
Las personas que padecen insuficiencia renal crónica y su familia, son víctimas de una enfermedad que casi siempre acarrea situaciones difíciles, dolor físico y mucha tristeza. No obstante, la donación de órganos puede salvar a mucha gente de esta terrible afección.
He conocido historias hermosas sobre personas que hoy siguen vivas gracias a un trasplante renal. Hace años una joven me dijo que lo que más agradecía era la posibilidad de ver crecer a sus hijos, pues durante años sufrió el temor a dejarlos huérfanos y su nuevo riñón significaba otra oportunidad para vivir.
El trasplante es justamente eso: una práctica que puede devolver a los pacientes la posibilidad de llevar una vida normal, de trabajar, de amar y de cuidar de sus seres queridos. Sin embargo, no solo depende de la pericia del personal sanitario ni de las políticas de Salud que aseguran la disponibilidad de tecnologías y medicamentos carísimos para el trasplantado, depende en primera instancia de la voluntad de donar el órgano.
Esta actividad es quizás una de las más complicadas dentro de la práctica médica porque entraña el concurso de muchas voluntades, que van más allá de procesos institucionales, científicos y económicos. Si bien aporta calidad de vida a quien lo recibe y disminuye el costo de la atención médica a estos pacientes (que asume el estado), no siempre puede lograrse.
Las leyes cubanas establecen que el donante puede ser vivo o cadavérico. El primero requiere, que exista la voluntad de la persona sana de donar un riñón a su familiar o a su pareja –se admite desde el primer hasta el tercer grado de parentesco (madre, padre, hermanos, tíos, primos, esposos, hijastros...).
El Dr. Julio César Serra Rodríguez, coordinador de Trasplante del territorio suroriental comentó a este rotativo que hay familias pequeñas y no tienen posibilidad de donar, entonces se recurre a los donantes cadavéricos y estos son menos frecuentes porque deben concurrir una serie de factores relacionados con las condiciones en que se produce la muerte y depende de la voluntad de sus seres queridos.
Según el especialista, un paciente que ha tenido un daño neurológico incompatible con la vida, pero ha sido excelentemente atendido y llega a la hora de la muerte con sus órganos funcionando correctamente, es un posible donante. Sin embargo, no siempre se producen casos que cumplan estos requisitos, y, en ocasiones, cuando sucede la familia desaprueba la donación de órganos.
Esto ocurre en el marco de un proceso de mucho dolor para los seres queridos del paciente y en el marco de una urgencia médica -pues el tiempo para extraer el órgano e insertarlo en otra persona es limitado- y eso innegablemente muchas veces dificulta el trasplante con donante cadavérico.
Las personas que lamentablemente pasan por la experiencia de decidir si donan o no los órganos del fallecido, tienen la posibilidad de dar a otros una nueva oportunidad para vivir. Solo basta aceptar para que decenas de personas hagan su trabajo y alguien quede libre de las ataduras de esa terrible enfermedad.
Nadie puede juzgar a quienes no acceden; es su derecho y hay que respetarlo. Pero no alcanzan las palabras para expresar el más profundo agradecimiento a esas familias que anónimamente tienen el mérito de haber salvado vidas; que dieron a otras familias el regalo de volver con alegría y esperanzas a la casa. Son admirables esas personas a las que les valió más el humanismo que la tristeza, y dijeron “sí” cuando es más difícil la solidaridad.