SANTIAGO DE CUBA.—Heroísmo, pensamiento y acción, arte, cultura e historia, convergen como rico legado con singular vigencia en el cementerio Santa Ifigenia, de esta Ciudad Heroína, donde como ha sido informado permanecerán como bandera perenne de la invicta Revolución Cubana las cenizas del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Fundada el 22 de abril de 1868 con el primer enterramiento público, el cual correspondiera a la mestiza Encarnación Ramos, la necrópolis que ante tantos atributos fuese declarada Monumento Nacional el 19 de mayo de 1979, y que lejos de llamarla campo santo muchos prefieran denominarla campo de héroes o museo a cielo abierto, comprende un área de 9,4 hectáreas.
A la izquierda de su pasillo central, se localizan diversas construcciones funerarias de alto valor patrimonial, entre las cuales sobresale en una zona que por frecuentes inundaciones era reservada a familias humildes, el mausoleo que desde el 30 de junio de 1951 responde allí al anhelo de José Martí: «Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar».
Fruto de la aspiración del pueblo por brindarle al Apóstol el verdadero entierro y los honores jamás recibidos tras su caída en Dos Ríos, el monumento que por la majestuosidad parece muy superior a sus 22,5 metros de altura, simboliza con su forma hexagonal las seis antiguas provincias del país, representadas en igual número de cariátides que exponen el escudo de cada territorio.
El interior de la cripta funeraria abriga en el centro una urna de bronce, que acoge el cofre del mismo metal en que se encuentran los restos del Héroe. Para lograr que descanse siempre sobre la estrella solitaria, la urna cubierta permanentemente por la Bandera Cubana se asienta en una base de forma pentagonal, delante de la cual jamás falta un ramo de flores blancas.
Allí, igualmente encuentra respuesta su digno reclamo: «No me pongan en lo obscuro, a morir como un traidor, yo soy bueno y como bueno, moriré de cara al sol». Ello es posible tanto por la forma como la orientación geográfica del mausoleo (pues permiten que a través de sus arcos de medio punto y el lucernario siempre que haya sol penetren sus rayos en la tumba), así como en una escultura de Martí hecha de mármol blanco (símbolo de su pureza) traído desde Italia, que ubicada al Este busca la salida del astro rey.
El bajo puntal de la cripta impone a quien acceda una reverencia obligada ante la tumba del Apóstol, mientras que en los cimientos se depositó un puñado de tierra traído de cada uno de los 21 países entonces independientes en América, y en la pared circundante están colocados en orden alfabético los escudos de estas naciones, para hacer valedera su expresión: «De América soy hijo y a ella me debo».
Casi a la sombra de las palmeras que en el lateral derecho escoltan el monumento del Héroe Nacional, apenas año y medio del triunfo revolucionario se hizo realidad con el Panteón de los Mártires de la Revolución, un justo anhelo expresado por el Comandante en Jefe Fidel Castro en el Manifiesto a la Nación, escrito en diciembre de 1953 mientras cumplía prisión en Isla de Pinos, por los hechos del Moncada.
«Espero que un día en la patria libre se recorran los campos del indómito Oriente, recogiendo los huesos heroicos de nuestros compañeros, para juntarlos todos en una gran tumba junto al Apóstol, como mártires que son del Centenario, cuyo epitafio sea un pensamiento de Martí: Ningún mártir muere en vano ni ninguna idea se pierde en el ondular y revolverse de los vientos. La alejan o la acercan, pero siempre queda la memoria de haberla visto pasar».
Martha Hernández Cobas, especialista de la Oficina del Conservador de la Ciudad en la necrópolis santiaguera, señala que previsto inicialmente para los caídos en la gesta moncadista citada por Fidel, el panteón sumó luego en hermosos simbolismo a los continuadores de esa causa, como fueron los del Levantamiento del 30 de Noviembre, del Combate de Uvero y otros destacados luchadores de la insurgencia.
Asumida en 1960 por el Departamento de Educación y Cultura del Gobierno Revolucionario, como refiere la investigadora de la Oficina del Conservador de la Ciudad, Mariela Rodríguez Joa, en su libro La escultura conmemorativa en Santiago de Cuba: 1959-2000, la obra monumentaria constituye dentro del tema de la arquitectura funeraria santiaguera un caso sui géneris.
Con perfecta maestría, sobre una plataforma de 6,15 metros de largo por 8,17 metros de ancho, se levanta el monumento, cuyo osario concebido dentro de un volumen curvilíneo, rompe con el estatismo de la línea representacional del muro ecléctico, recto y macizo, del antiguo osario general del campo santo, y con el monopolio constructivo compacto de los conjuntos funerarios que allí se asientan.
La pureza de la configuración plástica de esa pieza central de 2,5 metros de altura por 3,70 metros de anchos, revestida en su totalidad con planchas de mármol rosa aurora de la cantera del histórico Baire, crea un singular juego de profundidades espaciales cóncavas y convexas, en las cuales se alinean los nichos funerarios.

Conocido como Panteón de los Mártires del 26 de Julio, en el frente convexo reservado a esa gesta, están dispuestas consecutivamente las líneas de nichos de 39 asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, de los cuales, como se conoce, solo seis cayeron en combate, y los restantes fueron asesinados en los días siguientes a la acción.
Aquí se incluye un nicho vacío que pertenece al asaltante Manuel Gómez Reyes, cuyos restos fueron desaparecidos. En fechas posteriores quedaron depositados los de las dos únicas mujeres moncadistas: Haydée Santamaría y Melba Hernández, y más reciente las cenizas del Comandante del Ejército Rebelde Pedro Miret Prieto, para en total sumar 42.
Señalizada como Panteón de los caídos en la insurgencia, en la parte cóncava, aparecen entre 131 restos los tres mártires del Levantamiento del 30 de Noviembre: Tony Alomá, Pepito Tey y Otto Parellada. Igualmente, los siete del Combate de Uvero, que incluyen al expedicionario del yate Granma, Julio Díaz González, y otros destacados combatientes de la lucha clandestina y la Sierra Maestra.
Para completar el monumento aparece en la esquina izquierda una pirámide trunca en su vértice superior y de base rectangular, que en su parte medio inferior recoge la cita anterior del líder de la Revolución, y responde como emblema estable de «declaraciones políticas e ideológicas», de eternidad y permanencia del pensamiento y la acción de los jóvenes revolucionarios inmolados por la patria.
En la emblemática área, que acoge además el Panteón de los caídos en honrosas misiones internacionalistas, el 19 de mayo del 2002 se inició la guardia de honor en el mausoleo de Martí, y 30 de julio del 2007 fue encendida por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, la Llama Eterna que arde en memoria de todos los próceres y mártires caídos en defensa de la patria, que en tan sagrado lugar descansan.
La coincidencia histórica del surgimiento del cementerio con el inicio de las luchas libertarias y el protagonismo de la ciudad de Santiago de Cuba a lo largo de estos años, condicionó la sa;grada presencia de otros grandes de la patria y personalidades sociales, objeto también de veración en construcciones funerarias devenidas hitos por sus valores patrimoniales.
Entre ellas figuran el conjunto escultórico que desde el 7 de diciembre de 1910 guarda los restos del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes; y las tumbas de 30 generales de la Guerra de Independencia, once de los cuales se agrupan en el Panteón de los Veteranos, donde se encuentran José y Rafael Maceo Grajales, Flor Crombet, Guillermón Moncada, y Juan Pablo Cebreco.
El recorrido imaginario permite apreciar el panteón de Mariana Grajales, madre los Maceo, y la esposa de Antonio, María Cabrales. El de Dominga Moncada, la tumba del autor del Himno Nacional, Perucho Figueredo, la de los mártires del vapor Virginius, de Don Emilio Bacardí y su esposa Elvira Cape, y la tarja del sitio que ocupara Federico Capdevila, antes del traslado de sus restos a La Habana.
De épocas más recientes sobresalen el panteón de la familia País-García, donde descansan los inolvidables jóvenes Frank y Josué, junto a su madre Doña Rosario; la tumba de Raúl Pujol; la del comandante René Ramos Latour (Daniel), y otras decenas más en las cuales ondean las banderas cubanas y del 26 de Julio en homenaje a valerosos luchadores clandestinos.
Entre las diferentes personalidades bastaría mencionar a Miguel Matamoros, Ñico Saquito, Compay Segundo, Emiliano Blez, Félix B. Cagnet, Adolfo Llauradó, el eminente pedagogo Juan Bautista Segarra, el arquitecto de la ciudad Carlos Segrera, y el fundador de la Casa del Caribe y la Fiesta del Fuego, Joel James Figarola.
Digno de estos valores, la necrópolis santiaguera ha sido objeto de diversas acciones de restauración y conservación, las últimas de las cuales estuvieron dedicadas a restañar los severos daños del huracán Sandy. De igual forma, para los 500 años de la otrora villa santiaguera fue construida la moderna Avenida de la Patria, cuyo enlace con la Plaza de la Revolución Antonio Maceo favoreció a cientos de familias.