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La pandemia no «enfermó» el amparo de Cuba a sus trabajadores

Si algo permite a Cuba sostener la postura recta, la voz clara y la frente alta cuando habla en cualquier tribuna internacional que ponga a debate los problemas de los pueblos, es la autoridad espontánea que concede la obra proactiva permanente de esta Isla y su Gobierno en favor de todo cuanto genere bienestar social, en base al respeto íntegro de los derechos universales del ser humano.

No es preciso hablar siquiera, para demostrarlo, de las evidencias contundentes que, como sellos irrebatibles de la Revolución, significan las garantías de la Educación y la Salud cubanas; pues bastarían, para callar infundios, las últimas experiencias que, en tales campos, la covid-19 ha posibilitado visualizar todavía más ante un mundo que no ha podido ignorarlo.

Pero no hace falta, insistimos, porque cuando es genuina la ocupación social como centro de la gestión de un Gobierno, se agolpan los argumentos en cada sector que implique al pueblo.

En el contexto de la pandemia, por ejemplo, luego de los perjuicios sobre la salud global, el impacto nefasto sobre el trabajo y las relaciones laborales es tal vez la consecuencia más grave. Ya se sabe que en el segundo trimestre de 2020 se ha perdido en horas de trabajo el equivalente a 400 millones de empleos a tiempo completo, y esto sí tiene un correlato concreto en personas que perdieron sus puestos y han quedado sin opciones para hacer frente a la crisis en curso.

Sin embargo, cuando este miércoles el Presidente cubano comparezca en la Jornada de Líderes Mundiales de la Cumbre de la organización Internacional del Trabajo, lo hará con toda la fuerza que impone la moral altísima de haber hecho, en este ámbito, lo que corresponde a una sociedad de bien, que es proteger, con equilibrio y participación, a sus trabajadores, la masa más grande de su pueblo.  

Tal vez el tiempo concedido no alcance a sus argumentos para, por ejemplo, enumerar las 36 medidas en materia laboral, salarial y de seguridad social aprobadas durante la epidemia; o de cómo el país fomentó el teletrabajo, o cómo reubicó en otros puestos y amplió las garantías salariales de quienes quedaron en casa al cuidado de hijos menores, de adultos mayores y personas en condiciones de fragilidad; o exoneró de impuestos a casi un cuarto de millón de cuentapropistas; o mantuvo el pago de las pensiones y los trabajadores sociales continuaron la atención especial a las familias que lo requieren; o de cómo los que enfermaron recibieron un subsidio, y los que se sometieron a aislamiento preventivo debido a la enfermedad, también tuvieron protección.

En un marco que desnudó las fragilidades del capitalismo respecto a los derechos básicos del hombre, es cosa casi increíble que en la pequeña isla, bloqueada y denostada hasta el cansancio, todos los trabajadores mantuvieran su relación laboral con la entidad, y las medidas de protección fueran más amplias que las anteriormente establecidas por ley, tanto para el sector estatal como el no estatal.

En la voz de su Presidente, Cuba hablará en base a estos hechos, y con los contundentes argumentos del más palpable presente.

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