
Una “mano fuerte” en el hogar, una voz que impone respeto, unos brazos que soportan la carga... así lo caracterizamos a veces, sin percatarnos de que Papá es más que el hombre de la casa, mucho más que la figura enérgica que algunos idealizan.
Es grandeza, ejemplo, amor, ternura, comprensión, y por lo general, solo basta un beso en la mejilla para suavizar la expresión ruda que en ocasiones muestra; porque el varón mayor de la familia también fue niño, es hijo, nieto, hermano, abuelo, es maestro, es consejero.
Para papá no hay nada más sublime que cuando eres pequeño y tal vez ni siquiera pronuncias bien, despiertes llamándolo cada día, porque en medio de tu inocencia sabes que es tu mejor amigo, el que te mima y te llena de besos.
Por eso no importa como lo llamemos, porque papi, pá, o papaito, siempre será sinónimo de respeto, de cariño y comprensión.
Papá es también el que llora y disfruta cada logro que tenemos en la vida; y nos toma de la mano para ayudar a levantarnos cuando es preciso; es nuestro ídolo, el héroe que nos rescata cuando más lo necesitamos.
Y puede ser muy exigente, también comprensivo; parece que nos suelta de la mano para que aprendamos a andar, aunque siempre está más cerquita de lo que aparenta; nos aconseja, pero nos deja hacer; y nunca termina porque sabe que su mayor misión, la de educarnos y guiarnos, es eterna.
Primero nos observó con paciencia, luego nos enseñó a caminar, nos mostró la ruta con sus aciertos y desaciertos... y ahora no nos pierde de vista, por lejos que estemos, siempre nos espera.
Papá escucha y advierte, es amigo y nuestro mejor doctor, con métodos antiguos y modernos; se convierte en refugio perfecto.
Con él siempre hay un comienzo, nunca un fin; sabe que educar es un reto, un desafío, un largo, pero hermoso camino, porque ser papá es una misión para la eternidad.