De la memoria y el olvido, para regalar a un abuelo

Categoría: Especiales
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio
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adultos mayores sierra maestra2Cuentan que en una aldea africana, casi al comienzo del tiempo, los jóvenes de una tribu decidieron prescindir de los ancianos. Los mayores estaban viejos, argüían, no eran capaces de cazar o de cultivar la tierra, eran una carga. Ellos nada discutieron: se dejaron trasladar al bosque cercano y ahí hicieron una pequeña comunidad.


Meses después, la sequía arrasaba la tribu y nadie sabía combatirla. Hubo enfermos, pero no quedaban manos sabias para cuidarlos. Los dioses estaban rabiosos y ni siquiera los animales se dejaban cazar. El joven jefe de la tribu quiso encontrar una respuesta, pero estaban mudos los cielos y la tierra. Entonces fue al bosque y trajo a los ancianos de vuelta a casa. De más está decir que todo se arregló rápidamente, porque la experiencia se hallaba de nuevo donde le correspondía.
El pasado 1ro de Octubre se conmemoró, el Día Internacional de las Personas Mayores. De las grandes ideas de la ONU, ciertamente una de las mejores. ¿Qué sería de nosotros sin nuestros viejos? Un ser humano debe darse por satisfecho si ha podido disfrutar el privilegio de vivir con un abuelo.
Yo no los olvido. El padre de mi padre, mi viejito de Camagüey, aunque lejos, era la persona más amable, modesta y dulce que conocí en la vida. Como él, no hay dos. La abuela paterna también era dulce, pero más que nada era sabia, con una sapiencia popular contagiosa y divertida. El abuelo de aquí, mi adoración, me enseñó a escuchar ópera y ver ballet. Y mi abuela Cuca, todavía firme, fuerte, eterna, como una ceiba atravesando huracanes.
Cuando un abuelo se va, la vida se oscurece un poco. No hay cómo suplir tanta sabiduría. Yo estuve años sin oír mi pieza clásica favorita simplemente porque me faltaba la única persona con quien podía compartirlo. Ahora, cuando disfruto del buen arte, lo pienso rodeado de paz. Abuela me dice “Caramba, ¡idéntica a tu abuelo!”, y yo me siento orgullosa de haber conservado algo de todo ese amor.
Conservo, también, las tardes frescas en el central, con el otro ancianito querido enseñándome cosas increíbles y maravillosas sobre el campo. Me inspiraré para toda la vida en la historia de amor gracias a la cual estoy viva, y a mi padre aún le humedece los ojos. Y sé que siempre, no importa qué pase, recordaré las risas de madrugada, cuando ni abuela ni yo podemos dormir; y a mi madre yendo de puntillas hacia el cuarto a ver qué pasa que hacemos tanto ruido.
Es que sin importar la edad, un nieto siempre es el niño de la casa, la malacrianza de los viejos, el mejor bastón. Y un anciano cariñoso y sabio siempre, a lo largo del tiempo, será el mejor y más puro recuerdo que guarde un corazón humano.

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