Santiago de Cuba, / ISSN 1681-9969

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Por esos “locos bajitos”

dia de lis ninos cuba1Un niño es una sonrisa sin posar para la foto, una verdad en la boca de los inocentes, un pequeño manipulador sin artificios. Es un mundo en un trozo de papel, mejor que cualquier cuadro del Museo del Louvre. Es un genio.


Ser niño es tener la capacidad para defender el derecho a hacer únicamente lo que nos agrada en el momento en que lo necesitamos. Es hallar fascinación hasta en una gota de agua. Es tener la suficiente imaginación como para crearse un amigo invisible que nos sigue a todas partes.
Cada vez que los veo jugando frente a un celular, sin mirar a su alrededor, me siento triste. Mi infancia tuvo experiencias inolvidables como aprender a montar bicicleta, jugar con los otros niños del barrio, construir una cámara de fotos (de rollo) con cuatro cajitas vacías, y una computadora con cajas grandes. Tuvo cuquitas que me enseñaron a dibujar y muñecas necesitadas de ropa que me enseñaron a coser. Aprendí a tirar piedras; pero jamás a los pájaros, y a rescatar gaticos en las calles. Mi infancia tuvo gatos; oh, sí, muchísimos gatos. Y curieles, y hamsters, y peces, y tortugas, y oruguitas del maíz que no duraban mucho y jamás se hicieron mariposas.
Tuvo un abuelo que me enseñó a oír ópera, una abuela que me enseñó a pelear contra las pesadillas, un padre que me brindó su pelo para hacerle moñitos (y más de una vez, sin querer, salió así a la calle). Una madre que trabajaba, y aunque llegaba cansada a la casa me dedicaba tiempo, enseñándome el orgullo de ser una mujer independiente. Unos padres que en vez de sentarme a ver televisión me enseñaron a leer.
Tuvo un amigo imaginario, una pasión por el campo y los cocuyos, por las leyendas y los fantasmas. Tuvo un Principito, un Tom Sawyer, un Huck Finn, una Heidy, un Conde de Montecristo, una Edad de Oro, un Oros Viejos, y muy prematuramente, unas Mil y una noches (hasta que descubrieron que lo leía y me lo quitaron, aún no entiendo por qué).
Una infancia conlleva tener una energía envidiable, ensuciarse en el lodo, bañarse en un aguacero, caerse y levantarse, odiar una comida sin haberla probado, pararse sin pena ninguna en un escenario a decir una poesía y aunque se diga mal reírse de uno mismo, magullarse las rodillas, correr por todo el hospital huyéndole a una inyección, pelearse con los amiguitos cada dos días y reconciliarse cada tres, hacer amistades inolvidables y eternas sin ningún tipo de prejuicio o discriminación.
Yo soy quien soy por lo que aprendí cuando niña.
Todos somos, hasta cierto punto, lo que aprendemos cuando niños.
Y quizás deberíamos ser como niños más a menudo. Por eso celebremos todos este domingo, su Día.

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