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Una niña, una maestra, un faro

Categoría: Especiales
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio / Foto: Tomada de britanica.com
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helen keller santiago de cuba

Uno se pasa la vida quejándose. Y es normal: el mundo puede ser complejo, la vida puede ponerse difícil. Pero entonces algunos faros se encienden y uno se da cuenta de que la oscuridad no es total o, al menos, hay oscuridades más sombrías, y logran iluminarse a base de pura e indomable fuerza de voluntad.

Una mujer nació hace 139 años y fue capaz de decir: “No puedo hacer todo, pero aun así puedo hacer algo; y justo porque no lo puedo hacer todo, no renunciaré a hacer lo que sí puedo”.

Cuando Helen Keller nació, el 27 de junio de 1880, en Estados Unidos, era capaz de ver y oír. Según su madre, incluso decía algunas palabras. Pero a los 19 meses, se enfermó. Las fiebres eran altísimas, y la niña estuvo al borde de la muerte. Los médicos actuales piensan que pudo ser escarlatina, sarampión o meningitis.

Contra todo pronóstico, Helen sobrevivió. Sin embargo, perdió totalmente la visión y la audición. Tras ello, se convirtió en una niña vanidosa y demandante que se enfurecía con facilidad. Su familia no sabía cómo controlarla, y ella no entendía siquiera los rudimentos más simples de la educación. Había que hacer algo.

A la edad de cinco años, la familia Keller se mudó de hogar. Pidieron consejo a los médicos, quienes les recomendaron con el gran Alexander Graham Bell, a quien conocemos por inventar el teléfono. Pero Bell hacía otras cosas, y en ese momento estaba trabajando con niños sordos en Washington. Los derivó al Instituto Perkins para Ciegos, una escuela en el sur de Boston, y el director le solicitó a Anne Sullivan, una exestudiante de 20 años con discapacidad visual, que se convirtiera en la instructora de Keller.

Anne Sullivan llegó a la casa de Helen en marzo de 1887. Y ese fue el verdadero gran cambio. Anne se encerró con Helen, aislándola del resto de la familia, y con infinita paciencia y un poco de mano dura la hizo entender. Los sordomudos se comunican con señas, para lo cual deben ver. Los ciegos se comunican con la voz, para lo cual deben saber hablar y deben oír. Helen no podía hacer nada de esto. No era solo enseñarle a comunicarse, era enseñarle qué debía comunicar.

¿Cómo se le explica el mundo a alguien que solo dispone del tacto, el gusto y el olfato, los sentidos más básicos? ¿La diferencia entre un sustantivo y un verbo? ¿Los sentimientos abstractos, aquellos que no puede palpar? ¿Los números? Sullivan tenía que deletrearle las letras directamente en la mano, para que al sentirlas pudiera entenderlas. Era una tarea titánica, y Helen no colaboraba demasiado. Y luego la enseñó a leer.

Tres meses después del inicio de su formación, Helen era capaz de leer y escribir mediante el sistema Braille y poco después, de utilizar el lápiz. Estaba fascinada con la lectura, por las noches solía tomar libros escritos en braille para leerlos bajo las sábanas de su cama.

Con la facilidad de comunicación y los conocimientos adquiridos, su carácter cambió rotundamente y llegó a ser más civilizada y amable. También aprendió a leer los labios de las personas mediante el tacto y la percepción del movimiento y las vibraciones de estos. Con la ayuda de su incondicional maestra, recibió clases de aritmética, zoología y botánica.

Pero aún había más: Helen soñaba con ser universitaria, en una época donde ni las mujeres que no tenían ninguna discapacidad solían serlo. Llevó a cabo pruebas preliminares para ingresar en el Radcliffe College desde el 29 de junio al 3 de julio de 1897. Si bien aprobó los exámenes, por recomendación de sus profesores se incorporó a la institución en 1900. Sus estudios fueron financiados por el magnate de la Standard Oil, Henry Huttleston Rogers, a quien había conocido por intermedio del famoso escritor Mark Twain, quien la admiraba notablemente.

Comenzó a interesarse por los derechos de los trabajadores cuando leyó que el mayor porcentaje de ciegos se hallaba en los estratos bajos de la población debido a las precarias condiciones laborales en las fábricas. Posteriormente, se relacionó con movimientos socialistas femeninos. A pesar de que siempre se manifestó en contra de la esclavitud, su padre era un sureño “típico” que incluso había luchado en el ejército confederado durante la Guerra de Secesión, y afirmó hasta el final de su vida que los negros no eran personas. Eso provocó más de un roce en casa.

Mientras cursaba sus estudios, Keller comenzó a escribir sus primeras obras. Su autobiografía, La historia de mi vida, fue publicada por primera vez en el Ladies' Home Journal y en 1903, fue editada en formato libro. Siguió escribiendo a lo largo de su vida. La mayoría de los críticos elogiaron su obra y posteriormente fue traducida a 50 idiomas y varias veces reimpresa en inglés. Finalmente se graduó con honores de la universidad en 1904, convirtiéndose en la primera persona sordociega en obtener un título de grado. Y siguió escribiendo libros.

Sin embargo, la sociedad no acababa de verla como a una persona con todos los derechos. Uno de sus secretarios se sintió atraído por ella y le propuso casamiento, lo que generó en Helen incomodidad y felicidad a la vez. En su autobiografía, relató: «Su amor fue un sol radiante que brillaba ante mi impotencia y aislamiento». Pero su familia reprobó la unión, ya que en la sociedad de la época no se veía con buenos ojos que una persona con discapacidad se casara y menos que albergara esos sentimientos.

Anne Sullivan, su maestra y fiel amiga durante 49 años, murió en 1936 después de un período en coma, con Helen a su lado, sosteniéndole la mano. Su muerte significó una pérdida severa para Keller, quien en 1929 había escrito: “Ofrezco una súplica temblorosa al Señor, porque si ella se va, voy a quedar realmente ciega y sorda”.

La incansable Helen Keller viajó por todo el mundo y recaudó fondos para los ciegos. Fue embajadora de muchas organizaciones, fue admirada dondequiera que iba. Falleció a los 87 años mientras dormía, el 1 de junio de 1968. La moneda de cuarto de dólar correspondiente al estado de Alabama, en su reverso, muestra la figura de esta mujer, con su nombre en Braille reducido.

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