Ana y su sonrisa centenaria

Categoría: Especiales
Escrito por Héctor Segura Rizo
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1Fustigante sol y calles enrevesadas concluyeron cuando llegué a las 10 de la mañana al Reparto Flores y de él a su calle Pizarro en la casita 203. Ana estaba al fondo del salón, vestida de blanco y sentada en un mecedor de madera regia como su estampa. La vi, y al minuto inmediato supe que era ella quien poseía, en todo el domicilio, la única sonrisa de 106 años.

Nació en 1909, y aquel 3 de septiembre sus padres la nombraron Ana Martínez Fuentes. Todos la llaman así, excepto Celia, esta otra dulce señora que se me acerca y explica que es ella la mejor amiga de “Nena” como prefiere decirle:

“De joven Nena siempre fue cariñosa, y ahora también, alegre, muy activa y conversaba todas las noches conmigo hasta que su esposo regresaba del trabajo. Adora los danzones, que antes escuchaba en una radio grande que él le regaló. Ella es mi madrina y amiga, aunque yo la amo como a una madre y sé que ella también me quiere como a una hija”

3Ana nos mira y sonríe. No logra escuchar lo que hablamos, pero nos aprueba su mirada experimentada con matices de felicidad que asfixian el tono de las dolencias físicas y de los tumbos espirituales. De fondo la música del Benny anima la fiesta que ha coordinado Belsis Ramírez, funcionaria de la Asociación de Combatientes. Entre el grupo de amigos, familiares y vecinos que festejan, logro empatía con la sobrina-nieta de la homenajeada, Lidia:

“Mi tía siempre fue una mujer muy elegante, y vestía con pamelas, finas carteras y tacones altos. Adora a los niños, y recuerdo que siempre hacía arroz con leche y helados, y cada Día de la Santa Ana hacía fiestas divinas. Siempre estaba alegre cuidando de sus plantas; siempre alegre, hasta aquella triste desgracia…”

Para la longeva, el desgarro más intenso de los 106 años llegó en 1979 con la muerte de su única hija Ana Caridad, quien se convirtió en mártir de la nación cubana, mientras cumplía misión internacionalista como profesora en la República de Angola, al morir, junto a otros cuatro cubanos, en un jeep que contactó suelo minado.

“Yo no sabía cómo darle las noticias a Nena. Fue muy doloroso, ya que ellas eran muy apegadas. Recuerdo que compartía hasta los ideales de su hija quien fue combatiente de la Revolución Cubana… y por eso Nena cosía los brazaletes del Movimiento 26 de Julio para entregárselos a Anita que estaba ligada a la causa.” Mientras Celia me cuenta los tristes sucesos sus ojos húmedos me esquivan y buscan consuelo en un cuadro que devela la imagen de una mujer de temple férreo.

Gozo de mi privilegio y me siento con la cumpleañera mientras su hija Miriam y su nieta Lilian le traen dulces y ensalada. Dialogamos un poco, más bien ella adaptándose a mi edad que yo a la de ella, porque su sabiduría emana de su todo.

“¡Qué grande es esta casa! ¿Verdad?... Allá en el patio están mis matas, aunque la de mango ya no pare mucho… Antes yo caminaba, pero esta pierna me duele cantidad, es lo único que me molesta… ¿Ya tú comiste ensalada?...”

Le doy un beso a Ana y me despido. Con mis manos entre las suyas me pregunta si ya debo ir a trabajar. La vuelvo a besar y pienso en la fortuna de llegar a tantos años.

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