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Podemos decir basta

Categoría: Especiales
Escrito por Indira Ferrer Alonso / Fotos tomadas de Internet
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“Cuando una va por la calle, los hombres te quitan y te ponen la ropa; te dicen “piropos" y te caen atrás. A mí me sucede bastante. Me tienen loca.”
Sandra es una joven de su tiempo: le gusta vestir a la moda y lleva siempre sus audífonos, incluso si no está escuchando música, pues así -según sus palabras- son menos los hombres que se meten con ella. Así es más fácil hacerles creer que ignora sus comentarios marcadamente sexuales.
Un día vio en el periódico un artículo que abordaba el acoso callejero y eso la animó a poner sus ideas en un mensaje de correo electrónico a la reportera que lo escribió.
“El tema es que el acoso viene ligado a otras cosas –añadía Sandra. A la mayoría de los acosadores una ni los conoce, y con una confianza extrema se te tiran encima, como si tú fueras su mujer, y eso molesta mucho. Piensan que nuestro cuerpo es suyo y hablan hasta de acostarse contigo.”
Hay jóvenes que son víctimas de acoso sexual callejero y no lo saben; y peor aún no lo sabe la mayoría de las personas, incluyendo a los acosadores y a las autoridades del orden público. Tampoco lo identifican como tal los docentes, los activistas sociales; las madres y los padres... Hombres y mujeres vivimos de espalda a eso que en otras sociedades es un asunto conocido e importante porque todavía creemos que meterse en la calle con las muchachas bonitas es pintoresco y tradicional. Y resulta que a la sombra del encanto del piropo, subyace -desde hace años- el maltrato verbal, gestual e incluso físico, con fines sexuales.
Para María Teresa Díaz Álvarez -una de las investigadoras cubanas que estudia las violencias contra las mujeres y las niñas- el acoso callejero es una forma de violencia de género que como cualquier manifestación de abuso, se sostiene en asimetrías de poder y desigualdades de género.
“Se trata de prácticas de naturaleza sexual que obligan a realizar, escuchar y/o presenciar acciones con contenido erótico. Su acción es básicamente sobre niñas, adolescentes y adultas. Es una de las formas de violencia sexual más silenciada, invisibilizada, minimizada y legitimada”, comentó.
En efecto, el hostigamiento en espacios públicos con el propósito de tener algún contacto sexualizado con quien no lo desea, es un acto de imposición basado en la fuerza o en el poder que los patrones machistas dan a los hombres para expresar abiertamente sus reacciones eróticas frente a la mujer que ellos asumen como objeto sexual.
Y es algo tan naturalizado en nuestra sociedad que casi nadie lo ve mal; y para nada se combate el hecho de que mediante gestos, palabras, pellizcos, tocamientos, manoseo y susurros al oído, por ejemplo, algunos varones hagan saber sus deseos a las mujeres que consideran bonitas. A veces llegan a perseguirlas, arrinconarlas, se les enciman, se les pegan en el transporte público o en lugares abarrotados de personas... en fin, las formas de lacerar la dignidad, utilizar y molestar a una mujer son múltiples, y no todas son repudiadas.
Karen Alonso, comunicadora y educadora popular, opina que casi todas hemos sido víctimas de acoso callejero:
“Es una práctica bastante normalizada en las calles por donde transitan las cubanas. En algún momento de nuestras vidas somos abordadas en la calle por extraños, sea con frases, llamamientos de atención e incluso tocamientos. Es frecuente que vayas caminando y un hombre te diga o te grite que estás buena o bonita. Pero hay otras manifestaciones del acoso sexual callejero que son más agresivas. Recuerdo que tenía 12 años, iba por la calle caminando, usaba uniforme de secundaria y un hombre vino y me tocó las nalgas porque, sencillamente, podía. Yo era una niña.”

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El hostigamiento sexual que se produce en espacios públicos como calles, parques, paradas, transporte, playas, etc., es un problema, aun cuando no incluya caricias u otras manifestaciones físicas no deseadas e injuriosas. A veces son los chistes, las burlas y otros comentarios con contenido sexual, las maneras de acosar, de abusar de una mujer.
Pero más allá está la masturbación pública, un fenómeno del que son víctimas a diario decenas de niñas, adolescentes y adultas, sin que se perciba una acción efectiva de las autoridades del orden público sobre individuos que todo el mundo sabe dónde se colocan para mostrar sus genitales o incluso eyacular sobre sus víctimas.
Y en este punto de la lectura, tal vez usted crea que hablar de los exhibicionistas (o pajizos, como los ha bautizado el pueblo) y de los “piropeadores” sea una tremenda tontería. A fin de cuenta todas y todos aprendimos que es bonito halagar a una mujer, resaltar sus atributos físicos y que si se hace con buen gusto, no es violencia, sino cultura y tradición.
El asunto es que el acoso sexual, para que sea acoso tiene que ser: impuesto, basado en el poder desigual de hombres y mujeres, violatorio de la voluntad de la víctima y resultar ofensivo y desagradable. Y un piropo, por bonito que parezca a quien lo dice, puede resultar desagradable, indeseado, ofensivo y molestar a quien lo recibe.

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Sabiamente, Díaz Álvarez, aconseja que los medios de comunicación distingan el piropo del acoso sexual callejero porque en Cuba tiene una fuerte raíz esa práctica de dar criterios sobre el cuerpo y la belleza femeninos; y para evitar que las personas rechacen el tema, hay que empezar señalando y cuestionando las prácticas lascivas.
No obstante, esta reportera sostiene su modesta opinión: que exista la costumbre de valorar en alta voz los atributos sexuales de una mujer, de poder mostrar abiertamente el deseo que ella causa en un hombre, por mucho que se exprese con frases ingeniosas y hasta jocosas, perpetúa una de las formas menos visibilizadas de la violencia sexual.
La Organización Mundial de la Salud incluye en su definición de violencia sexual “...los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados...”. Entonces si una mujer es piropeada y no lo desea, técnicamente está siendo acosada.
Por otra parte, cada quien asume los patrones aprendidos de un modo distinto. Lo que para un hombre culto y de principios, puede ser un piropo, no lo es para alguien que no tenga buena instrucción ni modales y probablemente carezca también de sentido del respeto; y ambos se sienten lo suficientemente apoyados por la tradición como para emitir criterios sobre una mujer. Solo que cada uno lo hará según sus conocimientos y valores. Y, sin importar lo que digan, ambos pueden actuar como acosadores sexuales callejeros.
Ailyn Torres Santana, académica feminista, lo dice de un modo muy claro: “En el contexto cubano, la naturalización del acoso tiende a explicarse por su asociación con contenidos de identidad cultural, temperamento social, expresión de nuestra “caribeñidad”, etc. Pero eso es falso.”
Recuerdo ahora la opinión de un lector que aseguraba que veía desde hace unos años un feminismo agresivo, tendente a satanizar a los hombres. Y puede que al leer estas líneas alguien caiga en una conclusión tan ligera y superficial.
Sin embargo, cuando se habla de acoso o de otras formas de violencia de género, no existe el más mínimo resquicio de odio o rechazo a quienes han crecido y aprendido, tanto como las mujeres, en una cultura machista, patriarcal. Señalar las manifestaciones de violencia y problematizar al respecto, obedece a la necesidad de fomentar relaciones respetuosas entre hombres y mujeres. Es para que ellos (acosadores recurrentes o no) comprendan que esas acciones molestan, humillan, ofenden, causan tristeza y a veces daño psicológico que puede prolongarse en el tiempo.
Si usted tuvo la paciencia y amabilidad de leer todo este artículo, y aún le parece desafortunado, le sugiero un ejercicio sencillo: intente pensar qué sentirían sus hijas, nietas, esposa y madre, si fueran víctimas de alguien que las obliga a participar de una reacción sexual ante la presencia de ellas... y de paso analice cómo se sentiría usted si se enterara.

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