Sierra Maestra expone los testimonios de dos jóvenes voluntarias en el centro de aislamiento de la Universidad de Oriente
Desde inicios de año, los santiagueros sentimos más cerca las consecuencias de la Covid-19. En todo momento nuestro ejército de batas blancas ha estado en la primera línea de batalla, y junto a ellos, una tropa de valientes sin ingenios médicos, pero con una entrega profunda.
Rosangela Ruiz es profesora de la Universidad de Oriente, nunca había estado en un escenario cercano a enfermedad, pero no pudo permanecer impasible ante el rebrote que atraviesa la provincia. “En el centro de aislamiento, no éramos Licenciadas en Derecho sino personal de servicio cumpliendo una tarea. No había Doctores ni Maestrías, todos teníamos el mismo nivel de exigencia y protección.
“Valoré ser voluntaria desde el principio, pero cuando se recrudecieron los contagios tomé la decisión de colaborar, por la educación que he recibido desde pequeña y el compromiso que siento con la Revolución”, confiesa.
Todo desaparece, hasta el miedo
En la residencia estudiantil de la sede universitaria Antonio Maceo, el protocolo de bioseguridad se desplegó deprisa. Fueron días sin prendas personales, quedaron solo las caretas salvadoras, el doble nasobuco, el vestuario protector. Como si al entrar los voluntarios se despojaran de todo interés individual, porque el deber estaba primero.
“Estar en la zona roja realmente es un riesgo, pero es más grande la seguridad que brindan allí, y la que yo misma me garanticé. Los primeros días son los más complejos, hay un proceso de adaptación a la rutina, luego todo desaparece, hasta el miedo”, recuerda.
A Rosangela le cuesta identificar los momentos más significativos que experimentó durante la rotación. A sus 23 años, es consciente de que haber estado allí es una de las grandes experiencias de su vida, por haber servido a quienes lo necesitaban.
“Para mí, la mayor enseñanza es la humanidad que hay que tener para enfrentar ese trabajo. En una oportunidad, tuvimos un piso prácticamente lleno de personas de la tercera edad, nos daba mucha alegría cuando se marchaban sanos. Cuando los niños daban positivo y los veíamos irse con sus padres, era muy triste.
“El sentimiento que surge cuando comprendemos a los pacientes, y la relación que mantienes con los compañeros, te hacen mejor persona. Repetiría todo, no me arrepiento del trabajo que hicimos ni del esfuerzo que requiere”, afirma.
Las buenas acciones engrandecen
Al igual que ella, Giselle Tur comenzó su vida laboral durante la etapa de nueva normalidad en Santiago de Cuba. Ambas integraron la última graduación de juristas en la Universidad de Oriente, adaptada a las condiciones que impuso la pandemia.
“Fue un proceso totalmente atípico, ahora como docentes seguimos ajustándonos a las circunstancias difíciles que nos han tocado. Comprendí la necesidad de personal para apoyar las actividades que se realizan en la Universidad, por eso di mi disposición y fui voluntaria”, afirma Giselle.
Durante 15 días formaron parte del engranaje que mantuvo funcionando a la residencia. Desde la mañana, un enjambre de roperos, mensajeros y fregadores se movilizaba. Piso por piso, incansables, las jóvenes profesoras aseguraban la alimentación de los pacientes aislados.
“Era agotador, pero muy reconfortante. En el equipo de trabajo éramos todos jóvenes: estudiantes y profesores. La mayoría no nos conocíamos pero nos fuimos integrando, cada uno ayudando al otro desde la labor que le tocó, sin duda las buenas acciones te engrandecen.
“El momento más duro fue cuando diagnosticaron casos positivos por primera vez, pensé en la posibilidad de haberme contagiado, valoré los hechos y había mantenido correctamente el protocolo de seguridad. Esas fueron las mayores enseñanzas: el cumplimiento estricto de las medidas y la solidaridad que debe existir entre todos para vencer esta pandemia.
Toda protección es poca
La contribución que realizaron las llena de orgullo, personal y colectivo. “Estuvimos allí, exponiendo la salud pero cuidando a los demás, al final eso nos hacía dormir tranquilas, en paz”, Rosangela reconoce que con dos hermanos trabajadores de la Salud, luchando contra la Covid-19, su actitud no podía ser diferente.
Contó siempre con su consejo oportuno. Pensar en la familia la sostuvo durante los días de separación, por eso fue tan emotiva la cuarentena final, cuando pensó que la madre pudo estar contagiada.
“La trasladaron a un centro de aislamiento por ser contacto de un caso positivo, me sentí impotente, después de tantos días lejos no iba a poder contar conmigo, porque no había terminado mi cuarentena. Felizmente las dos tuvimos el PCR negativo, casualmente el mismo día.
“Percibí el gran esfuerzo que requiere mantener los centros, las atenciones y recursos que se ponen en función de los pacientes a veces no las imaginamos. Quisiera pertenecer a otra de las rotaciones en la Universidad, ahora con un poquito de experiencia seguro será más gratificante.
“Desde afuera parece lejano, pero en la zona roja nos damos cuenta de que toda protección es poca. No debemos poner en duda la capacidad de la higiene para controlar y evitar la enfermedad, hay que mantener las medidas que tanto nos aconsejan”, exhorta.
La misma determinación de servir
La tecnología, destaca Giselle, sigue conectando a quienes compartieron con ellas, trabajando codo a codo. “Ahora que terminamos la rotación se extraña el intercambio diario, cumplimos exitosamente la labor que se nos encomendó y el mayor reconocimiento es la gratitud y el cariño de los pacientes.
“El miedo al contagio es normal en esas circunstancias, la voluntad para sobreponerse está en el convencimiento de la tarea que se realiza”. Asegura que allí pensaba constantemente en los suyos, y ahora reconoce mucho más al personal de salud “por estar tanto tiempo lejos de sus familias, sin saber cuánto durará la distancia. Son ejemplo de consagración”.
“Fue muy agradable comprobar la responsabilidad de los estudiantes con los que compartimos, de Derecho y otras carreras. Me siento muy satisfecha con su aporte a este combate”, Rosangela insiste en que no hubo diferenciación por facultad o título, en la residencia estudiantil de la sede Antonio Maceo, todos se entregaron con la misma determinación de servir.