Cuando en la gloriosa historia tejida por el movimiento deportivo nacional se narren las victorias protagonizadas por los atletas de la Mayor de las Antillas, resultaría injusto obviar la epopeya de Cerro Pelado, escenificada en aquellos agitados días del mes de junio de 1966, justo antes del inicio en Puerto Rico, de la décima edición de los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
Desde 1965, el gobierno de Estados Unidos encaminaba acciones para evitar la presencia de Cuba en la cita centrocaribeña. En reunión celebrada en Madrid ese propio año, el presidente del Comité Olímpico Cubano, Manuel González Guerra planteó la obligatoriedad de garantizar visas y facilidades que garantizaran la participación de la delegación antillana a los Juegos.
Ante el escándalo internacional y las numerosas protestas emanadas desde todos los continentes, el gobierno yanqui se vio obligado a entregar las visas para que los cubanos desembarcaran, casi simultáneamente al comienzo del acto inaugural del certamen.
La santiaguera María Mercedes González Terrero, miembro de la denominada “Delegación de la Dignidad” como parte del equipo femenino de baloncesto, no resistió el llamado para evocar la heroica gesta, y entre recortes de periódicos y fotos de la época, dialogó solícitamente con Sierra Maestra.
Basquetbolista desde la cuna
Nacida el 23 de febrero de 1946, en el centro histórico de la Ciudad Héroe, María Mercedes González Terrero, inició sus menesteres en el baloncesto en la entonces Escuela Superior No. 3 Rafael María de Mendive, bajo la dirección de Zoila Casero y otros entrenadores que le inculcaron el amor por el deporte de las canastas.
Su crecimiento vertiginoso como basquetbolista la hizo merecedora de un sitio en la preselección nacional con vista a los Juegos Centroamericanos y del Caribe efectuados en Jamaica, 1962, donde las cubanas no pudieron incursionar por la carencia de equipos de otras naciones.
Como defensa organizadora, González Terrero, acumula en su historial como jugadora del conjunto de la antigua provincia de Oriente, siete campeonatos nacionales de forma consecutiva, entre los años 1961-1968, lo que constituye un récord para estas lides.
De manera individual, fue ratificada en los competiciones de 1964, 1967 y 1968, como la atleta más valiosa.
En la década de los 60’, participó en giras por países socialistas, entre los que destacan Bulgaria, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Rusia y Corea del Norte. Topes en los que la selección cubana se preparaba rumbo a diversos eventos internacionales.
“Luego de 1966 que fue muy convulso, teníamos la posibilidad al año siguiente de estar en el Campeonato Mundial en Praga, pero no participamos como muestra de solidaridad con Corea del Norte, a quien no se le permitió participar como equipo independiente.
“Eso nos impidió jugar un Mundial, pero nos quedaba la esperanza de los Juegos Panamericanos celebrados en Winnipeg, Canadá, igualmente en 1967, donde a pesar de que fui seleccionada en el Todos Estrellas, terminamos en el quinto lugar del evento”, señaló.
En plena madurez deportiva, decide alejarse de las canchas por razones personales, e inmediatamente se incorpora como entrenadora auxiliar del equipo de baloncesto masculino de la Escuela de Iniciación Deportiva Provincial, obteniendo resultados satisfactorios.
Iniciados los años 70’, ocupa el cargo de entrenadora del “team” femenino de básquet, pero esta vez de la Universidad de Oriente. Bajo sus órdenes las muchachas del Alma Máter santiaguera, ocuparon los primeros puestos en los Juegos Nacionales Universitarios.
Antes de su retiro, consumado en el año 2009, le fueron impuestas varias condecoraciones, entre ellas la “Mártires de Barbados”, la “Rafael María de Mendive” y el Trofeo “Alejandro Urgellés”.
Cerro Pelado: una declaración para la historia
El 8 de junio de 1966 en horas de la noche, el barco mercante “Cerro Pelado”, partía desde el puerto de Santiago de Cuba y comenzaba a romper las profundas aguas del Caribe, con destino a territorio boricua.
Los deportistas de casa agotados por las condiciones extremas y enfermos de náuseas por el oleaje, tuvieron que realizar los entrenamientos en la proa del insigne buque.
Las emociones invaden la serena voz de María Mercedes: “Fueron momentos muy duros, pero todavía recuerdo las olas golpeando el buque y la entereza de los atletas cubanos, que querían sobre todo cumplir con el deber de representar a Cuba”.
El 10 de junio, con la presencia de los vuelos rasantes de los aviones estadounidenses, que trataban inútilmente de intimidar a los cubanos, se decidió por parte de la delegación deportiva escribir un documento denominado “Declaración del Cerro Pelado”, con el objetivo de denunciar ante el mundo el absurdo e ilegal comportamiento del Departamento de Estado Norteamericano. A su vez, se ratificó la posición del deporte cubano, al proclamar el derecho a participar en la justa, que comenzaría el día 11, y devino ideario frente a intereses mezquinos opuestos al olimpismo internacional.
“Nuestra meta era llegar a Puerto Rico, aunque fuera nadando, eso siempre lo dejamos claro”, comentó.
El “Cerro Pelado” fue obligado a anclar a casi cinco millas de las costas puertorriqueñas y en horas tempranas de la mañana del día 11 de junio de 1966, la delegación fue trasbordada en alta mar al remolcador Peacock, en condiciones riesgosas y difíciles: “Primero bajó un grupo, entre las que estaba el equipo femenino de baloncesto. Como era en altar mar había que esperar a que la marea pegara las lanchas que fueron enviadas para recogernos al buque. Entre dos marineros nos ayudaban a pasar a la lancha, a expensas de que el cuerpo nos fallara y cayéramos al mar, que además estaba repleto de tiburones”.
Finalmente los miembros de la delegación cubana, llegaron a tiempo a la ceremonia inaugural y enarbolaron la enseña nacional en el Estadio Hiram Bithorn de la capital boricua. Destaca la estelar atleta indómita que: “en el recorrido hacia el estadio y después hacia la Villa Olímpica, las calles estaban llenas de personas opuestas al socialismo, que nos injuriaban e incluso trataban de romper los cordones de seguridad para agredirnos físicamente. Son momentos en los que se demuestra la lealtad de nuestros deportistas a la Revolución cubana y a sus líderes”.
Un metal plateado con sabor a oro
Dirigidas por el técnico Casimiro García, la quinteta antillana enfrentó a México por el primer lugar del baloncesto femenino en dichos juegos. Además de María Mercedes, la nómina del patio la integraban jugadoras de la talla de Mireya Cartaya, María Luisa Serret, Luisa Polledo, Clara Nápoles y Mercedes Lee.
Las cubanas necesitaban vencer por un margen de 15 tantos para proclamarse campeonas. En un momento del segundo tiempo tuvieron brevemente ventaja de 10 tantos, pero el esfuerzo las agotó, además de que se vieron afectadas por la salida del juego de tres de sus figuras principales, debido a la acumulación de faltas.
A la postre, las aztecas se coronaron con cerrado marcador de 63 cartones por 56, y de esta forma concluyeron invictas el campeonato centroamericano. La representación de Guatemala cerraba el podio de premiaciones.
“Después de tantos momentos difíciles que pasamos, haber logrado la medalla de plata era como lograr la de oro, más aún si tenemos en cuenta las limitaciones de entrenamiento, creo que tuvimos una buena actuación. A nuestro regreso, Fidel nos esperó a la entrada de la bahía de Santiago de Cuba, subió al buque y nos alentó con palabras que aún están en mi memoria”, indicó González Terrero.
A pesar de todas las contradicciones, los atletas cubanos demostraron al mundo la calidad y los valores del deporte nacional, al finalizar en el segundo escaño del evento. La Mayor de las Antillas dominó 11 de los 21 deportes del calendario competitivo, con una cosecha de 78 medallas ganadas a sangre y fuego en medio de hostilidades maniobradas por el Imperialismo norteamericano.
En la memoria de cada antillano debe permanecer el recuerdo de aquella epopeya, sobre la cual Fidel Castro expresó: “Posiblemente a ninguna delegación, nuestra Patria tenga que agradecerle tanto como a esta por la batalla que libraron, por los triunfos que obtuvieron en los momentos más difíciles, por la dignidad que ostentaron”.