FIGURAS INOLVIDABLES… DEL CARNAVAL

Categoría: Culturales
Escrito por M.Sc. Miguel A. Gaínza Chacón / Ilustración: Francisco “Paco” Velázquez
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Caricatura copiaAquellos personajes tan populares, “adornaban” la Trocha del Carnaval de Santiago de Cuba en los años 50 y principios de los 60 del siglo XX. Seguramente no eran los únicos, porque en otros sitios de la urbe debieron proliferar también.


Pero los individuos referidos aquí --o porque vivían en el entorno o les gustaba el lugar-- desarrollaban sus excentricidades en la vía más carnavalesca de Cuba, especialmente en la intersección de esta con la Avenida Jesús Menéndez, que para aquellos años era Cristina o Lorraine.
Allí, en los festejos de julio que celebraban también el 25 el Día de Santiago, el Patrón de la ciudad, siempre --excepto desde hace algunas décadas para acá--, se levantaban quioscos majestuosos, profusamente iluminados, concurridísimos.
Pescaíto de Amor era uno de esos personajes. Como su nombre indica estaba vinculado con el mar. Enjuto, tenía una chalana que destacaba no por su confort ni gran tamaño sino por todo lo contrario. Y con su reducida embarcación iba “al otro lado” de la bahía (donde en colaboración con China levantan hoy la nueva terminal portuaria) y de las raíces del mangle sacaba los ostiones.
De regreso a Los Cangrejitos, un peculiar barrio santiaguero a orillas del mar, Pescaíto llenaba con esos moluscos una carretilla de madera, igualmente desvencijada, que “parqueaba” en Trocha y Cristina, y sentado, siempre con cara de pocos amigos, con la punta del cuchillo abría las conchas, despegaba “el animalito” y lo iba depositando en un recipiente.
Él no sabía que científicamente, lo que manipulaba estaba identificado desde 1897 como crassostera, un molusco bivalvo de la familia ostreidae, vulgarmente llamado ostión, primo hermano de las ostras. Tampoco sabía el humilde pescador, el enorme valor nutritivo de sus feísimos ostiones. Eso sí, alardeaba para aumentar la venta, con el llamado “poder afrodisíaco” de su “caza”. Otros más “despiertos” le compraban la mercancía, la daban mejor presentación y “hacían la zafra” entre los hombres ansiosos de “asegurar el desempeño” ante sus parejas durante la fiesta.
“El Médico del Calzado” era de lo más original en el Carnaval, aunque su labor no solo se circunscribía a esa época del año. Él ubicaba su “consultorio” (el sillón de limpiabotas) próximo a la fiesta. Usaba una bata de médico y cuando uno se subía al sillón y colocaba los pies calzados sobre los sostenes, “el galeno” miraba con atención los zapatos, los tocaba, y de la gaveta donde guardaba líquidos, cepillos, paños y betunes sacaba un viejo estetoscopio –inservible, claramente--, se lo colocaba en los oídos y auscultaba cada zapato, fruncía el ceño y decía: “Están grave; necesitan tratamiento urgente”. Entonces lustraba con maestría y al final expresaba: “Ya están de alta”. Infinidad de hombres iban al “consultorio” en medio de la rumba carnavalesca, para lucir mejor sus zapatos.
Tacoronte sonaba como un apodo, un alias. Mucho tiempo después se supo que no era un mote sino un apellido. Tenía el personaje un instinto especial que lo llevaba a cualquier corriente fluvial cercana a Santiago de Cuba y cuando regresaba, siempre lo hacía con algo (una vez hasta con un cocodrilo pequeño) que luego de armar el fogón en la misma acera de la intersección de Trocha y Los Tejadas, “cocinaba” y repartía en el grupo.
El Carnaval era “un momento trascendental” del personaje: se paseaba por Trocha con un majá enroscado en el cuello a modo de bufanda, mientras la cabeza del ofidio emergía de la camisa, a la altura del pecho. Es de imaginar el alboroto que provocaba Tacoronte cuando entraba en algún quiosco: muchos carnavaleros asustados salían disparados; otros acariciaban al reptil; algunas mujeres, niños, y hasta hombres, entraban en shock...
En fin, el “Taco...” era una de las atracciones de la fiesta no solo por lo relatado y porque al hablar, a la última palabra dicha agregaba un sonido incomprensible: ¡unme! sino porque este hombre comía vidrio con una facilidad asombrosa. Lo mismo se desayunaba una botella de Pepsi Cola, que se almorzaba una de Ron Bacardí o se merendaba una bombilla incandescente o de “luz fría”. Nunca se supo cómo el sistema digestivo de este personaje aguantaba 30 días de Carnaval y de “exhibiciones”.
Quizás tampoco él conocía que su apellido es de origen canario y que procede de la familia real guanche, con un “tronco” singular: el Príncipe Rumén, séptimo hijo del Gran Tinerife, en la isla de Tenerife, en el siglo XV. Así que el costumbrista Tacoronte, toda una celebridad en la fiestera Trocha, podía ser descendiente real.
Pero a este allegado de príncipe le ocurrían cada cosas... Un buen día, en medio del Carnaval, el majá enroscado en el cuello del infeliz personaje empezó a comprimir la garganta del Taco quien pedía ayuda a gritos: “¡Quítenmelo, quítenmelo!”
Entre burlas y acciones muy serias, finalmente pudieron liberarlo del “abrazo” casi mortal y ¿qué hizo Taco? Cargó con el animal vivo para Trocha y Los Tejadas y en el lugar de siempre, ante el asombro de amigos que tenían al majá como algo muy preciado por el hombre, dio muerte al reptil, lo rebanó, lo puso a freír y dio paso al “festín”.
Por allí hubo otras “celebridades”: Fosforito, El Caballero Arnaud, con su andar parsimonioso y un movimiento singular de llevar la mano hasta la espalda; El Hombre de los Zancos, los titiriteros con un ring, de donde a veces por un jab, salía volando el muñeco-boxeador que caía en el público. Nada divertía más a los pequeños, y a los grandes también, en el Carnaval.
Y estaba el Cantinflas santiaguero. En verdad, el hombre se parecía al mexicano Mario Moreno pero mucho más por su vestimenta, con la faja del pantalón a mitad de los gluteos, para que vean que la moda actual no es nada moderno. Él anunciaba: ¡Compre en El Machetazo donde le han caído a machetazos a los precios!
Para este Cantinflas, creo que vecino del Tivolí, alistaron un pisicorre con una plataforma donde él bailaba y vociferaba al compás de la música. El carro y él eran un acontecimiento cuando entraban a Trocha en Carnaval: el personaje se bajaba, entraba a un quiosco, decía su comercial y saludaba con su gorrito, amistosamente. Entonces muchos bailadores seguían al vehículo con música por la calle de la fiesta. Con razón se afirma que ese fue el embrión del muy popular --años después--, Carrito de la Salá con su sistema de amplificación de sonido y las canciones más populares del momento.
De la entonces internacionalmente famosa Trocha santiaguera del Carnaval estos fueron personajes típicos que le pusieron un sello de distinción al Rumbón Mayor de Santiago de Cuba.

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