Periódico Sierra Maestra

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Liberar o morir

1111Con 84 años, Radamés Sánchez Franco, rememora sus días de lucha durante la liberación nacional. Nacido en El Cobre, y ante la opresión de su pueblo decidió tomar las armas para defender a quien lo vio nacer y mantuvo en pie ante las dificultades, su Patria.

“Yo comencé en la lucha revolucionaria en el año 1948. Fui fundador y dirigente de la juventud ortodoxa, luchando contra los gobiernos corruptos del momento, hasta el 10 de marzo de 1952 con el Golpe de Estado de Fulgencio Batista.

“Un año después, quienes dirigíamos la juventud ortodoxa en El Cobre nos preparábamos para unirnos a Fidel Castro en el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio del 1953, pero mi madre había fallecido el día 24 y al día siguiente la enterrábamos, por lo que no podía abandonar a mi familia en esos momentos.

“Luego de la salida de Fidel hacia México, después de su exilio, me incorporé al movimiento revolucionario. En aquel entonces teníamos mejor organizada la lucha clandestina, que ya contaba con varios grupos. Al principio nos limitábamos a poner letreros y propaganda comunista, luego ya vimos la necesidad de identificar mejor nuestras acciones para lograr mayor alcance, y para el año 1957 comenzamos a desarrollar otras maniobras que pusieron en riesgo nuestra vida, pues quedamos fichados por el ejército batistiano.

“Así continuamos hasta el entierro de Frank País, el 30 de Julio de ese año. Ahí fue convocada la huelga general para toda Cuba, por lo que en nuestro poblado comenzamos a cerrar los bares, las cafeterías y todo establecimiento que se unió a la causa. Durante todo el año procuramos continuar con nuestra misión hasta que se definiera la guerra.

“El 26 de marzo del año siguiente me dan la orden de liderar a 17 hombres en la Sierra Maestra. Recientemente se había fundado el II Frente Oriental; y por primera vez en ese tiempo coincidimos con Juan Almeida Bosque, quien nos dijo que quería atacar El Cobre, pero en ese tiempo no podía ser porque tres días después ya había sido emboscada insatisfactoriamente la estación de policía, por lo que la guardia estaba alerta y preparada para los ataques. Entonces, esperamos hasta el día 11 de abril, y atacamos.

“Una vez iniciada la contienda, llevamos a cabo la explosión del Polvorín, la quema del Ayuntamiento, una emboscada entre El Cobre y Melgarejo, y casi a la entrada del pueblo nos establecimos para evitar alguna inserción enemiga por esa zona.

“Por orden de Fidel, Almeida debe incorporarse al I Frente con todos sus mejores hombres y armas para contrarrestar la ofensiva enemiga; eran 300 revolucionarios contra 10 mil guardias republicanos, y duró hasta agosto. Luego me dieron la misión de regresar al III Frente para avisar a todos los campamentos del regreso del Comandante. En noviembre ya estábamos tomando toda la carretera del sitio para prevenir la entrada de los guardias al pueblo.

“Durante esos días se habían librado la batalla de Guisa, el segundo ataque al cuartel de Dos Palmas, y la toma de San Luis. Por tal motivo, el 14 de diciembre un convoy proveniente de Santiago de Cuba llegó para reforzar la ofensiva enemiga en Palma Soriano, y nosotros tuvimos que atrincherarnos en el Puerto de Moya, donde sostuvimos el combate desde temprano en la mañana hasta pasadas las siete de la tarde. Setenta y dos horas después logramos derrotarlos a pesar de que ellos contaban con mejores equipamiento y preparación militar.

“Al ver la lucha perdida, el jefe del cuartel de Melgarejo manda a buscar a los sacerdotes del Santuario, el padre Mario y Bernardo, para que intercedieran con el mando rebelde y así conveniar su rendición. De esta forma queda liberado El Cobre el 17 de diciembre de 1958, para continuar la lucha hasta Santiago de Cuba.
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“Yo vivía en un pueblo en el que sobraba el hambre y la miseria, en el que no había médicos ni quien se preocupase por nuestra mejoría. A pesar de tener gran extensión territorial, no vivían muchos habitantes en El Cobre, pero el desalojo era muy sufrido. Cuando alguien moría teníamos que arrancar la madera de nuestras propias casas para hacer los féretros, y colectas para comprar las telas que los cubrían; así se vivía.

“Pero ahora, cuando veo mi pueblo y Cuba en general ya no se parece a aquel sitio minero deprimido. Ya tenemos médicos, educación, trabajos...en seis décadas ha ocurrido un cambio radical gracias a la Revolución y su gobierno, reconocido en toda Latinoamérica, debido a nuestro sacrificio”.

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