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“Este hombre de La Edad de Oro ...”

Categoría: Especiales
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio
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marti ismaelillo santiago de cubaSin internet ni Facebook. Sin computadora. Sin celular. En la era de escribir a mano, un hombre fue tan grande que en solo 42 años fue narrador, poeta, periodista, padre, amigo, conspirador, patriota. Hay que leerse a Martí. Hay que salir de la frase trillada, y recorrer sus páginas, desde el principio, con admiración.


Hay que cuestionarse cuántos de nosotros, con apenas 16 años, seríamos capaces de escribir Abdala, y poner en la boca del héroe nubio unos versos tan grandes como: “Quien a su Patria defender ansía ni en sangre ni en obstáculos repara! Del tirano desprecia la soberbia; en su pecho se estrella la amenaza; y si el cielo bastara a su deseo al mismo cielo con valor llegara!”
¿Cuántos de nosotros, por un amigo fiel, hubiésemos cargado con toda la culpa por un supuesto delito que, probablemente, nos hubiera costado la vida?¿Cuántos hubiésemos ido, con valor, de cara al presidio?¿Cuántos seríamos capaces, hoy, después de sufrir tanto por una injusticia, de decir “Ni os odiaré ni os maldeciré. Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo?”
Y luego, pensar en el Martí del exilio, el que supo hacerse un espacio en decenas de periódicos; y un nombre, y una reputación. El hombre que se carteó con los intelectuales más notables de su época; el que supo leer, escribir y traducir en varios idiomas; el que defendió la ciencia y la tecnología en su trabajo periodístico; el que recorrió una buena parte del mundo y contó lo que veía, con la vista más amplia que se pueda imaginar.
Pero también fue el poeta modernista, el que hizo a su hijo el libro más hermoso, el que pudo decir “Hijo: Espantado de todo me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”. El hombre que escribió La Edad de Oro, que a todos nos educó, en cuyo prólogo sólo nos pedía que, si algún día lo encontrábamos, le apretáramos mucho la mano “como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de La Edad de Oro fue mi amigo!»”
Ahí está el Maestro, el Apóstol, el Héroe. No cayó en Dos Ríos, porque “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; ¡Empieza al fin con el morir, la vida!”

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