Un día fatídico para la Literatura

Categoría: Culturales
Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio
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cervantes y shakespeareEl 23 de abril de 1616 es una fecha chocante para la literatura, debido a una triste y triple coincidencia. En efecto, morían tres grandes escritores, tres hombres con diferentes nacionalidades, identidades, estilos y filosofías, e iguales en cuanto a su pasión por la palabra escrita.


El grandísimo poeta y dramaturgo inglés William Shakespeare no fue un santo. Tuvo una vida tan rica que en la actualidad, algunas de esas personas que adoran las conspiraciones sostienen que nunca existió, sino que su firma era el pseudónimo de algún gran hombre de la Inglaterra isabelina. O de un grupo de estos.
No se tiene constancia del día de su nacimiento, pero tradicionalmente su cumpleaños se festeja el 23 de abril. Se dice que a los 13 años fue ayudante de carnicero, que desde muy joven emborronó cuartillas con sus poemas y se iba de juerga a beber a las tabernas. Y se sabe que a los 18 se casó con una mujer que le llevaba 9 años y a la cual ya había embarazado. Y se cuenta, aunque no se sabe cuán cierta es la leyenda, que tuvo que irse a Londres como resultado de sus correrías.
Su pasión por el teatro lo llevó a realizar trabajos de menor envergadura para su innegable talento, como pasante de abogado, maestro de escuela, soldado de fortuna, tutor de noble familia e incluso guardián de caballos a la puerta de los teatros. Pasarían varios meses hasta que pudiera ingresar en estos y meterse entre bastidores, primero como traspunte o criado del apuntador, luego como comparsa, más tarde como actor reconocido y, por fin, como autor de gran y merecido prestigio.
Y ese genio en que se convirtió es el Shakespeare que conocemos (o creemos conocer) en nuestros días. Tenía 52 años al fallecer, y es considerado el escritor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal. A su pluma le debemos Romeo y Julieta, Hamlet, Macbeth, Otelo, y otras tragedias y comedias caracterizadas por un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Tanto, que siguen siendo leídas, cuestionadas, dramatizadas, versionadas... en una palabra: vigentes.
Menos conocido es el poeta e historiador Garcilaso de la Vega. Nació en el Perú de 1539, era hijo de un conquistador español y una princesa incaica, nieta y sobrina de Incas, de emperadores. Al ser visto como un mestizo o bastardo Garcilaso tuvo que buscar su identidad a lo largo de su vida, pero lo más impactante es que decidiera aceptar de lleno su ascendencia aborigen, la opción más problemática para su época, y apodarse Inca. Se educó en quechua y español, acogió lo mejor de ambas culturas.
Muy joven se trasladó a España y ahí permaneció, sin regresar a la tierra que lo vio nacer. Aunque no la olvidó jamás, y después de años de una vida de soldado decidió escribir: un ambicioso y original proyecto historiográfico centrado en el pasado americano, y en especial en el del Perú.
El título más célebre de Garcilaso el Inca, sin embargo, fueron los Comentarios reales, la primera parte de los cuales apareció en 1609, en Lisboa. Escrito a partir de sus propios recuerdos de infancia y juventud, de contactos epistolares y visitas a personajes destacados del virreinato del Perú. El relato constituye, pese a los problemas de sus fuentes orales y escritas y a las incongruencias de muchas fechas, uno de los intentos más logrados, tanto conceptual como estilísticamente, de salvaguardar la memoria de las tradiciones de la civilización andina.
Por esta razón es considerada su obra maestra y se la ha reconocido como el punto de partida de la literatura hispanoamericana, y él es considerado como el padre de las letras del continente. Y ya sabemos: murió el 23 de abril de 1616.
Lo terrible es que exactamente ese día, a los 68, la Lengua Española perdía además a Miguel de Cervantes y Saavedra. Había nacido en Alcalá y su infancia fue un constante peregrinaje por las más importantes ciudades de España. Teorías intentan demostrar que sus padres eran descendientes de judíos conversos, situación compleja en su tiempo y su nación.
Algo en común tienen estos tres hombres: vidas complicadas. Cervantes, con poco más de veinte años, se fue a Roma al servicio del cardenal Acquaviva. Recorrió Italia, se enroló en la Armada Española y en 1571 participó con heroísmo en la batalla de Lepanto, donde comienza el declive del poderío turco en el Mediterráneo. Allí fue donde, a consecuencia de un disparo de arcabuz recibido en el pecho y en el brazo izquierdo, perdió gran parte de la movilidad de éste, por lo que fue llamado el Manco de Lepanto.
El 26 de septiembre de 1575, cuando regresaba a España, los corsarios asaltaron su barco en la desembocadura del Río Ródano, le apresaron y llevaron a Argel, donde sufrió cinco años de cautiverio. Cervantes quedó libre después de que unos frailes trinitarios pagaran por él un rescate, el 19 de septiembre de 1580. La Historia debería rendirles un enorme homenaje a estos hombres por salvarlo. La literatura no sería lo mismo sin él.
Pero estaba destinado a pasar tiempo tras las rejas: en Écija se enfrentó con la Iglesia y fue excomulgado; en Castro del Río fue encarcelado, en 1592, acusado de vender parte del trigo requisado, hasta que, al morir su madre en 1594, abandonó Andalucía y volvió a Madrid. Luego fue a Sevilla, donde por razones económicas estuvo preso cinco meses.
Se cree que en esta época de extrema carencia comenzó probablemente la redacción del Quijote. Vamos, ahora hay que agradecer a los que lo apresaron. El éxito de este libro fue inmediato y considerable, pero no le sirvió para salir de la miseria. El Quijote le permitió publicar otras obras que ya tenía escritas: los cuentos morales de las Novelas ejemplares, el Viaje del Parnaso y Comedias y entremeses. Pero a pesar de su éxito estuvo preso al menos una más, y excomulgado, nada menos que tres.
El viernes 22 de abril de 1616, Miguel de Cervantes rinde el último suspiro. Al día siguiente, en los registros de San Sebastián, su parroquia, se consigna que su muerte ha ocurrido el sábado 23, de acuerdo con la costumbre de la época, que sólo se quedaba con la fecha del entierro. De cualquier forma, es esta la que se conoce hoy en día, y en que se celebra cada año en España el Día del Libro.
Cervantes fue enterrado en el Convento de Las Trinitarias, según La regla de la Orden Tercera, con el rostro descubierto y vestido con el sayal de los franciscanos. Pero su destino siguió persiguiéndolo después de muerto, pues sus restos fueron dispersados a finales del siglo XVII, durante la reconstrucción del convento. Hoy se desconoce la localización exacta de su tumba.

 

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