José María Heredia: la Patria resumida en versos

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Jose Maria HerediaSantiago de Cuba, 11 may.- Cuando en abril de 1836 José María Heredia le escribía a Miguel Tacón, Capitán General de la Isla de Cuba, para retractarse de sus ideales revolucionarios con el fin de volver a la Patria, no imaginaba que sería la última vez que contemplaría las palmas que tanto alabó en sus composiciones literarias.

No sospechaba, seguramente, que la misiva marcaría la última ocasión que observaría la tierra que magistralmente describió con un lirismo único, que lo sitúa como el primer poeta romántico de América, cuya obra se estudia hoy en prestigiosas universidades del mundo.

Fue el siete de mayo de 1839, en México, cuando la tuberculosis arrancó de este planeta al hombre que, en clásicos versos, cantó ante la majestuosidad de las Cataratas del Niágara, y que con sumo dolor lloró ante el destierro en póstumo himno.

Cuánta historia hubiera protagonizado si no hubiera partido quien constituye uno de los enigmas de la historia cubana,  porque, sin dudas, su vida es un ejemplo admirable de cuánto puede hacerse con solo 35 años.

Y es que, al referirse a los inicios del pensamiento independentista contra el colonialismo español en la mayor de las Antillas, junto a Félix Varela, el nombre de José María Heredia no puede ser obviado.

Desde pequeño ya conocen los cubanos a este santiaguero, quien expresó su sentir político desde la poesía, y no pocos tal vez recuerden algunas de las obras más conocidas de esa personalidad, quien una vez fue el pequeño que a los tres años sabía leer y escribir y, con solo ocho, ya traducía al escritor Horacio.

Nacido el 31 de diciembre de 1803, de padres dominicanos, fue criado con una educación humanística, marcada por el interés hacia el estudio y la constante superación, por lo que cursó la carrera de Derecho y se desempeñó, además, como dramaturgo, crítico, traductor, periodista y excelente orador.

En la letra de Heredia convergen en perfecta simbiosis el sentimiento de un hombre enamorado de su tierra y del aroma de una mujer; el sentir del cubano entristecido ante la sombra del exilio y la indignación frente a la imposición de una metrópoli que, por su rebeldía, lo llegó a condenar a muerte.

Los encantos de la naturaleza fueron una constante en su obra poética, de ahí que no asombren en ella las analogías entre la estrella y la libertad, las palmas y Cuba, el sol y la independencia, y una serie de recursos que demuestran su elocuencia para comunicar desde la sutileza de una palabra.

Fueron esas las metáforas que inspiraron el lirismo martiano, con su conocida alegoría a “la estrella que ilumina y mata”, que halló sus raíces en la figura poética usada por Heredia en su  clásico poema “La estrella de Cuba”, escrito en 1823.

Paradójicamente, él que en vida dedicó tantos versos a su Patria, mostró su pesar ante el destierro y describió como nadie lo que significaba el exilio para sus contemporáneos, yace actualmente junto a su padre, en tierra extranjera.

En México fue sepultado y hasta hoy, pese a las gestiones de sus descendientes durante la República Neocolonial, sus restos permanecen en la nación azteca, pero más allá del polvo al que está destinado el hombre tras su deceso: ¿dónde está Heredia?  

Detengámonos en el cubano que en cualquier sitio, le brillan los ojos cuando habla de su Isla, y hallaremos la respuesta.

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