En la Farmacia, mi vida

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Diósmedes Cisnero AlmeiraMuchos la reconocen como la primera farmacéutica que tuvo Santiago de Cuba después del triunfo revolucionario, ella, Diósmedes Cisnero Almeira, solo se recuerda como una mujer que dio el paso al frente cuando la mayoría de sus colegas abandonaron el país, en enero de 1959.

Por eso, este 22 de noviembre, fecha en que se celebra en toda Cuba el Día del Trabajador Farmacéutico, hacemos un homenaje a esta profesional que entregó su vida a la elaboración de medicamentos.

Esta señora de 87 años rememora con placer cómo se inició en esta profesión, a pesar de los sinsabores que soportó debido a su color en esa Cuba racista, antes de 1959:

“Yo trabajaba en la casa de un matrimonio de personas adineradas en el Cayo y ellos fueron quienes me pagaron los estudios de Farmacia.

“Me gradué en la Universidad de La Habana en 1953, cogí el segundo lugar de los estudiantes más destacados y como recompensa me dieron una actividad, 300 pesos y un par de zapatos, aunque sé que podía haber sido el primero por mis calificaciones, pero según los profesores no lo era por una llegada tarde. Yo era negra, mujer y oriental y creo que en esa época eso influyó mucho.

“Vine para mi ciudad y comencé a trabajar en las farmacias de particulares, que pagaban poquito, pero necesitaba el ingreso.

“Cuando triunfa la Revolución, fui la primera farmacéutica que di el paso al frente para continuar brindado este servicio a la población porque la mayoría de los especialistas se fueron para el exterior.

“En la Farmacia que trabajaba, La Estrella, en Santo Tomás y Santa Rita, tuve que ser su directora técnica debido a que el dueño se fue para los Estados Unidos.

“Esa etapa fue muy difícil, allí recibí un anónimo que decía: “Dentro de poco se cae le Revolución y hay una negra aquí que vamos a colgar en el Parque de Céspedes”, eso era conmigo, pero no creí, si tuve un poco de miedo, pero como mujer me mantuve firme y me quedé trabajando allí.

“Luego se fundó la primera piloto de Santiago de Cuba, que fue la Farmacia Bottino, y fui su directora técnica, junto a Ángel del Castillo como administrador. En ese sitio hacía las formulaciones naturales que mandaban los médicos, que había que saber hacerlos porque los enfermos estaban en las manos de uno, y eso era una gran responsabilidad.

“Trabajando en Bottino, llamaron de la provincia de que era necesario que me trasladara a La Habana con unos compañeros a pasar un curso para prepararnos para hacer un laboratorio farmacéutico aquí en el territorio, porque no había ninguno.

“Nos fuimos para el Laboratorio Reinaldo Gutiérrez, de la capital, y allí decían que yo era tan farmacéutica como maestra porque veían como trabajaba con mis coterráneos, que eran muy obedientes y laboriosos.

Hicimos una amistad tan grande que actualmente ellos se comunican conmigo como si fueran mis hijos.

“Allá en La Habana mi labor la vieron tan valiosa, que me plantearon que me quedara, pero quise volver para Santiago porque aquí era donde más hacía falta, además de ser mi ciudad.

“En 1972 se montó el Laboratorio Farmacéutico y me nombraron como tecnóloga de proceso donde trabajé directamente en la elaboración de los productos. Allí me desempeñé encantada de la vida porque hacía lo que me gustaba y para lo que había estudiado.

“Un día llegó a la fábrica un director nacional de Salud Pública y revisó el proceso tecnológico completo, reconoció mucho nuestro trabajo y luego, pasados unos pocos días, me plantean que, a nivel nacional, habían decidido que cogiera el cargo de Normalización, Metrología y Control de la Calidad.

“En ese puesto, no te sé decir a cuántos medicamentos y productos les hice la norma tecnológica, sí sé que fueron bastantes. El que si recuerdo con amor es el del Ácido Fólico, que cogió primer lugar a nivel nacional y de ahí se comenzaron a hacer así en todo el país.

“En las normas se recoge por escrito la elaboración de un producto desde su inicio hasta el final. Yo ponía en ella todo, a quién le compraba la materia prima, cómo trabajaba la materia prima, cómo elaboraba la preparación, la lubricación del producto, la troquelación, a qué tamaño, tiempo, cómo tenía que conservarse el producto para trasladarlo y en el almacén. Lo recogía todo. Las personas que no fueran farmacéuticas podían elaborar las tabletas solo guiándose por mis normas”, comentó.

Diósmedes se jubiló en 1986, por problemas personales, aunque señaló que le hubiese gustado haber trabajado más tiempo.

Desde ese entonces se dedicó por completo al cuidado de su familia, a sus padres, hijos, y a brindarle apoyo a su esposo, quien cumplía misión en África.

En su casa de carretera del Morro, vive con su hijo Eugenio Nápoles, quien con orgullo refiere que desde pequeño veía participar a su madre en congresos de normalización nacionales e internacionales realizados en La Habana, donde se reconocía el rango adquirido por las normas que ella confeccionaba.

“Yo por esta Revolución lo doy todo y aunque me dijeran oprobios, yo siempre fui fiel a mis principios”, puntualizó Cisnero.

Aunque su labor meritoria no ha sido totalmente reconocida Diosmedes nunca ha dejado de entregarse a lo que la apasiona, al contrario, ve con pesar la poca exigencia e importancia que se le concede a esa carrera.

“Hoy por hoy, hacen falta más farmacéuticos, porque de ellos también depende la salud y el bienestar del pueblo”, sentenció.

Comentarios   

#1 Rodrigo Pérez Massip 22-11-2016 16:15
Yanet

Por intermedio de una amiga y compañera que me envió los links (Zoe Lemus) pude leer sus trabajos publicados en el Sierra Maestra sobre dos mujeres santiagueras de las cuales tienen que estar orgullosos y con las cuales tuve el privilegio de trabajar en el Laboratorio Farmacéutico Oriente en mis inicios como trabajador y farmacéuticos.
Las publicaciones son ¨En la Farmacia, mi vida, sobre la Dra. Diósmedes Cisneros y Zoe Lemus, entre productos naturales y el agradecimiento del pueblo.
Me emocionó mucho y me dio mucha alegría y satisfacción que usted y su periódico reconocieran a dos farmacéuticas, que han sido ejemplos de dedicación voluntad y amor al trabajo y la profesión.

Muchas gracias
Rodrigo Pérez Massipe, farmacéutico y trabajador de
CECMED, MINSAP, La Habana.
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