Hoy se cumplen 39 años del atentado a la nave DC-8 de Cubana de Aviación en Barbados. Crimen en el cual perdieron la vida 24 miembros del equipo cubano juvenil de esgrima. Una de las páginas más dolorosas del deporte en la Isla
[…] Han ascendido para siempre al hermoso olimpo de los mártires de la Patria.
Fidel Castro Ruz, 15 de octubre del 1976
Corrían las 12:27 p.m. (hora local) del 6 de octubre de 1976 y los gritos desesperados de 73 personas a bordo de la aeronave, Douglas DC-8, resonaban en todos los rincones de la isla caribeña de Barbados. El más detestable y brutal acto de terrorismo ejecutado por personal al servicio de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en contra de la Revolución Cubana, se consumaba.
Los intentos mediáticos por encubrir la acción criminal como un accidente no fructificaron. La comisión investigadora demostró hasta la saciedad que el avión cayó al mar a consecuencia de dos explosiones. La primera localizada entre las filas de asientos 7 y 11, y la segunda en el baño trasero de la cabina de pasajeros, la cual terminó por ocasionar el derribo de la nave.
Del total de personas que sucumbieron en el siniestro, 24 eran miembros del equipo juvenil de esgrima de Cuba, quienes en tierra venezolana habían conquistado todas las medallas de oro en el IV Campeonato Centroamericano y del Caribe de ese deporte.
Mirada desgarrada
Sus ojos, estampados por quien ya atraviesa el sendero de la vejez, muestran el dolor en su expresión más punzante. Originaria de la ciudad de Guantánamo, Magalys recuerda con devoción a Ramón Infante García, su hermano más pequeño.
“Él pertenecía al equipo de espada, y por sus buenos resultados participó en eventos en Rumania, en la República Federal Alemana, Colombia y Venezuela. En el seno familiar era muy bueno, sencillo, siempre estaba contento aunque hubiese perdido una competencia, nunca se disgustaba y nos quería a todos en casa.
“Siempre que venía a una competencia aquí en Santiago de Cuba no se hospedaba en la Ciudad Deportiva, se quedaba en mi casa porque se sentía mejor conmigo. Yo tenía una relación con él muy buena y lo sobreprotegía muchísimo”, agregó.
Conmovida, no olvida la fatídica fecha: “El 6 de octubre a las dos de la tarde, a mi hija la llama un compañero del INDER y le dice: «¡Tu tío murió en un avión que se cayó en Barbados!», ella enseguida me lo contó y comencé a gritar: «¡Eso es sabotaje, eso es sabotaje!».
La conversación se corta por un instante y los verdes ojos e Magalys se humedecieron: “En ese momento –continuó- mi mamá estaba en La Habana porque Ramón se había casado, él no vio ni las fotos de su boda porque acto seguido se fue para la competencia. Murió con 27 años. Mi madre falleció el 12 de noviembre del 2012. Siempre decía que a su hijo se lo habían matado y no se había hecho justicia. Siempre recuerdo que ella sucumbió con ese dolor”.
En un gesto de desconsuelo, susurró: “La muerte de mi hermano y la de sus compañeros fue muy cruel. Murieron con los brazos amarrados, sin poder defenderse. Me quedó un anhelo de que iba a aparecer su cuerpo, porque José Arencibia Arredondo, que también era del equipo y estaba sentado al lado de mi hermano apareció. Sin embargo, a Ramoncito no se le pudo encontrar”.
Magalys Infante García, ama de casa aplatanada hace cinco décadas en Santiago de Cuba, clama desafiante su ansia de justicia: “Cada vez que veo por la televisión a Posada Carriles, me hierve la sangre. Ahí está él, por las calles de Miami, impune a ese crimen y a otros tantos que ha cometido”.
El dolor se multiplica
Pausada, afable y con gestos que dejan vislumbrar a una mujer que se ha dedicado por más de cuarenta años a la docencia, Mirtha, hermana de Santiago Hey Pérez, quien se desempeñara como entrenador del equipo femenino de florete, agradece eternamente las enseñanzas de este.
“Los dos éramos hijos de un mismo matrimonio, de una familia humilde, revolucionaria. Cuando yo tenía nueve años y mi hermano 19, perdimos a nuestra madre y él que ya estaba en La Habana, en la Escuela Superior de Educación Física Manuel Piti Fajardo. Después de regresar a Santiago de Cuba, se convirtió en un baluarte para mí, en lo que a la formación se refiere, porque nunca dejó de educarme y de inculcarme valores. Hoy soy una profesional de la educación y eso se lo debo a mi hermano”.
En la década de 1970, Santiago Hey Pérez, se incorporó como entrenador de esgrima en la Escuela de Iniciación Deportiva de la antigua provincia de Oriente, y más tarde es llamado a incursionar como entrenador del equipo juvenil nacional femenino en giras por México, Panamá, Bulgaria, Rumania y Venezuela.
“Era muy querido por sus estudiantes, muy abnegado, se empeñaba en los entrenamientos, sobre todo inculcaba disciplina a sus esgrimistas”, cuenta orgullosa Mirtha.
A pesar de su fortaleza de carácter, su ímpetu se derrumbó al rememorar la escena de aquel momento horrendo: “Ese día yo me encontraba en la biblioteca Elvira Cape, y de pronto llegaron buscándome del INDER, me llevaron para la casa, me explicaron que el avión había sufrido un accidente, que se estaban investigando las causas. Luego se conoció que había sido un atentado”.
El líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, con palabras vibrantes, señaló en el sepelio de las víctimas, celebrado en la Plaza de la Revolución de La Habana, a los culpables del abominable crimen.
“Yo participé en la despedida de los mártires y para mí fue terrible. Incluso ese día llovió. A medida que escuchaba a Fidel el dolor se multiplicaba dentro de mí. Porque el duelo fue de las familias, pero ese momento lo sufrió Cuba entera”, recuerda la educadora que actualmente se consagra como Secretaria Docente de la Escuela Pedagógica Pepito Tey.
Treinta y nueve años después, Mirtha Hey Pérez, marcada por las secuelas del terrorismo, cuenta su historia: “Mi hermano tuvo una única hija, Dasnay Hey Valdés. Ella nunca conoció a su padre y constantemente me pregunta por él. Los autores de ese crimen no tienen un ápice de humanidad, porque matar de esa forma a tantos jóvenes que estaban llenos de vida es de gente sin escrúpulos. Ellos nos privaron de sostener en nuestras manos las medallas que nuestros familiares habían ganado. En cambio, hoy yacen en el fondo del mar”.