Marle y Armando, sin saberlo, dieron al mundo una lección de vida. Ella recorría siempre las mismas calles, donde él aguardaba cada mañana para regalarle los buenos días, una flor, un poema.
Los primeros encuentros parecían casuales, más no podía ser tanta coincidencia, se decía esta mujer que con 64 años volvió a sentir el amor a flor de piel.
“Cómo no enamorarse de este caballero -me dijo- a mis años recibir halagos y rosas era como si empezará a revivir la lozanía de las quince primaveras: parecía cosas de muchachos, hasta que un día rompió el misterio y me invitó a conversar. Desde entonces Cupido me flechó, digo Armando.
“Romanceamos como cualquier pareja adulta, lo impresionante es que jamás ha dejado de regalarme flores. Un buen día me propuso matrimonio, entonces, con el corazón asustado y con mil dudas por el peso de los años, no vacilé en la respuesta, le di el Sí.
“Ahora estoy cumpliendo esa promesa, lo hemos hecho según la tradición, en el Palacio de los Matrimonios, con trajes -aunque no de blanco- elegimos el beige pues dice de nuestra madurez, también intercambiamos anillos, y realizamos el brindis con amigos y vecinos que aplaudieron la decisión, quizás cuestionada por algunos que no creen que es posible amar a la tercera edad, y que mientras haya vida y ganas de vivirla, se puede.
“El amor nos sorprendió, esa es la verdad. Hoy me siento la mujer más feliz del mundo y exhorto a todas las personas que han dejado morir esa llama interior, que miren a su alrededor, puede que otros muchos jardineros anden buscando una rosa para cuidarla”.
Armando no tiene palabras para describir su alegría, prometió ante la ley de los hombres cuidarla y respetarla para toda la vida; prometió serle fiel, amarla y respetarla, prometió también regalarle una rosa, un poema o una caricia cada día, pues esos detalles se convirtieron en ese símbolo de amor que hoy profesan.
Quién dijo que amar es solo para jóvenes galanes. Mientras los latidos del corazón se aceleren; mientras en las noches de insomnio aparezca la imagen del ser amado y la necesidad de tenerlo muy cerca; mientras alguien erice nuestra piel al susurrar palabras al oído, el amor nos pertenece, porque nunca es tarde para volver a empezar.
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