, chogüí, chogüí,
cantando está, mirando allá,
llorando y volando se alejó.
Chogüí, chogüí, chogüí, chogüí,
que lindo va, que lindo es
perdiéndose en cielo guaraní.
Y desde aquel día se recuerda al indiecito
cuando se oye como un eco a lo chogüí,
ese canto alegre y bullanguero
del gracioso naranjero que repica en su cantar.
Salta y picotea las naranjas
que es su fruta preferida, repitiendo sin cesar.
Chogüí, chogüí, chogüí, chogüí,
cantando está, mirando allá,
llorando y volando se alejó.
Chogüí, chogüí, chogüí, chogüí,
que lindo va, que lindo es
perdiéndose en cielo guaraní.