No fue alumna de la escuela de Alicia y Fernando Alonso. Jamás le interesó la historia de la campesina Giselle ni se afligió con el sufrimiento de Odette y su amor por Sigfrido en El Lago de los Cisnes. Cada día al finalizar la tarde Indira danza, levita, mueve las caderas, desafía el espacio, y sus brazos encogidos le advierten cuán complejo es el arte de compartir una guagua en pleno horario pico.
La cotidianidad tiene su magia, y el hecho de recurrir a ella sobre ruedas, le ha dado a esta joven de 28 años la posibilidad de conocer las manías de la gente que le acompaña en su trayecto a casa, en un ómnibus de la ruta 24. “Mira a ese señor de la camisa azul que está en ‘el acordeón’. Compra maní todos los días cuando la guagua se detiene en Ferreiro”; me dice, aún con el dedo índice apuntando al hombre, sin que este sospeche.
“Aquel otro se sube en la parada del Clínico y aunque unas cuantas mujeres estén de pie cerca de él, no parece importarle. Nunca le da el asiento a alguien. Claro, también hay personas que hacen lo contrario. Desde allá atrás yo veo todo”, cuenta la joven, y se aventura en un tortuoso camino hacia el final del vehículo.
Ahora aborda El Chino, que en realidad no es asiático ni nada de eso, pero todo el mundo le dice así, y al parecer es muy buena gente. Con él los dos jabucos de panes especiales, “su lucha diaria” ha comenzado en la guagua. Hay quienes le ofrecen -a regañadientes- un pedacito de espacio, y a otras personas solo les importa que el pasillo esté despejado. “Lo único que tiene de chino es la paciencia”.
“Esos dos muchachos que se subieron sudados por la puerta de atrás, salen a esta hora del gimnasio que está por el Moncada, es muy difícil que los veas pasando los cuarenta centavos. Oirás al chofer decirles unas cuantas cosas”; y en efecto.
No se puede imaginar el caudal de historias que casi involuntariamente Indira ha dejado reposar en su mente, una tras otra se repiten, como para decirnos lo predecibles que somos. La guagua avanza al paso de la vida, y en su vientre se caldean incomprensiones, pretensiones, conversaciones, sudoraciones... hasta podría pensarse en ella como un mosaico de identidades, puerta de acceso a los imaginarios de un país.
Andamos ahora por Maternidad, donde aguardan pocas personas. Increíble. En esto -por supuesto- no tiene que ver nada la baja natalidad cubana. Pero en la Plaza... es cuando el chofer piensa si abrir o no. Lo hace. Y de nuevo comienza el abrazo de las pieles, el bullicio mezclado con el reggaetón del momento que vibra en una pequeña bocina.
“¿De dónde sale tanta gente?” pregunta Indira, y al momento se escucha un grito: “¡Atrás viene otra!”
Nuestra ‘24’ arranca, serpenteante, sin creer en rotondas, ni pequeñas lomas. La parada de la Universidad es su próximo destino. A esa hora salen los estudiantes del Curso por Encuentro. Solo unos pocos conseguirán subir. “Llámame más tarde”. Se despide una muchacha del que parece ser su novio. El chofer hace el intento por cerrar las puertas. Repite una y otra vez. Las personas se agolpan, se funden.
Iluso quién pensó que este viaje iba a ser un pas de deux (paso a dos) y mucho menos de quatre (a cuatro). El último acto se acerca, Indira se prepara para bajarse. Durante unos minutos, que parecen horas, todo su peso descansa sobre una de sus piernas. No habrá giros ni sorprendentes cargadas. Las voces se calman, el reggaetón se detiene, un silencio fugaz corre de un lado a otro. La de Micro 9 es su parada, bueno...era.
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