105 años y va por más

Categoría: Especiales
Escrito por Betty Beatón Ruiz / Fotos: Cortesía familiar
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Centenario 13

Tal vez sea por su nombre y las bendiciones que lleva implícitas, o quizás porque siempre tuvo alma y vocación de cantor, y junto a la azada llevaba la guitarra en ristre, desandando llanos y montañas, alegrándose y alegrando a otros, o tal vez sea por esos inexplicables sortilegios del destino, ¿quién sabe?


Lo cierto del caso es que Ángel Matos Lambert deviene hombre signado por los privilegios.
El primero de ellos llegar a 105 octubre de vida, muy a pesar de seculares aguaceros, inolvidables ciclones y tantísimas penurias pasadas en sus años mozos, cuando encontrar trabajo en su Maisí natal era, cuando menos, una odisea, y el plan de machete y el desalojo cundían el pánico entre campesinos como él.

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El segundo, celebrarlo rodeado de las muchas personas que lo quieren y respetan, que a sus años no es lo mismo pero se valora igual: seis hijos, 26 nietos, 45 biznietos, ocho tataranietos y Neris, la esposa fiel, eternamente enamorada después de seis décadas y media de aquella frase que los marcó para siempre: sí, acepto.
El tercero, poseer una lucidez que admira a quienes lo conocen y deja boquiabiertos a los que le ven jugar dominó con precisión de cronómetro, calculando los puntos débiles de los rivales, urdiendo jugadas, escudriñando en la mente cada cierre, lanzando con vigor la ficha final que se hace acompañar de un grito feliz, salido del pecho con vozarrón de jovenzuelo: ¡Pollona!
Para conversar con Ángel hay que estar dispuesto, tiempo es lo que le sobra, por eso no pone frenos a las palabras. Evoca al padre mambí, cuenta de sus andanzas por Santiago de Cuba, Guantánamo y Holguín, recuerda sonriente sus amoríos con las más bellas mujeres de las lomas que tantas veces le dieron cobija en medio de las cosechas cafetaleras, habla orgulloso de las ocasiones que colaboró con las tropas rebeldes al mando del entonces Comandante Raúl Castro Ruz, y justo en ese punto del diálogo retoma fuerzas y reitera sin cansancio: “¡caramba, si yo viera a Raúl!”.
A decir de él no hay fórmulas especiales para deshojar tantos almanaques, y no pone reparos en contar su rutina diaria: “levantarse temprano, dar una caminadita, conversar un poco, descansar cuando el cuerpo lo pide, almorzar lo necesario, sin repletarse, comer temprano y bien ligero, y ya, no más”.
Entre Cabacú, en Baracoa, y el reparto Altamira, en Santiago de Cuba, le pasan los días a Ángel, va y viene libre de achaques y dolencias, sin presión alta, ni baja, ni diabetes y sin necesidad de usar espejuelos. Así, lúcido y vital disfruta de dos terruños queridos en los que espera seguir apagando velitas, velitas y más velitas... “Hasta que la fuerza me acompañe”.

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