Santiago de Cuba, dic. 24.- Con dicción tan clara y memoria tan precisa, esta adorable anciana que tengo frente a mí disimula muy bien sus 92 años. Resulta entonces casi imposible, sustraerse al pensamiento de imaginarse a esta mujer, hoy tan apacible y cándida, jugándose la vida en un terreno escabroso como era la lucha clandestina de los años cincuenta en esta heroica y rebelde ciudad.
Rosa Isabel Infante Moya es el centro de la atención en la sala de su hogar, en las calles San Francisco, entre Calvario y Carnicería. Hace unos minutos, hojeó cinco álbumes de fotos en los que fue señalando personas, sitios, fechas. Ahora sus manos acarician una pequeña obra de arte: la cabeza de un caballo, que ella misma modeló. El corcel, otras piezas talladas, varios cuadros con pinturas de paisajes anuncian que estamos ante una artista.
Pero otros acontecimientos no artísticos, vivió Infante Moya antes del triunfo revolucionario y luego de la liberación. Nació el 13 de octubre de 1926, en Trinidad, entre Calvario y Carnicería; estudió la enseñanza primaria en el Colegio Spencer; la secundaria, que antes era la Superior, la hizo al lado.
“Para hacerme profesora de dibujo, pintura y modelado estuve seis años en la Escuela de Artes Plásticas que estaba en la calle San Pedro y en la casa de Heredia, con un año intercalado en Washington, también en las artes plásticas. Una tía mía era representante de Cuba ante la UNESCO y al ver lo que yo sabía pintar, ella cree que yo podía ayudar a mi familia; éramos 11 hermanos, imagínese como tenían que luchar mi mamá y mi papá para mantenernos. Mi tía quiso que yo fuera a Washington con mi pintura pero también yo sabía bordar, sabía coser...
“Hice ese curso en Estados Unidos y el último aquí donde me gradué. Ahí está mi título.”
En plena etapa de la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, Rosa con sus padres y hermanos viven en la calle Corona, entre Habana y Maceo, donde guardaban armas y se hacían muchas cosas del Movimiento. Un día pasan por San Francisco “y la familia de esta casa se estaba mudando y nos dijeron quién era el dueño, y le alquilamos la casa y vinimos para acá”, donde lleva más de 60 años.
CON FRANK PAÍS EN LA MEMORIA
Con solo la mención del nombre del joven Frank País (jefe de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio), Rosa Isabel inclina la cabeza hacia atrás, fija la mirada en el techo como hurgando en los recuerdos.
“¡Ah Frank! Lo conocía desde la época de estudios. Mi primo tenía un colegio que se llamaba “Desiderio Fajardo” y ahí yo era profesora. Frank iba para que yo le hiciera trabajos del Movimiento. Él traducía libros sobre armamentos y yo le hacía los dibujos, los ampliaba, cómo se desarmaban...
“Ya para esa época yo estaba en una célula revolucionaria... mis primos todos estaban en el Movimiento, desde el primer momento después de los hechos del Moncada. Para ese tiempo yo hago el primer trabajo: dibujo una mujer que representa a Cuba, con los retratos de Abel Santamaría y Renato Guitart... y una proclama. Eso se tiró en “esténcil”... Yo hacía todo lo que había que dibujar, todo lo que había que ilustrar...”
¿Y ahí en esa escuela es donde Frank la contacta?
“No. Ya conocía a Frank desde que yo vivía ahí en Trinidad, porque le hacía dibujos y cosas para la lucha, desde los hechos del Moncada.... Él no me decía mi nombre, me decía ‘la prima de Infante’ por mis primos hermanos Enzo, Renaldo, que dirigió el periódico clandestino; Rafael, que era tremendo... Cuando el ataque al Moncada, Rafael quiso ir para allá, incluso sin saber bien qué pasaba.”
Desde los acontecimientos del 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba, ya Rosa Isabel está de lleno en las actividades revolucionarias.
“Como podía dibujar, yo comienzo a ilustrar la propaganda revolucionaria. Me ayudaba ser graduada de la escuela de artes plásticas.”
El rostro de la anciana se ensombrece cuando le preguntamos cómo se había enterado del asesinato de Frank País y Raúl Pujol.
“¡Ay, eso fue terrible! Íbamos para donde él estaba... ya estábamos en la calle... íbamos bajando, y ahí en Santo Tomás y esta calle (San Francisco) nos enteramos del tiroteo y de lo que había pasado. Fue terriblemente doloroso.”
EL UNIFORME VERDE OLIVO REFORZADO
“Cuando lo del 30 de Noviembre de 1956 en Santiago de Cuba (levantamiento armado de la ciudad para apoyar el desembarco del Yate Granma) sale el uniforme... Yo lo diseño en dibujo. Me traen una telita verdeolivo y hago el uniforme completo, con los bolsillones.
“Ese mismo diseño se va a mandar luego para la Sierra Maestra y Frank me decía: ‘refuerza los codos y las rodillas, porque eso es para arrastrarse y todo eso’. Lo llevan para la Sierra para que Fidel y los demás los probaran y lo aprobaron así.”
Entonces, ¿Ud. confeccionó los uniformes del alzamiento en la ciudad y los que se mandan para la Sierra aestra?
“No los hice yo aunque sé coser, porque aquí en casa teníamos una sirvienta que era tremenda, siempre chequeándonos. Y ahí enfrente vivía un bandido: Laureano Ibarra, un asesino que mató cantidad de juventud. Y, figúrese, estábamos vendidos aquí.”
¿Nunca la descubrieron?
“Vinieron, nos registraban, me viraban los colchones; encontraban y leían las cartas de las novias, de los novios. Entraban con las armas y las tiraban sobre la mesa y mi papá viejecito les decía ‘pero como no van a entrar y salir jóvenes si yo tengo 11 hijos y trabajan y viven aquí...’
“Pero en verdad, también entraban muchos revolucionarios. Aquí venía Nivaldo Causse y se sentaba ahí.”
Luego de la muerte de Frank ¿qué hizo Ud.?
“Bueno, seguí en la lucha. No nos podíamos detener. Seguía ilustrando la propaganda revolucionaria; se hacía el periódico en la librería Renacimiento (en la calle Enramadas), ahí se imprimía.”
¿Y después del triunfo?
“De todo he hecho: movilizaciones, guardias... fui brigadista Conrado Benítez. Me llevé como 300 alumnos de una escuela... yo era profesora en una escuela, la Superior La Rosa Blanca que estaba en la Loma del Intendente; después le pusimos Camilo Cienfuegos. Pues me llevé ese contingente para Varadero para recibir las orientaciones y ser brigadistas... ahí están las fotos.
“Estuve alfabetizando en el Consejo de Juan Varón, que abarcaba desde Arroyo Blanco hasta Las Marías, entre Palma Soriano y Contramaestre, por la zona de Aguacate.
“Después seguí como profesora de Secundaria hasta que me proponen ser jefa de cuadros de dirección en Educación, en la provincia de Oriente, para cubrir un territorio desde Baracoa hasta Amancio Rodríguez, y ya viejita me jubilé en Educación... No, en serio: se me desprendió la retina y no pude seguir trabajando así, porque me prohibieron hacer esa labor con tanta intensidad. Pero seguí como jefa de cuadros, no en la provincia sino en Santiago de Cuba.
“Alterné mi labor en Educación con otra en la Comisión de Estilo en el (Comité Provincial del) Partido Comunista de Cuba (PCC), para darle forma a algunas actas de reuniones que llegaban desde núcleos del PCC y en la Comisión le dábamos forma a esos documentos.”
Cuando indagamos si hizo familia detalla una historia que muestra su grandeza como mujer:
“En mis viajes por Oriente, conocí en Banes a Juan Luis González Santiesteban. Tenía cinco hijos, aunque la mayor ya se había casado. Juan Luis enviudó y yo traje a los cuatro muchachos para Santiago de Cuba y aquí los crié. Estuve al lado de Juan Luis hasta el final. Dos de los muchachos viven en Banes y los otros tres en La Habana.”
Mientras relata parte de su existencia, nos percatamos de un detalle: su risa por momentos y las anécdotas muestran que a Rosa Isabel no se amilana ni por los 92 años ni el marcapaso ni la diabetes ni la hipertensión ni las tiroides ni las operaciones en ambos ojos. Es muy emprendedora y para más seguridad, todo lo consulta con su sobrino Rafael Infante González y su compañera Oneida Russiel Leyva, quienes le sirven como apoyo inestimable.
Además, Rosa lee con interés la prensa que le llega diariamente, porque según dice, una fundadora del Partido, de los CDR y de la FMC como ella, debe estar bien informada... “de todo”. Y para distraerse pues teje constantemente, y lo hace muy bien.
Recuerda con cariño a sus padres y pronuncia sus nombres con una entonación especial, como para dejar constancia de su memoria ejemplar: “José Infante Uribazo y Elvira Moya Lora”.
Desde su óptica de más de nueve décadas, avalada por una historia revolucionaria y de trabajo muy hermosa, Rosa Isabel ni lo piensa dos veces para responder:
“¿El futuro de Cuba? Siempre adelante, porque la juventud cubana es un baluarte.”