Estaba en la consulta de Oncoterapia, sentada como una más, esperando el momento de ser atendida por el médico. Un movimiento inusual la sacó del limbo de sus pensamientos y siguió con la mirada cada detalle de aquel ir y venir de personas con micrófono, luces, cámaras, grabadora… era evidente que se trataba de periodistas y, al fin, podría ocurrir… muchas veces lo había pensado y esta tal vez sería una oportunidad única en mucho tiempo.
“Periodista, quiero contar mi historia”-me tomó por el brazo, como si se aferrara a un momento casi improbable.
No es muy común que eso suceda en un servicio de oncología, las personas allí parecen más bien absortas, preocupadas, y a veces prefieren no ser molestadas. Ella se veía emocionada; “necesito contar lo que está sucediendo conmigo”, repetía, con la vehemencia de quien quiere detener el tiempo, prologar un instante.
“Ha sido nuestra paciente por varios meses”, comenta una enfermera, que asiente, tal vez para apoyar su petición, tal vez porque a sabiendas de su condición, intuía que sería una entrevista interesante.
Grabadora en mano accedí:
“Me llamo Alina, Alina Rivera Robert. Estoy aquí para la consulta porque estoy operada de un carcinoma de útero, y recibo tratamiento de radioterapia, para después hacerme la quimioterapia y la braquiterapia. Estuve aquí hospitalizada 121 días, y estoy muy agradecida por el trato indistinto de todo el personal médico y para médico. Desde la auxiliar de limpieza hasta los profesionales que nos atienden, todo el mundo pone su granito de arena para que los pacientes con esta enfermedad se sientan bien.”
Hasta ahí su testimonio tenía lo especial de la gratitud; el sentimiento de estar en deuda por la atención recibida. En el Hospital Oncológico “Conrado Benítez” más de 1300 personas del territorio oriental de Cuba son beneficiadas con tratamientos antitumorales, muchos de los cuales se realizan con la mejor tecnología disponible en el país. Y es de destacar que en sus modestas instalaciones prima la calidad del servicio y el rigor científico en la actividad asistencial. Lo excepcional para muchos en el mundo es que, sin importar la complejidad y la extensión de las terapias, como el resto de los servicios de Salud, la atención oncológica es gratuita.
Pero la gratitud de Alina nacía de una condición especial: ella cumple una sanción penal que consiste en la privación de libertad por un delito sobre el que prefirió guardar silencio.
Tomó aire, en vano abrió los ojos intentando evadir las lágrimas, y siguió: “Estoy recluida, y las personas que tienen esta enfermedad tienen derecho a sanarse; no se les excluye de este servicio por no trabajar o por tener la condición que yo tengo, pero además, lo hacen muy bien, y eso es gracias a la Revolución, de otra manera no podría ser.”
Alina no llevaba uniforme de interna; tampoco identifiqué por allí a la agente de la penitenciaría, que la acompañaba. Me quedó la imagen de una mujer luchando por su vida; una santiaguera que está saldando su deuda con la sociedad y se sabe protegida por esa misma sociedad: que no abandona a nadie, que pone en el centro al ser humano y sostiene sus derechos en cualquier circunstancia; incluso si eso implica romper las restricciones propias de la prisión.
Tanto Alina, como miles de personas recluidas en Cuba, gozan de las mismas garantías respecto a sus derechos humanos, cuyo ejercicio es “irrenunciable, imprescriptible, indivisible, universal e interdependiente, en correspondencia con los principios de progresividad, igualdad y no discriminación”, como lo establece la nueva Constitución, en su artículo 41.
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