Ernesto es un adolescente de 17 años, y en el mes de mayo estuvo enfermo con la Covid 19. Fue contacto de su abuela, Carmen Rosa, que se contagió por participar en un cumpleaños familiar, donde solo había primos, hermanos, tíos... como ella misma diría “no era gran cosa: solo cuatro ´gatos´ en aquella casa”.
Pero dio la casualidad que la hija de la dueña del cumpleaños ese día se encontraba con malestar general, fiebre, decaimiento y dolor de cabeza; y aunque Carmen Rosa refiere no haberse acercado mucho a la muchacha, al tercer día ya presentaba similares síntomas: fiebre, dolor de cabeza, en todo el cuerpo, pérdida del paladar, del olfato, ausencia total del apetito...
Su hija entonces la llevó al puesto de urgencias del Policlínico Finlay, allí le realizaron un test rápido que resultó positivo. A la mañana siguiente, todos los habitantes de la casa fueron a centros de aislamiento, mientras Carmen se enfrentaba a la Covid 19 en el Hospital Provincial. Tres días amargos estuvo allí hasta que se confirmó su PCR, y fue trasladada al “Ambrosio Grillo” y más tarde al Hospital Militar Joaquín Castillo Duany donde presentó complicaciones y estuvo ingresada unos 14 días.
“La atención allí fue maravillosa –comenta-, desde que uno llega le empiezan a hacer análisis y pruebas, pero tuve vómitos, diarreas, fiebre y hasta una neumonía que hubo que combatir con antibióticos. Lo peor fue el rechazo a la comida, nada me pasaba por la garganta a pesar de que los demás pacientes me animaban a alimentarme. La verdad, no la pasé nada bien”.
El caso de Ernesto fue diferente, a él lo detectaron positivo en el centro de aislamiento ubicado en la escuela “Pepito Tey”, exactamente el 27 de mayo, momento en el que lo envían al Hospital Infantil Norte, conocido como La Ondi. En este centro estuvo alrededor de una semana.
Su madre que estaba asilada en “Veguita” tuvo un PCR negativo y al llegar a su casa se entera del resultado positivo del menor, por lo que se “ingresó” junto a su hijo. El tratamiento con interferón no le hizo ningún tipo de reacción a Ernesto, y estuvo bien y asintomático todo el tiempo. Allí también la atención y el trato fue admirable desde los médicos y las enfermeras hasta los pantristas y el resto del personal de la institución.
Durante todo este proceso Ernesto solo adelgazó, y tal vez porque no sintió en carne propia las formas más graves de esta enfermedad no ha aprendido la lección. Cada tarde, sin falta, usted lo puede ver en la esquina de su casa sin nasobuco, o con este en la barbilla, descalzo y sin camisa jugando a la pelota, o más bien a los pomitos, con otros amigos del barrio en similares condiciones, algunos niños y otros ya bastante adultos.
Se dan las manos, hablan cerca, intercambian objetos... en fin, que no respetan ciertas reglas imprescindibles para evitar la propagación de la enfermedad. Nadie sabe al final quien tiene o no este nuevo coronavirus, que se vuelve más peligroso y contagioso con la presencia en nuestro territorio de las diferentes cepas.
Carmen Rosa, su abuela, que duerme junto a él en el cuarto, dice que ya no tiene corazón para seguir hablando con Ernesto; le explicó todo lo que ella pasó durante el tiempo hospitalizada, le ha comentado sobre la mortalidad en aumento de muchas de las personas que se infectan, y se ha quedado sin argumentos para hacerlo entender que tiene que cuidarse más, que ya habrá tiempo para jugar.
Su madre tampoco sabe qué hacer, siente que ha perdido un poco de su autoridad, pues Ernesto, simplemente no hace caso a pesar de las constantes conversaciones y llamados de atención. “Ya le hemos dicho que no es sólo por él, sino por el resto de la familia, por su abuela de 71 años que lo quiere tanto, que ya se enfermó y que no la pasó nada bien... Pero, con respecto a la calle, Ernesto no quiere dar su brazo a torcer”.
Como Ernesto hay miles de adolescentes, que ya no son niños y que no es tan fácil mantenerlos entretenidos en casa. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué tiene que pasar para que estos jóvenes entiendan la gravedad de la situación? ¿Cuál es el susto que hay que darles?
Es doloroso ver como cada día aumentan los pacientes positivos en edades pediátricas, y el ejemplo de Ernesto, es una de las causas. Ojalá que esta historia ayude a las familias y a las autoridades competentes a reflexionar sobre el tema y a pensar de conjunto, en una solución para casos similares que tienen lugar en cada barrio de nuestra provincia.