Los cubanos sufren en estos días los embates de un calor inclemente que les corta el aliento, con temperaturas de 32 a 36 grados potenciadas por una ráfaga de humedad temeraria que duplica la sensación asfixiante.
Es un verano ardiente que se veía venir desde el domingo 26 de abril, cuando las estadísticas meteorológicas registraron una temperatura calcinante: 38,7 grados Celsius de vapor hirviente, derramados sobre la ciudad de Holguín y el poblado de Velasco en el oriente de la isla.
Otras 23 estaciones reportaron ese mismo día cifras notables, entre ellas la habanera Casablanca -sede principal del Instituto de Meteorología-, cuyo jefe de Pronósticos, el especialista José Rubiera, certificó que la máxima de 37,0 grados verificada allí constituía el récord más alto para un mes de abril, desde 1909,
asentado en los anales de esa institución.
De acuerdo con los partes oficiales, aquel domingo candente pasará a la historia como uno de los más calurosos de los últimos 50 años. De igual modo, dejó máximas notables en Guaimaro, Mayarí (38,0), también en tierras orientales; La Jíquima (37,8) y Sagua la Grande (37,0), en la región central del país.
Fue el preludio.
Junio, en tanto, inició su andadura entre vaguadas que trajeron consigo un torrente de aguas desbordadas y tormentas eléctricas que mantuvieron en vilo a los cubanos y convirtieron sombrillas y paraguas en aliados inseparable de los trajines y andanzas cotidianos.
Hermanado con la humedad, el calor comenzó a apretar sus tuercas en un abrazo cada vez más estrecho, que no perdonó ni las madrugadas. Junio se despidió, además, dejando tras sí la perspectiva de un julio acuciante, perceptible desde que el séptimo mes del año asomó su faz y entró en marcha.
Los meteorólogos auguran nuevas tormentas eléctricas originadas por el contraste frecuente entre el calor que irradia de la superficie terrestre y el clima que, en ocasiones, a una altura de cinco kilómetros sobre Cuba, alcanza valores de hasta seis grados Celsius.
De ese choque de fuerzas opuestas surgen tempestades pródigas en relámpagos y rayos, que surcan el espacio cual metafórico cruce de espadas casi siempre escoltado por aguaceros trepidantes. No en balde julio compone una trilogía en que la isla reverbera de una punta a la otra. Falta aún otro eslabón ardiente, un agosto que espera su turno en el horizonte.
Los ciudadanos de a pie andan por las calles habaneras a paso lento, cruzando de una acera a otra en busca de una sombra misericordiosa nacida bajo el amparo de los árboles o a la caza de cualquier mínimo espacio donde el sol no relumbre.
Me siento como un pez boqueando fuera del agua, dice en voz alta sin que se lo pregunten un transeúnte anónimo, agobiado por los destellos de un atardecer quemante.
Ni siquiera hay alivio por las madrugadas, murmura para sí mismo, cuando los
focos del calor comienzan a esparcirse y los ventiladores y equipos de aire acondicionado se vuelven inútiles, sólo un montón de ráfagas
calenturientas.
Las muchachas aprovechan el clima reverberante para combinar un vestuario que les permita lucir su físico con donaire y procurarse, a la vez, una bocanada de aire fresco, la mayoría de las veces ilusoria. En resumen, shorts, breves topes para el dorso, y sandalias.
Sin embargo, los dermatólogos aconsejan cubrir el cuerpo lo más posible por la repercusión directa de los rayos solares sobre la piel indefensa, expuesta a lesiones de diversa índole, graves en algunos casos.
Lo cierto es que el calor se expande cada vez más, en círculos densos, sin que los vientos caprichosos del Sur ayuden tampoco porque, según los meteorólogos, entibian su soplo al viajar por encima de la tierra candente.
La gente se saluda en la calle con una frase recurrente: "qué calor", en vez de los buenos días, mientras se abanican con lo que tengan a mano. Digna Pérez, de 65 años, alude al calentamiento global, provocado por la invasión de los desechos industriales y los gases tóxicos que envenenan el medioambiente, cuya protección debe ser preocupación y responsabilidad de todos, proclama.
De acuerdo con la sabiduría popular, en este verano ardiente lo más sano es refrescar el cuerpo con una ducha de agua fría tantas veces como lo amerite la oleada de calor que se esparce sin clemencia. Lo malo es que a veces, en lugar de fría, por culpa de esos grados Celsius inmisericordes, aún en la alta noche el agua viaja tibia por las tuberías.
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